domingo, 18 de junio de 2023

Completar el álbum

 


No tengo muchas fotos con mi padre. Y él, al irse,
tampoco se llevó las suyas. Las del pasado. Las de su infancia.
Las de su adolescencia en el San Carlos.
Las del servicio militar obligatorio. 
Las diapositivas del viaje de casamiento a Bariloche.
Miro aquellas fotos y hablan de un chico que no me resulta conocido.
No sé por qué sonreía. No sé si en ese momento 
los atardeceres eran amarillos, blancos o naranjas.
Solo tengo un par de imágenes donde él está contento
y yo era muy chica para saber de últimas veces.
Él dejó atrás esas fotos para construir otras imágenes
de las que tampoco conozco nada. Los nuevos amigos.
Los nombres de sus mascotas. 
Por qué la montaña y nunca el mar.
La forma en que la alegría encuentra 
nuevas formas de reinventarse.
Ahora hemos perdido el hilo que da continuidad y sentido 
a las postales en blanco y negro de sus dieciocho años 
que envejecieron lejos de sus últimas sonrisas
todavía analógicas,  pero a todo color,
y tampoco encuentro el que une las fotos de nuestra intersección temporal, 
donde él me miraba y yo no lo hacía, 
porque todavía era temprano para este futuro 
en el que quisiera revelarme como una mancha oscura en el celuloide,
una mancha que pudiera detener la luz 
para desviarla en forma de pregunta. Una sola:
“¿qué te hacía sonreír cuando todo era una mierda?”.
No sé si se pueden exprimir los recuerdos que nunca conocimos 
para reconstruir una historia que nos pertenece a medias.
Pero lo intento. Todos los días tiro los dados de la suposición y la metáfora 
para reagrupar estos flashes de un rompecabezas 
que hace poco llegó a mis manos en una valija que nunca volverá a mudarse.


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