Hay un mar tatuado dentro del ojo del ave
que la guía hacia un destino anterior al de ella misma.
Se pregunta cómo seguir un mapa hacia futuros
que no están en el adelante mismo
sino dentro de sus propias células.
Desgarra entonces los telones que la sobreprotegen
del enceguecimiento, de los contrastes de la luz,
y fusiona sus alas con la sombra
que la envuelve en los círculos de la incerteza.
Olvida lo que sabe y convierte su duda en alimento,
se propulsa hacia el mapa que la llena de sentidos
y lo impreciso de las direcciones se ramifica
en ancla, peso y consistencia.
Las sirenas de aquel mar bailan señales para ella
que despiertan la urgencia de los pasos de su vuelo
y el camino que no estaba antes de la duda
comienza irrefrenablemente a comenzar.
