domingo, 16 de diciembre de 2018

Circulación del cansancio

Hay algo que no está bien.
¿Lo sentís?
Ese callo que se me hizo adentro
y crece en el costado izquierdo,
habla de lo mismo.
Grita en tramos cortos, cansados
y late, roja, a ritmo, la frase
que se bombea desde ahi
al resto de los órganos. Dice:
Hasta acá llegaste.
Hay algo que no está bien
y sos vos, entero
haciendo que este callo crezca y se lleve
cada vez más piel hacia la muerte
en lugar de ayudarme a que la muerte
borre mi nombre
de la primera plana de sus mármoles.


jueves, 29 de noviembre de 2018

Thriller


Vi una película de terror
en mi cabeza. Se llamaba “Te idealicé,
la puta madre”,
y actuabas vos. Yo también actuaba
pero la mayoría de las escenas
eran tuyas, o mejor dicho
de ese que se te parecía
y que seguía un guion soñado
irreal, de película de culto,
con subtítulos hechos de humo
y adrenalina y noches que no reportan
ninguna utilidad, ningún aprendizaje concreto
más que ganarle a la muerte una célula que todavía sabe reírse
por la que pagaremos algún día,
o mañana, en realidad, cuando despierte del todo, la puta madre
y recuerde que esta era una película de miedo
y que tu dominio exquisito de esa parte indescifrable
que oscurece los relojes para que paren
de gritar o de callarse, según lo que precisemos,
es sólo la mímica perfecta
que sigue el manual perfecto
que sabe dar el arte, cuando quiere iluminarlo todo
con esa luz que usan en los vestidores de los negocios
para que cualquier cosa que nos probemos
se parezca a lo que andamos buscando.



Sharp objects

Y si esta plegaria se cumple,
pero antes chocan tus palabras
con las mías, en algún lugar
entre el cielo
y la mayoría de los infiernos.
¿De quién sería la culpa?
Y entonces, también,
decime: ¿qué tengo que pensar
cuando miro a todos lados y veo
blanco y negro, al mismo tiempo
dentro del giro de trompo que hace
la misma sustancia?
Porque no sé.
¿Vos sabés?
Entonces, decime:
Estas horas inmensas, esta noche perfecta,
esta receta contra la aridez que tienen todas las certezas,
¿es el premio que pedí a mis dioses
o el castigo que mandaron los tuyos?


Tan poderosa

Junto paquetitos correctos
en la habitación a la izquierda de la amígdala
que al acumularse, pesan en los costados de las sienes,
pero también sirven para hacerlas latir de forma correcta
durante el reino de lo correcto, que son las mañanas.
Sin embargo,
su influencia dura setenta y dos horas exactas:
el tiempo que tardo en desenvolverlos
y leer el manual que los explica.
Al lado del manual hay otro libro
que permanece en blanco,
que aún abriéndolo mil veces, sigue en blanco,
y sin embargo,
sus hojas tienen olor a la noche en que no dormí
y a la mañana siguiente, tan poderosa,
donde aplasté todos los mambos
con un solo pie,
con un pie que no necesita apurarse,
que no necesita.
Al terminar de hojearlo, lo cierro.
El pie queda adentro, disfrutando
del recuerdo del mambo moribundo
que ahora no está,
(vuelve con los días,
pero ahora
A H O R A
no está),
y yo aprendo en esas hojas blancas
el poder de la vieja sed
y la impermanencia.


Disculpe la molestia

¿En cuántos pedazos
puede partirse un pibe
para que deje de ser molesto?
No lo quieren ver entero,
entero ocupa lugar
y se nota.
Hay que correrlo, barrerlo.
No lo quieren ver entero.
No lo quieren ver.
Sacalo de mi vista, sacalo,
si no lo veo,
no existe.
Por eso lo parten en hambre,
desprecio, indiferencia,
en cuadraditos violentos
que pican, pican, todos los días
hasta volverlos montones sin nombre,
inofensivos, desdibujados,
hasta convertirlos en arena
para rellenar tus playas
de fin de semana largo,
materia impalpable,
impotente y silenciosa
que barre un empleado público
a media luz, a las seis de la mañana
para que ningún señor con vista al río
pregunte, al levantarse,
de dónde viene ese polvo
con olor a muerto genérico
que le empaña las ventanas.


