domingo, 15 de mayo de 2016

El tatuaje de birome



El Javi:

El frío lo despertó otra vez. Eran las 6.30 y la vieja ya se había ido a cuidar los pibes de los Acosta. Igual, antes de irse le había planchado el guardapolvo al Maxi y a él. Le tocaba hacerle la leche a los dos, media taza para cada uno. Cuando vio que quedaban dos masitas, pensó en comerse la suya y también la de su hermano, pero ya había pasado que después lo tenía que aguantar llorando todo el camino hasta la escuela. Esa vez lo había solucionado con un sopapo en plena calle, para que se dejara de romper las pelotas y sobre todo dejar de sentir esa voz adentro que lo hacía sentir para la mierda.
En la escuela desayunaban un poco mejor, y había que aprovechar ahí, porque eso y lo del mediodía eran las únicas comidas seguras. A la noche no se sabía, siempre dependía si a la vieja le habían dado lo que sobraba del almuerzo de los Acosta. Últimamente no sobraba mucho.
La maestra de quinto le caía bien, siempre parecía querer ayudarlo. Tenía unos ojos marrones grandes que le hacían acordar los de Perra, su perra, que se había muerto o había desaparecido una tarde que había ido a vender tarjetitas a los bares del centro. Capaz que siguió a uno de esos de la Protectora de animales, que seguro le puso un nombre lindo, sabiendo que ahí le iban a dar de comer todos los días. Ojalá hubiera dejado la dirección.
El Maxi terminó de comer su masita y pidió otra. Todavía no entendía muy bien de qué iba la cosa, pobre. Él se hacía el superado, pero cuando le dolía la panza también hubiera querido ponerse a llorar. Pero tenía 11. Había aprendido que llorar le dejaba como un calambre en la panza y todo se hacía más lento hasta las 9 y media, que le daban las otras masitas en la escuela.
Ese jueves la maestra se puso a leer algo de un tipo que se llamaba Robin Jud y él se puso a contar las tarjetitas para vender a la tarde. Si vendía 10 le iban a dar 50 pesos y de eso le tocaban 20. Los otros 30 iban para el Guano, que le daba las tarjetitas. A veces le traía rosas, pero esas eran más difíciles de meter. Se ve que los tipos ya no necesitaban de esos chamuyos para acostarse con las minas. Sinó preguntale a la vieja, que la puso y nunca más vio al padre del Maxi ni al de él.
La Yeyi, que también era una de las pibas que trabajaba para el Guano, le dijo que a ella las cosas esas no le decían nada, que prefería el pibe que la invitaba con fasos y con birra porque eso la hacía sentir grande. La Yeyi era su amiga, tenía 12 y sabía un montón de todo lo que a él le interesaba. Una vez la habían metido adentro porque afanó el celular de una mina que estaba buscando unas monedas en el fondo de la cartera, mientras había dejado en la mesa un teléfono que salía 10000 mangos. La agarraron en la esquina. Eso le pasaba por ser flaca, se le enredaban las patas cuando quería correr y terminaba en el piso como una boluda.
A veces jugaban a afanarse entre ellos, para practicar. A ella le hubiera gustado eso del Robin Jud, que afanaba a los ricos para darle a los pobres.
“Cuando la vea le cuento”, pensó.
-  La maestra esa es una hija de puta, a mí me hizo echar. No le creás nada.
-  Parece que está en un libro, no se lo inventó ella.
-  Igual es una hija de puta
El Javi se calló, la maestra le caía bien. Después salió lo del tatuaje, cayó el Guano, y se olvidó de la maestra.
Al otro día, él había ido al salón a buscar una cosa en la mochila mientras todos estaban en el recreo y pescó la cartera de la maestra. Estaba medio escondida entre unos cuadernos en el escritorio, pero él la vio igual. Sintió lo mismo que cuando el Maxi lloraba, esa cosa fea adentro. Le pareció que llevarse la billetera era como afanarle a la vieja, así que la dejó ahí. Después se sintió un boludo; la Yeyi le habría dicho que era un boludo y no le hubiera hablado hasta reconocer que la maestra era una hija de puta como ella decía, que se merecía eso y más.
Capaz que al final la Yeyi tenía razón, porque cuando él cerró la cartera sin sacar nada, justo la maestra entró y lo vio, y se puso a gritarle de todo. Parecía otra tipa. Él se quiso ir y lo encerraron en la dirección. Al rato los canas se lo llevaron y lo cagaron a palos en el auto mismo, para no perder tiempo en la comisaría.  No lo metieron en la oficina, no le preguntaron quién era ni anotaron nada. Él sabía que así lo habían hecho boleta a su primo, cuando se lo llevaron por prenderle fuego al auto de un cana, y decían que no lo tenían en ninguna comisaría. No lo tenían ingresado, eso era. Nunca apareció, pero todos sabían.
Lo encerraron en el cuartito de atrás.
-  Nosotros sabemos quién sos, pendejo.
  Él no sabía qué querían decir con eso. Pero entendía que ser él no debía ser bueno, por cómo estaba cobrando.
-  El Guano te vendió.
-  ¿Qué le vendo las tarjetas?
-  No te hagas el boludo, ya encontramos la falopa en tu casa.
Pensó en la vieja y el Maxi, en la casa toda revuelta. Pensó en el Guano, que siempre la andaba queriendo manosear a la Yeyi y siempre lo cacheteaba si los veía juntos, como ayer a la tarde, cuando los encontró en la Plaza Sarmiento:
-  Acá se labura, no se viene a coger, pendejos boludos.
-  Nosotros no cogemos
-  Vos andá por Pellegrini y vos te me vas a Oroño. Y después venís a traerme la guita a mi casa. – le decía a la Yeyi- Vos no, pendejo, vos esperá que te busque en la esquina mañana.
La Yeyi no lo miraba y  se iba en silencio. El Javi la veía irse  y le parecía en esos momentos que sus patas largas eran más finas y temblaban, como esos yuyos que se mueven con cualquier viento.

