domingo, 3 de agosto de 2025

Oportunos


¿Cómo hacen los que ven belleza en todas partes

para que lo bello los encuentre despiertos

sin haber puesto ninguna alarma? 

¿Cómo hacen

para coincidir en su cuadra, en su vereda

siempre bien parados, alertas,

siempre con los lentes limpios, 

justo cuando pasa?

lunes, 10 de febrero de 2025

«El retrato oval» (Edgard Allan Poe)


El castillo en el cual mi criado se le había ocurrido penetrar a la fuerza en vez de permitirme, malhadadamente herido como estaba, de pasar una noche al ras, era uno de esos edificios mezcla de grandeza y de melancolía que durante tanto tiempo levantaron sus altivas frentes en medio de los Apeninos, tanto en la realidad como en la imaginación de Mistress Radcliffe. Según toda apariencia, el castillo había sido recientemente abandonado, aunque temporariamente. Nos instalamos en una de las habitaciones más pequeñas y menos suntuosamente amuebladas. Estaba situada en una torre aislada del resto del edificio. Su decorado era rico, pero antiguo y sumamente deteriorado. Los muros estaban cubiertos de tapicerías y adornados con numerosos trofeos heráldicos de toda clase, y de ellos pendían un número verdaderamente prodigioso de pinturas modernas, ricas de estilo, encerradas en sendos marcos dorados, de gusto arabesco. Me produjeron profundo interés, y quizá mi incipiente delirio fue la causa, aquellos cuadros colgados no solamente en las paredes principales, sino también en una porción de rincones que la arquitectura caprichosa del castillo hacía inevitable; hice a Pedro cerrar los pesados postigos del salón, pues ya era hora avanzada, encender un gran candelabro de muchos brazos colocado al lado de mi cabecera, y abrir completamente las cortinas de negro terciopelo, guarnecidas de festones, que rodeaban el lecho. Quíselo así para poder, al menos, si no reconciliaba el sueño, distraerme alternativamente entre la contemplación de estas pinturas y la lectura de un pequeño volumen que había encontrado sobre la almohada, en que se criticaban y analizaban.

Leí largo tiempo; contemplé las pinturas religiosas devotamente; las horas huyeron, rápidas y silenciosas, y llegó la media noche. La posición del candelabro me molestaba, y extendiendo la mano con dificultad para no turbar el sueño de mi criado, lo coloqué de modo que arrojase la luz de lleno sobre el libro.

Pero este movimiento produjo un efecto completamente inesperado. La luz de sus numerosas bujías dio de pleno en un nicho del salón que una de las columnas del lecho había hasta entonces cubierto con una sombra profunda. Vi envuelto en viva luz un cuadro que hasta entonces no advirtiera. Era el retrato de una joven ya formada, casi mujer. Lo contemplé rápidamente y cerré los ojos. ¿Por qué? No me lo expliqué al principio; pero, en tanto que mis ojos permanecieron cerrados, analicé rápidamente el motivo que me los hacía cerrar. Era un movimiento involuntario para ganar tiempo y recapacitar, para asegurarme de que mi vista no me había engañado, para calmar y preparar mi espíritu a una contemplación más fría y más serena. Al cabo de algunos momentos, miré de nuevo el lienzo fijamente.

No era posible dudar, aun cuando lo hubiese querido; porque el primer rayo de luz al caer sobre el lienzo, había desvanecido el estupor delirante de que mis sentidos se hallaban poseídos, haciéndome volver repentinamente a la realidad de la vida.