Cómo curar murciélagos

Te llamo a las tres y media de esta, o cualquier madrugada,
para contarte que tengo ascendente en cáncer,
que no esperes nada de mí, salvo murciélagos
que todavía no perdieron del todo
el sentido para orientarse en las tormentas
y que esta vez van hacia vos, compactos
oscuros, como siempre, pero ilesos
como si no vivieran chocándose todo el tiempo
contra los cristales de la propia confusión.

Intento morirme de un shock de todas las cosas
para inmunizarme en el futuro, (si es que hay futuros
dentro de este cóctel de cenizas al que llamo mi país)
mientras te sigo contando por teléfono
que ahora sé que esta hora, cualquiera de ellas,
puede ser amor, magia o parte de la muerte
atrapada en el reloj de arena
de alguna inteligencia artificial que se resetea al mínimo contacto.

Yo soy esa luz que se apaga al mezclarse con el aire.
Vos sos el agua que nunca tiene sustancias que la pudren.
Por eso sé que mis murciélagos pueden entrar en ella
sabiendo que no van a salir peor de lo que entraron.


Ce ne sont pas des oranges

Me dejo atravesar por las sinestesias
de una fuente con naranjas.
Esta buena predisposición hacia las cosas
sólo puede ser el sol que vuelve
acarreado por la fe.
Espero. Miro. No sé
si es jugo lo que quiero.
Creo en que la inmensidad crece
mientras la espera se mueve renga,
como los ovillos de lana de mi gata
que andan dispersos por el piso.
También creo en que este zigzag,
y estas ganas extrañas de naranjas,
sólo pueden calmarse mordiendo a la vez
los gajos
las semillas
la cáscara
y la bolsa
que todavía guarda su olor.


Sin título (III)

Ojalá que cuando mueras
vayas a un cielo demasiado intenso
de blanco seco, hielo y cloro,
adornado con estatuas de calcio
con relucientes sonrisas
dignas de propaganda de dentífrico
pero sin dientes para comer lo que no existe
en las heladeras celestiales, vacías, innecesarias,
sin hambre (tan asquerosamente humano),
sin gula de domingo a solas.
No quiero encontrarte cerca del infierno
que gané, pedazo por pedazo,
manejando toda decisión importante
desde mi asiento delantero
de miles de autitos chocadores
que usé, por turnos, a lo largo de los años.
Quiero abrazarme a esta alfombra que me tapa
y correrla, a veces. Y sólo a veces
asomarme hacia arriba, pensando
que afuera hay algo peor
que estas llamas que tatúan
adentro de mi retina
una foto que rompí
y otra foto que quemé
mientras vos actuabas esas poses
todavía.



Sin título (II)

La lámpara
sueña en las noches
que es sombra
con forma de globo.
Su sombra
sueña que algún día
podrá despegarse, y volar
lejos de ese techo.


Jardines

Me gustan las verdulerías
cuando las chatas vuelven del mercado
y descargan los cajones
en la vereda.
Huele como un jardín recién llovido
que no se enteró todavía
de que ya no existe.
Entonces compro
una planta de lechuga de hoja,
tomates perita, acelga
zanahorias y berenjenas
y las desparramo por mi casa
esperando que la contagien
de su olor a vida,
de su optimismo inocente,
antes de informarles que mi cuchillo
viene a darles la extremaunción.


Sin título

La intranquilidad es tan grande
que asfixia cualquier tormenta.
Lo que suele pesarme
tiene una densidad distinta
esta noche, donde las ruinas
buscan maneras complejas de sobrevivir.
Eso es el peligro: que lo que estás matando
te atrape en un sueño, desnuda
y encuentre las formas
de alimentarse de tus armas.


Abrigos

En invierno me gusta llevar
debajo del pullover correcto,
algo roto, rasgado, usado hasta cansarse
oculto a los ojos de quienes no imaginan,
de quienes no se interesan en el desafío
de captar a través
de las pequeñas espigas
del punto inglés,
esa parte sincera que soy, que anuncia
que más adentro, todavía, más adentro
hay algo con costuras abiertas,
que sólo querré mostrar a quien me ayude
a no necesitar los abrigos.