Le cerró todo.  Se quedó callado y  los dejó seguir, poniendo el lomo por delante, que era donde dolía menos.

………

La Yeyi:

Ella miraba adelante sin ver a nadie. Iban todos apurados ese jueves, pero el faso los ponía en cámara lenta. Estaba sentada en la fuente de la Plaza Sarmiento, y la mirada se le enfocó recién cuando llegó el Javi.
-  ¿Y? vendiste?
-  Tres- dijo ella
-  Yo dos y una tipa me dio dos mangos y me devolvió la tarjeta. ¿Alcanza para chicle?
-  Uno. ¿Me das la mitad?
- 
El Javi volvió con un chicle de menta. Ella masticó y se rascó el brazo.
-  ¿Qué tenés ahí abajo?
-  ¿Esto? Un tatuaje.
-  No parece. ¿qué son, letras?
-  Me lo hice yo. Dice Yeyi, con unas estrellitas.
-  ¿Cómo hiciste?
-  Con tinta de birome y un alfiler. La Pato me enseñó cuando nos guardaron, pero ahí no podríamos probar.
-  ¿Y por qué no te lo hizo después?
-  Porque sigue guardada
El Javi se miró el brazo y ella adivinó:
-  Te enseño si me comprás un alfajor
-  Me quedaron 25 centavos nomás del chicle.
-  Bueno, yo te enseño y vos me traés el alfajor mañana
El Javi dijo que sí con la cabeza. La Yeyi empezó a contar la técnica.
-  Mirá si agarro y yo también me tatúo Yeyi- dijo agarrando una piedrita y tirándosela a una paloma.
Ella captó enseguida el cambio en la voz. Él no la miraba, hacía como que buscaba otra piedrita, pero estaba lleno de piedritas y no agarraba ninguna.
-  No seas pelotudo. Tatuate Javi. Con azul va a quedar lindo.
-  De Ñulls me lo voy a hacer.
-  Colores de mierda.
-  ¿Vos por qué te tatuaste Yeyi y no alguna otra boludez?
-  Para que si me olvido, mire ahí y me acuerde.
-  Sos bastante pelotuda, puede ser
-  Voy a hacer una vaquita en el barrio y voy a mandar a que te caguen bien a palos.
-  Ni dos pesos juntás. Ni para el chicle.
Ella vio venir al Guano a lo lejos. Sabía que les iba a hacer quilombo cuando los viera juntos. Agarró una piedrita y la tiró hacia donde él venía, pero sin fuerza. La piedrita rebotó en su rodilla.

