Monocromo y Sepia se miran y son suficientes.
Sobre ellos resbala el color que cae en copos tornasolados.
Impermeables a otros, fieles a los pactos instintivos
amasan todas las formas de la luz
hasta convertirlas en una esfera cóncava y convexa
un Aleph con el que juegan en las noches
que es capaz de explicar el todo y las partes de lo simple
demostrando que eso, en su para siempre, alcanza.
No hay presente ni futuro que sea urgente o importante
fuera de los tonos que fabrican a partir de la nada entre las patas,
entre la carne y pelo y la tarde que se apoya en sus hamacas
y el silencio que forma esperas en los atrapasueños
que al fin hablan, y hablan de ellos, que así de indiferentes
frente a otro mundo que no sea el suyo propio
nos han hecho reformular la física con su mantra involuntario
que descoloca las definición de algunas sinestesias
y describe al color como una abstracción que solo ocurre
cuando otros ojos y una intención cercana
deciden construir un refugio seguro y nutuo
muy adentro, bien adentro del que nosotros habitamos.