Mudanza

No hay muebles
en esta casa
tan grande. Lleno todo de bolsas
que ceden al contacto y no sirven,
no saben simular
la dureza necesaria
que soporte el culo que cae rendido
o el plato con apenas fideos
o el ritual de apoyar los codos
para sostener la cara
que piensa, otra vez, piensa
sin necesidad de muebles
de casa,
de permiso.


Cassettes

No quiero vivir el arrepentimiento
la vida al contrario,
el vaso que vuelve a llenarse
después de la caída.
Las cosas se revuelcan hacia adelante
por campos de fruta, por barro y por piedras,
pero no tienen sentido a la inversa.
La vida le responde al futuro.
Al revés sería como esos cassettes
que puestos hacia atrás, asustan
porque el pasado
es el idioma de las quimeras.


Catch 22 (2)

En fila, y tomando distancia
un raviol
atrapado en su caja
planifica la libertad
y por ella nada
en el agua hirviendo,
hasta estamparse contra el colador
y pegotearse, blando
en la salsa
del plato.
El raviol
no sobrevive
a su orden
ni a su caos.
Algo decisivo en el medio
debe tener la razón.


Ejercicio

Cumplo con la vida
como si fuera un ejercicio de matemáticas
que alguien me hizo resolver
en una hoja,
cuadriculada hasta el hartazgo
aunque no sé a quién debo entregárselo
cuando deje de borrar
y entregue el papel en blanco
con la fecha, solamente,
y un nombre.


Óxido

Te salen agujeros nuevos en las mañanas.
El rastro se pierde en cada desayuno.
Se abren las ausencias dentro de las ausencias
como una matrioshka al revés, diluida,
más que diluida, si te enfocás en el centro.
Te agarrás a la mesa para no desaparecer
en el próximo ciclo. Te sentís a salvo.
Las cosas (te decís) no se desangran
pero no recordás que tienen un alma
que puede ser olvidada. El óxido
es el cáncer de los objetos
que rompe los rincones, deshaciéndolos.



Construcciones

No hace falta que hable de amor o de puentes
para que yo los vea. Hace falta
que diga madera, que no diga nada más que madera
y puedo poner la imaginación los clavos
y ver los puentes fuertes uniendo oídos y ojos
y el resto de las ciudades intermedias. No hace falta
que hable de las puertas y las ventanas siempre cerradas
o de los festejos quietos, congelados en las fotos,
para que yo sepa de la soledad. Con decir diciembre
sé que está triste. No hace falta que diga.
No hace falta que esté.
No hace falta que nombre. Cuando no dice nada,
todas las palabras son mundos en espera
que se detienen en el borde de su labio.


jueves, 5 de abril de 2018

Los ciegos




En casa éramos cinco: mamá, papá, los mellis y yo. Con mis 45 años, estaba reencontrándome con la vida familiar después de una separación complicada de la que todavía no podía reponerme.  También estaba Elsa, nuestra empleada de toda la vida, que además de organizar toda la casa, había vuelto a ser niñera. Los nenes estaban por cumplir dos. Mis padres (68 y 70 años) los habían adoptado después de verlos en el noticiero. Su madre los había abandonado en un conteiner al nacer porque eran ciegos.
-       No les diga ciegos, señora – era Elsa
-       Pero son. Y te digo a vos, no a ellos.
-       Pobrecitos… - y Elsa se persignaba, como si con eso conjurara contra algún demonio
Junto con los mellis, había llegado Dixie, el caniche toy, para oficiarles de mascota. En casa todo tenía una utilidad, y un precio. Dixie había costado 500 dólares y traía sus propios papeles, pero esto no lo obligaba a comportarse como mamá había planificado. El bicho sólo empatizó con ella, y decidió que sería la única que podía bañarlo y tocarlo. Desde entonces, comenzó a llevarlo en un bolso a todas sus reuniones y a vestirlo con ropa exclusiva. No entendí qué clase de castigo era ese para un perro arisco; después entendí que mamá recompensaba bien la devoción absoluta.
Yo odiaba su ladrido agudo y sus pretensiones de perro de diseño; cada vez que podía, lo empujaba con el pie. En sí, podríamos decir que éramos hermanos, yo también tenía unos papeles que me vinculaban con esta familia, más que la sangre que también compartíamos. En casa, como dije, todo tenía una utilidad, un precio y títulos de propiedad.  A veces, sentía que los papeles de Dixie eran mejores que los de los mellis o los míos.
Mamá no quería saber nada sobre pañales y cosas de bebé, por eso Elsa y yo nos turnábamos en el cuidado de los chicos. Ella también había sido la que me cuidaba desde siempre, y son sus manos las que recuerdo abrochando los botones de mi pijama, por las noches, antes de dormir. Yo vivía con ellos porque mi ex marido se había quedado con el departamento de la costa, y estábamos litigando todavía por otros bienes. Podría haberme mudado lejos, pero busqué la contención de la familia, pensando en que las manos que no recordaba, de golpe iban a encontrar el camino a abrochar mis botones perdidos. Pero a mis padres no mostraron el mismo entusiasmo, aunque trataban de simularlo. Entonces acepté que los botones, al fin y al cabo eran sólo eso, y que las familias no son todo lo que uno espera de ellas. Puse en la balanza que en casa me sentía ocupada y útil, y que cuidar de los bebés me había hecho recuperar las ganas de reiniciar la carrera de Contaduría y de volver a mi vida, así que me quedé.