El cuadro representaba, como ya he dicho, a una joven. se trataba sencillamente de un retrato de medio cuerpo, todo en este estilo que se llama, en lenguaje técnico, estilo de viñeta; había en él mucho de la manera de pintar de Sully en sus cabezas favoritas. Los brazos, el seno y las puntas de sus radiantes cabellos, pendíanse en la sombra vaga, pero profunda, que servía de fondo a la imagen. El marco era oval, magníficamente dorado, y de un bello estilo morisco. Tal vez no fuese ni la ejecución de la obra, ni la excepcional belleza de su fisonomía lo que me impresionó tan repentina y profundamente. No podía creer que mi imaginación, al salir de su delirio, hubiese tomado la cabeza por la de una persona viva. Empero, los detalles del dibujo, el estilo de viñeta y el aspecto del marco, no me permitieron dudar ni un solo instante. Abismado en estas reflexiones, permanecí una hora entera con los ojos fijos en el retrato. Aquella inexplicable expresión de realidad y vida que al principio me hiciera estremecer, acabó por subyugarme. Lleno de terror y respeto, volví el candelabro a su primera posición, y habiendo así apartado de mi vista la causa de mi profunda agitación, me apoderé ansiosamente del volumen que contenía la historia y descripción de los cuadros. Busqué inmediatamente el número correspondiente al que marcaba el retrato oval, y leí la extraña y singular historia siguiente:

“Era una joven de peregrina belleza, tan graciosa como amable, que en mal hora amó al pintor y se desposó con él. Él tenía un carácter apasionado, estudioso y austero, y había puesto en el arte sus amores; ella, joven, de rarísima belleza, toda luz y sonrisas, con la alegría de un cervatillo, amándolo todo, no odiando más que el arte, que era su rival, no temiendo más que la paleta, los pinceles y demás instrumentos importunos que le arrebataban el amor de su adorado. Terrible impresión causó a la dama oír al pintor hablar del deseo de retratarla. Mas era humilde y sumisa, y sentóse pacientemente, durante largas semanas, en la sombría y alta habitación de la torre, donde la luz se filtraba sobre el pálido lienzo solamente por el cielo raso. El artista cifraba su gloria en su obra, que avanzaba de hora en hora, de día en día. Y era un hombre vehemente, extraño, pensativo y que se perdía en mil ensueños; tanto que no veía que la luz que penetraba tan lúgubremente en esta torre aislada secaba la salud y los encantos de su mujer, que se consumía para todos excepto para él. Ella, no obstante, sonreía más y más, porque veía que el pintor, que disfrutaba de gran fama, experimentaba un vivo y ardiente placer en su tarea, y trabajaba noche y día para trasladar al lienzo la imagen de la que tanto amaba, la cual de día en día tornábase más débil y desanimada. Y, en verdad, los que contemplaban el retrato, comentaban en voz baja su semejanza maravillosa, prueba palpable del genio del pintor, y del profundo amor que su modelo le inspiraba. Pero, al fin, cuando el trabajo tocaba a su término, no se permitió a nadie entrar en la torre; porque el pintor había llegado a enloquecer por el ardor con que tomaba su trabajo, y levantaba los ojos rara vez del lienzo, ni aun para mirar el rostro de su esposa. Y no podía ver que los colores que extendía sobre el lienzo borrábanse de las mejillas de la que tenía sentada a su lado. Y cuando muchas semanas hubieron transcurrido, y no restaba por hacer más que una cosa muy pequeña, sólo dar un toque sobre la boca y otro sobre los ojos, el alma de la dama palpitó aún, como la llama de una lámpara que está próxima a extinguirse. Y entonces el pintor dio los toques, y durante un instante quedó en éxtasis ante el trabajo que había ejecutado. Pero un minuto después, estremeciéndose, palideció intensamente herido por el terror, y gritó con voz terrible: “¡En verdad, esta es la vida misma!” Se volvió bruscamente para mirar a su bien amada: ¡Estaba muerta!”

domingo, 5 de enero de 2025

Sueño I


PH: Karolina Trapp

   Sueño que una puerta imaginaria, de metal, bien pesada, cae sobre dos vecinos en el palier del edificio. Me entero cuando vuelvo a buscar algo a mi departamento (plata, una campera, no recuerdo) en medio de una salida con amigas. Mis amigas del sueño coinciden con mis amigas reales. Lo sé porque las veo en el taxi del que me acabo de bajar para buscar lo que voy a buscar dentro de mi edificio. Ellas hacen que el taxi me espere, parece que les prometí que volvería enseguida. 

