domingo, 19 de junio de 2016

Oler el aire


   Están esos días donde no hay sol en el fondo de los bolsillos y hay que fabricarse alguno, porque es absolutamente necesario para que mañana sea una posibilidad. Entonces mi gata enciende los ojos, como dos faros que me obligan a mirarla y sigo su huella hasta el balcón, donde se prepara a oler el aire como si en ello hubiera encontrado el sentido de sus siete vidas enteras. La envidio por descubrir un secreto que no puede contarme, que no comparte conmigo, porque incluso esa misma sustancia entra y sale de mí y no siento en ello ninguna experiencia trascendente, más que perpetuarme anclada en lo orgánico.

    En eso ella mueve levemente su cabeza, y un no sé qué en ese gesto me recuerda a alguien. Ya no es la gata sino mi padre quien ahora inhala, deteniendo el aire, retrocediéndolo. Aire lleno de su tabaco que sofoca más apagado que prendido; un soplo no conductor de la palabra guardada, ahora inútil. Un viento apurado por mostrarle que ahora entiendo un poco más, y tampoco sirve; una brisa leve que susurra el gracias por los libros congelado en las biromes. Qué frío es ese aire solo y parecido; cuánto entiendo los vidrios vacíos haciendo fila en el rincón, sin reflejar la luz sino comiéndosela.

    Gira la hora y la vida en la proyección que ahora vuelve a ser la gata que se levanta a buscar comida. Después de alimentarla, abro mi diario y escribo que esta tarde, mientras respiraba, aprendí a rezar.

(3/4/15)

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