Para mamá, la vida estaba en las reuniones de caridad de la Iglesia, y en los cocteles posteriores con las mujeres que trabajaban con ella para fabricar un mundo mejor. Un mundo de laboratorio, como el de Dixie. Papá viajaba demasiado, aún para ser subdirector de la aerolínea Wings & Co, aún para ser una persona que viaja, aún para ser una persona. Quizás no era una persona, sino un mito de padre.
De chica odiaba a Papá Noel, porque eran similares. Ambos aparecían cada tanto sólo para traer regalos, con un jojojo impostado y profundo; ambos me abrazaban durante unos minutos y volvían a salir de nuestras vidas por un tiempo, en su Armani negro y su Alfa Romeo Stelvio rojo. Nunca abría del todo la boca, papá, cuando reía el jojojo falso debajo de esa barba blanca, prolijamente recortada. Me preguntaba si alguna vez habría tenido alguna risa entera, llena. Mis compañeros adoraban al Papá Noel de las Navidades, porque el resto del año, disfrutaban del contraste de otro tipo de padre. Yo sólo sentía que los regalos eran el punto de partida para nuevas distancias, como si al romper el papel abriera una especie de Caja de Pandora que reactivara su partida. Incluso pensaba que sus largas ausencias se debían a que él seguía repartiendo juguetes que no había llegado a entregar el 24. Después crecí, y Pandora empeoró, ya sin caja.
A veces lo encontraba en las revistas que siempre se compraban en casa, con piletas y oficinas de fondo. Nunca salíamos nosotros en esas fotos, y nunca era nuestra pileta. Una vez le había preguntado por qué, y él dijo que para preservarnos. Yo tendría 14 años, y la palabra preservar me sonaba a forro. Mi amiga Lucila acababa de contarme de “eso” en la escuela. No entendía para qué papá necesitaría usar un forro con nosotros. Tampoco me animé a preguntar.
-       Mirá, mami, ahí está papá
-       ¿Dónde?
-       En Caras
Ella leía la nota y se quedaba mirando la foto un rato. Me daba cuenta que casi siempre, después, pedía turno en la peluquería, como si algo en la foto le recordara que debía teñirse o estar bien  hacia afuera, con su tintura Rubio Dorado Otoñal, gel de labios Nª1 Rosa Ilusión, perfume Chanel I’ll be back.
Adoptar a los mellis había sido para ella otro acto de caridad, como juntar ropa o latas de tomate para cumplir con lo que pide el Dios del canal Institucional.
-       ¿Cómo estuvieron hoy mis chiquitos? – le preguntaba a Elsa al llegar
-       Elías estuvo con vómitos. Carolina bien, durmió bastante
-       Lindos. Lindos…- los levantaba y los besaba por turnos.