   Subo las escaleras de la entrada de mi edificio del sueño. En el real no hay escaleras, y el piso del palier es de porcelanato gris, no de granito oscuro como ese. Soy consciente de esos contrastes, pero aún así sé que ese edificio es mi edificio. El puñado de vecinos que observan a los accidentados me ven entrar, y aparentemente me reconocen. 

   Los  heridos son un varón y una mujer. Él es más grande que ella. Mi yo del sueño sabe que habitan distintos departamentos. Miro al varón, que es de estatura pequeña y tiene rulos apretados, oscuros; se supone que vive en la planta baja, pero en la realidad en ese espacio está la cochera. La puerta de ese departamento que no existe es la que se ha caído sobre ellos. Ambos están conscientes, pero no pueden levantarse, aunque sí mueven los brazos y las piernas como lo harían las hormigas o algún insecto que ha quedado de espaldas al piso. 

   De alguna manera me siento parte de esa gente, de ese edificio. Los vecinos, preocupados, me incluyen en su charla sobre lo que está pasando y sobre la demora de la ambulancia. Empatizo genuinamente con todo aquello. La charla continúa hasta que recuerdo que mis amigas reales me esperan en el taxi imaginario, así que salgo a decirles que ya no esperen, que no voy a ir, que voy a dejar de asistir a la parte divertida de la noche para quedarme a esperar una ambulancia imaginaria que quizás vaya a salvar o no a los seres imaginarios que ni siquiera viven en el edificio, que es el mío, pero no se le parece.

jueves, 17 de octubre de 2024

Cinco de enero en dieciséis de octubre

 

La médica aferrada al protocolo del silencio.
Sus ojos que evaden  el contorno de mis ojos, de mi signo de pregunta  
y la habitación llena de gargantas con rincones anudados.
La gata sobre la mesa, acostada.
El alcohol que le moja la panza y la deja pegajosa.
La sonda del ecógrafo dando vueltas. En silencio.
Gira el alcohol, sus pelos, el futuro no tan eterno 
y el pasado en revisiones. Solo la luz blanca y negra
dice la verdad en la pantalla. La mujer también va a decirla a su tiempo
pero ahora tiene que inventar un molde para darle forma a la tristeza
y es por eso que en lugar de hablar de lo blanco, lo negro o lo indecible 
me ofrece todo el silencio como favor, como regalo
y no ve que en realidad me da un cálido apretón con manos
que esconden hojas de afeitar cuyas heridas no pueden retractarse.
Ella cree que la piedad es una reverencia amable 
que se hamaca en el borde de la duda, de los labios,
pero no sabe, o no aprendió todavía
que la mirada delata, y en el blanco del ojo, más adentro,
en su pupila honda como todo lo que grita
veo el llanto del tic tac inexorable del reloj y los cuchillos
que cantan el último el definitivo no va más y pierdo todo
en la ruleta del tiempo en que Mía y yo nos despedimos.



domingo, 28 de abril de 2024

Cinco de enero en nueve de enero


Pocas cosas cambian dentro del tiempo de los gatos,

por eso cuando cambian todo comienza a acelerarse.

Por ejemplo ahora, a sus catorce, acaba de morderme

y temo el daño, la marca de otros tiempos, 

pero me doy cuenta de que el dolor no viene nunca.

La marca que deja entra en una cajita de fósforos.

En un hueco áspero que redondea una caricia.

En una boca llena de dientes erosionados 

que bordan pespuntes delicados como encajes  

en la mano que no sangra ni sufre en lo más mínimo.