A veces yo dudaba si sabía cuál era cuál.
Después prendía una velita a Santa Lucía (patrona de la visión), para pedirle por algún tipo de milagro, y se quedaba rezando dos Avemarías y tres Glorias. Yo miraba la figura de yeso, esperando que en algún momento parpadeara, para mostrarme algo en lo que yo pudiera creer.
Mientras mamá susurraba sus oraciones, Elsa cantaba “Aserrín, aserrán”, “Mambrú se fue a la guerra”, y preparaba la leche. Yo sentaba a los nenes en canastita, en la alfombra del comedor, agarraba una mano de cada uno y me la ponía en la cara, mientras también me acoplaba a cantar, con la boca muy abierta, exagerando las palabras. Ellos imitaban los sonidos de algunas sílabas, y recorrían mis rasgos con los deditos, que me circulaban por la cara como lombrices que están analizando un rumbo. Elías siempre reía y Caro abría la boca, atenta. También levantaba las cejas, concentrada en aprenderme de memoria. Cuando Elsa me avisaba, simulaba atraparles los dedos con los labios y ponía voz de monstruo.
-       A tomar la leche, nenessss

Entonces reían los dos, y yo ayudaba a Elsa a darles la merienda. A veces mamá nos miraba apoyada en la puerta, sonriendo, entrelazando las manos. Yo la llamaba con una mano, para no distraerlos. Al principio decía que sí, y se acercaba cautelosa, dubitativa. Se sentaba a mi lado, y esperaba que yo le dijera qué hacer. Entonces yo seguía cantando
-       … chiribín chiribín chin chin – tomaba sus manitos con las mías, y las apoyaba en la cara de mamá, que congelaba su sonrisa de gel Nª2 Rosa Familia Feliz, y ablandaba el resto de los rasgos.
Entonces Elías dejaba de reír, y comenzaba a hacer una mueca, mientras sus dedos trataban de despegarse de esa nueva mejilla de textura cremosa y arrugada, que no le gustaba. Mamá entonces le retenía los dedos con los suyos, inmovilizándolos suavemente
-       Elías, Elías- cantaba mamá, tratando de calmarlo con dulzura
Elías se ponía a hacer puchero. Caro mantenía la misma expresión con la boca abierta que hacía conmigo, pero se asustaba del berrinche de su hermano y también comenzaba a llorar, revolviéndose incómoda.
Mamá lo había intentado muchas veces, con resultado parecido. Últimamente, cuando la invitaba, sólo extendía su sonrisa Nª 3 Rosa Gélido, apoyada en el marco de la puerta, y decía que no, mientras cruzaba los brazos. Yo hubiera querido que ella no se hubiera quebrado, porque notaba que la distancia entre ellos había empezado a hacer un pozo, y yo no podía agarrarlos de las manos a los tres para mantenerlos juntos. Muchas veces la encontraba después arrodillada en su altar personal, prendiendo una vela a San Judas Tadeo (patrón de las causas desesperadas), mientras Dixie le lamía las rodillas. Santa Lucía, sin velita, miraba fijo hacia el costado de los olvidados.

Ese noviembre, papá volvió con ganas de llevarnos a la casa del campo. Decidí no ir a la facultad y ponerme de acuerdo con Elsa para preparar a los mellis, para ver si podíamos tapar el pozo con un gesto. Mamá buscó ropa para todos y dispuso la casa para que la familia pasara un buen día afuera. El aire parecía renovarse y renovarnos a todos, al respirarlo. Papá llegó, se desabrochó tres botones de la camisa, y comenzó a recibir llamados. Los vecinos lo habían visto llegar y una revista, que esperaba el dato, quería hacerle una nota sobre el desarrollo de la industria aeronáutica local. Él trató de negarse, pero un llamado superior lo convenció de que era necesario. Vinieron con cámaras, y fotógrafos. El preservativo no funcionaba en el campo, o ante algunos nombres que metían presión para tapar cierta crisis, y tuvimos que posar. Yo estaba excitada con la novedad, como cobrando una vieja deuda (esta vez somos nosotros, y es nuestra pileta). Intenté sentarme en el sillón de mimbre de respaldo ancho, para abrazar a los mellis y a la vez sentarlos en mis rodillas, pero mamá me ordenó:
-       Nono. Correte. – y se sentó en mi lugar.
Tuve que quedarme parada atrás, con papá, crispando las manos en el respaldo, mientras los fotógrafos ensayaban pacientemente distintas tomas donde no se notara tanto que los nenes lloraban, queriendo zafarse. Mamá había desplegado esta vez su sonrisa Nª 4 Rosa Territorial, y no estaba dispuesta a cederla. Al final, me llevé a los nenes a tocar los patos del estanque, y ellos se sacaron una foto solos, abrazados, al lado de la pileta que siempre estaba tibia.
Cuando se fueron los de las cámaras, la miré en silencio.
-       Son mis nenes, también, ¿sabés? – me increpó
-       No son “tus” nenes. Son Elías y Carolina. – le pude decir, pero la indignación no me dejaba ser clara. No lograba englobar lo que quería decirle sin romper lo poco que éramos.
Papá se sentía vulnerable con el hecho de haber tenido que mostrar su faceta más íntima (si es que eso éramos para él). Volvió a abrocharse los botones de la camisa y a pegarse al teléfono, tras su barba blanca que no sonreía, esta vez, ni a medias. Ningún jojojo salvador; había vuelto el aire del Polo Norte y ya sentía el frío. Yo pensaba en su manía de preservarnos, y en por qué en su momento no usó un forro y nos ahorró estos años.
A las 19.35 estábamos de nuevo en casa, fracasados.
                                                                   ***
Los mellis habían cumplido dos años, sin demasiados festejos. Elsa era la encargada de llevarlos y traerlos de la guardería. Aquel día, ellos habían faltado porque volaban de fiebre. Era 13 de diciembre, justo el día de Santa Lucía, y mamá había armado un altar especial con muchas velas para festejar a una Santa a la que le arrancaron los ojos. Yo hubiera querido mostrarle que sin ojos no iba a notar la diferencia entre una vela o diez, pero me callé, diplomáticamente, y salí a cursar la clase de Economía.
Elsa salió un minuto a comprar los remedios a  la farmacia de al lado, y al regresar, vio fuego saliendo de la casa. Yo estaba llegando de la facultad y la vi afuera, desesperada, hablando por celular a los bomberos mientras sacaba agua con una palangana de la fuente que teníamos en la entrada.
-       ¡¿Qué pasó?!- le dije
-       ¡Las velas, las cortinas…! - dijo- ¡Los mellis!
-       ¡¿Dónde?!
-       Adentro

Me desmayé y mamá, que justo llegaba también, corrió a sostenerme. Papá estaba lejos en el Nunca Jamás, ocupado en su Polo nevado, en su trineo volador. Mamá me dejó en el piso y me levantó las piernas para que se me nivelara la presión. Dixie se escapó del bolso que ella había dejado en el suelo y salió corriendo para la calle. Sus genes de laboratorio no impidieron que la rueda del taxi lo pisara como una cucaracha común, barata. “Omni mors aequat”, Dixie; la muerte nos iguala a todos, pensé con pena y maldad, tan inoportuna. Mamá salió corriendo y se puso a discutir con el conductor que lo había pisado, distraído por el incendio.
-       ¡Los nenes, señora!- gritaba Elsa, que se había convertido en un mecanismo de carga y recarga de agua, con brazos que le habían crecido en todo el cuerpo.

Mamá seguía discutiendo con el taxista, amenazándolo con juicios y pérdidas de patente. Yo, apoyada en el suelo y con las piernas levantadas, luchaba con la impotencia y el horror vertical que ocurría alrededor. Paralizada, veía girar a Elsa y las llamas de las ventanas; a mamá, al taxista y al caniche inmóvil en el suelo, en un sueño bizarro que podría contarme como una película mala, en el despertar del día siguiente.
Mientras buscaba más agua de la fuente y comandaba a los vecinos, que aparecían de todos lados con baldes y mangueras, Elsa sacó de la garganta una voz que nunca le había escuchado, y le gritó a mamá:
-       ¡Señora, los ciegos!
Recién entonces mamá pareció reconocer que hablaban de sus hijos, y se paralizó en silencio. Yo me levanté todavía mareada e intenté correr hacia la puerta, pero la manija estaba caliente y no podía tocarla. Por la cerradura un líquido negro, como de brea derretida, empezó a venir hacia nosotros, escapando del destino que había quedado atrás, mientras mamá miraba hacia las ventanas, en silencio, apoyándose las dos manos en la boca, que había comenzado por primera vez a despintarse.