No sabe, no imagina ella que lo que más me duele

es pensarla indefensa después de todos estos años,

tan inútil en sus luchas contra molinos de viento 

tan quien fue, reina de mi selva de macetas marchitas

que ahora se seca con ellas, tan de a poco, 

aunque también es la de siempre, la que me avisa 

con maullidos enormes la intersección de sentido y tiempo

en su rutina de la tarde de todos los inviernos:

“Humana, no hay nada más importante en este momento.

La luz del sol acaba de tocar la biblioteca.”

Sé que algún día esta lección será lo único que nos quede

pero todavía no quiero que nos quede solo eso.

O al menos quisiera dejarle algo, tambien, yo a ella 

igual de valioso, pero no encuentro tanta pureza en mis gestos.

Solo puedo darle techo, agua, la comida que prefiere

y apelar al protocolo del amor y la ternura

cuando me muerde ferozmente entre algodones,

y por respeto a su intención, a su inconsciencia 

por respeto al paso del tiempo que nos queda,

miro la herida, me subo a ese dolor que habita en el futuro  

que no pertenece al mundo de la carne

pero adopta en el pecho la forma cruel que más nos daña,

y me aseguro de que ella vea ahora que la lloro

para que lo sepa también después, cuando ya no pueda verlo.


 

martes, 30 de enero de 2024

Dos de enero del veinticuatro

El pliegue catorce de la cortina termina con un gato en la ventana.

El dobladillo de la vida (a veces) no es más que eso:

la luz de la tarde apoyada sobre los bordes de los edificios,

la luz que muere enredada entre los pliegues de una cortina,

un gato que presencia esa muerte como otra paloma

que se apoya en la reja del balcón y no puede ser alcanzada

salvo desde el anhelo. El anhelo 

es el formulario menos oscuro de la esperanza. 

La esperanza solo funciona si tiene eco en alguna parte.

En este caso rebota en mí, en la luz, en la cortina,

en los pliegues que toda la tarde esperan al gato

para acariciarlo. En la paloma que solo anhela nido, huevo

y que coquetea con su olor para que el gato se relama, 

para que sueñe con atraparla cada tarde

para que en esa simple repetición 

encuentre los siete sentidos de una vida

que yo no soy capaz de aprehender

por más que renazca una vez, otra vez, y otra.


domingo, 23 de julio de 2023

Charles Bukowski a Jane Cooney Baker, fallecida el 22/01/62




así pues, te has ido

dejándome aquí

en una habitación con la persiana rota

y el Idilio de Sigfrido sonando en una pequeña radio roja.


y te fuiste tan rápido,

tan de repente como llegaste

y mientras te enjugaba la cara y los labios

abriste los ojos más grandes que aún pueda ver

y dijiste: «es posible que supiera

que eras tú»,

y me reconociste

aunque no durante mucho rato

y un viejo de piernecitas blancas

en la cama de al lado

dijo: «no quiero morir»,

y volvió a salirte sangre

y la sostuve en el cuenco de mis manos,

todo lo que quedaba

de las noches, y también de los días,

y el viejo seguía vivo

pero tú ya no,

nosotros ya no.


y te fuiste como llegaste,

me dejaste rápidamente,

me habías dejado tantas veces antes

cuando pensaba que me destrozaría

pero no me destrozaba

y tú siempre volvías.


ahora he apagado la radio

y alguien en el apartamento de al lado da un portazo.

la condena es firme: no te encontraré en la calle

ni sonará el teléfono, y ni un solo momento

podré estar en paz.


no es suficiente que haya muchas muertes

y que esta no sea la primera;

no es suficiente que pueda vivir muchos más días,

quizá incluso más años.


no es suficiente.

el teléfono es como un animal muerto que no

habla, y cuando hable de nuevo, ahora siempre será

la voz equivocada.


te he esperado otras veces y siempre has entrado por

la puerta. ahora tú tienes que esperarme a mí.