lunes, 22 de enero de 2018

Azul


   No me copa la idea, pero voy. Sabemos cómo están las cosas. Presiento que estoy pagando caro el ácido que conseguiste. Manu dijo que había pegado de los buenos y que nos los vendía al precio de antes.
   Creo que me pasás factura por las veces en que te dejé colgado. También puede ser que sientas de qué quiero hablar y te lo estés cobrando por adelantado.
    Pusimos una manta en tu jardín, al lado de la pileta. Hablamos boludeces hasta que el alrededor empezó a desenfocarse.
-   El pasto se pone azul, ¿ves? - dijiste y te brillaban los ojos. Temblabas, tirado en el piso.
    Yo también temblaba, pero todavía no podía despegar de la cabeza. La charla se venía estirando, no tenía sentido postergarla. Sabía que veníamos esquivando el borde, pero no por eso desaparecía.
     Pero intenté volver, sostener el presente: el hoy en el jardín.
-   El árbol se mueve y baila, mirá - te contesté mientras me alejaba, tratando de seguirte el paso y disfrutar los acuerdos.
    Miraste para donde señalé y me seguiste la corriente. Sonreíste. Los labios se te abrieron y cerraron al ritmo de la canción que te sonaba en la cabeza desde ayer.
-   Pero ¿viste el pasto?- insistís.
-   No, el pasto está igual
    Mi respuesta te desilusiona. El viaje te hace alertar los sentidos y percibís lo que no sería claro de otra manera. Los dos sabemos que estamos hablando de lo que no queremos hablar.
-   ¿Te cortaste sola? ¿Te abrís?
-   No sé – Mi respiración se acelera. Tu pregunta me agarra en el medio de una subida
    Te quedás callado. Sé que el animal que nos suele acechar puede convertirse en monstruo y no quiero cagarte el día. No quiero que me relaciones con un dinosaurio que te pisa la cabeza. No quiero que sea el recuerdo que hayamos construido.
    Las nubes, mientras, se contraen y expanden, como pulmones. Vuelvo a viajar.
-   Las nubes sí, mirá cómo cambian
    Nos distraemos con el cielo, por tres minutos. Me acuerdo de la película “Vainilla sky” por asociación, y las nubes se retuercen.  Son de un amarillo que tiene gusto a helado.
    Me da frío el helado imaginario. O lo otro, decirlo, ¿cuándo? Ahora un peso que no está me tira para atrás. Flasheo alas para equilibrarme y jugar a ganar, esta vez, por hoy.
-   Viene un dinosaurio. Quedate. – decís, mientras el monstruo nos crece, inevitable. 
    No tengo armas para defendernos donde estoy, desnuda y con alas de papel amarillo. Me dura el color y el frío. No sé tampoco si quiero ganar o perder. Las alas se desprenden con el viento y hacen ruido a vasos que se rompen.
    Pero sé volver sana, y lo hago. El dinosaurio lame el helado que me pegotea la mano. Oscurece, no sé dónde. Mirando lo negro, cayendo sobre el piso lleno de preguntas, te digo:
-   Tenés razón, se va poniendo azul el pasto.
    Tu cara se ilumina, como si celebraras la victoria. Yo sólo quisiera que el azul fuera de verdad y que durara.

lunes, 1 de enero de 2018

Rellenos





















Estaba apurada, todavía tenía que terminar de preparar la comida y tomar el colectivo para llegar a las 7, 8 no muy tarde. Era nuevo esto de estar preparando cosas para la Navidad, pero no quería que mi vieja laburara, y había tomado la posta. La pasaríamos solas.
Teléfono. Era ella.

- ¿Cómo estás? - dijo
- Acá, preparando los piononos.
- ¿De qué los hiciste?
- Uno de roquefort, nueces y aceitunas negras y el otro de atún con aceitunas rellenas.
- Te faltó el morrón
- …
- ¿Venís a las 8?
- Probablemente, creo que sí
- Porque a veces venís como a las 10
- También puede ser

    Después me contó que el fluorescente, la triste luz principal del comedor, se había roto. Dije que la cambiemos por otra de atrás, una del patio. Dijo que no, que no era el fluorescente sinó la llave o la conexión eléctrica. Pero que la otra luz, la lamparita secundaria del comedor, algo haría por nuestra noche. Me imaginé el panorama y pensé que, definitivamente, iba a llegar a las 10.

    Abrí la lata de atún, mientras recordaba cuando él me preguntaba por qué no era más cariñosa. Después desmenucé todo eso con el tenedor hasta que dejó de parecerse a algo que cierta vez estuvo vivo y lo mezclé en silencio, que va muy bien en este tipo de rellenos.