Después de esa tarde, pasó 4 días sin noticias del Javi. Pendejo de mierda, seguro que se hacía el boludo para no comprarle el alfajor. Era lunes y a la tarde se llegó hasta su casa, golpeó con las manos y vio a doña Mecha correr la cortina de plástico con la cara hinchada.
A esa hora doña Mecha siempre estaba limpiando la casa de los Acosta. A esa hora el Maxi siempre jugaba a la pelota con los de la esquina. Pero ese día estaban los dos, ahí parados, en silencio.
-  ¿Vos no sabés nada del Javi?
-  No, ¿qué le pasó?
-  Hace tres días que lo buscamos
-  Lo vi en la Plaza Sarmiento el jueves, eran como las 5
-  Puse carteles que me hizo el Esteban con la fotocopiadora, pero nadie vio…
Las manos le quedaron en el aire, en suspenso. Las venas se le marcaban en azul y se levantaban de la piel como queriendo escapar, sin saber hacia dónde.
-  ¿Fue a la escuela?
-  Me dijo la de la dirección que ahí no saben nada, pero el Maxi fue con él ese día y se tuvo que volver solo.
-  Yo la ayudo. Si sé algo, vuelvo y le aviso.
La Yeyi se fue a la escuela, porque se olió algo raro, y ahí le dijeron que no tenían ningún alumno anotado con ese nombre. La puteó a la directora y a la maestra. Les dijo que iba a ir a la cana a hacer quilombo porque el Javi hacía 7 años que iba a esa primaria y hacía dos que estaba en 5to grado, con esa misma yegua de profesora. Dijo que el Maxi también iba, que se fijaran, pero nadie le dio bola.
En la seccional del barrio no revisaron ningún papel pero le dijeron que ahí tampoco lo habían ingresado, y ella vio que no tenía más nadie a quién protestarle o a quien contarle que se le cagaban de risa en la cara.
Pensó en el Guano, y aunque lo odiaba, sabía que a él le iban a dar bola; él era alguien y no iba a querer perder un pibe que le laburaba más o menos bien. Llegó a la esquina de la casa del tipo y se fumó una tuca para que le diera valor, o para que le chupara un huevo lo que vendría después. Sabía que ese favor se lo iba a cobrar igual que siempre:
-  Abri la boca más grande, pendeja. Dale, que te gusta.
Quiso correr lejos, pero caminó hasta la puerta. La contradicción y el paraguayo le dieron ganas de vomitar. El tipo tampoco estaba. Hacía varios días que nadie lo veía.
Cuando fue a hablar con Doña Mecha, se encontró con que le venían a avisar de un cuerpo que habían encontrado en el río.
-  Vos te quedás- le dijo ella al Maxi, como si fuera su hermana.
 La agarró del brazo a doña Mecha, que se había quedado quieta con el papelito de la dirección en la mano, y la acompañó a la morgue. Había un olor raro pegado en las paredes, tapado por el perfume ácido del cloro, pero el cloro no podía contra el otro olor, que era más fuerte. Eso y el silencio eran como una masa que asustaba. Hacía frío. Todo ahí era de metal plateado y las paredes tenían azulejos blancos hasta el techo. Los fluorescentes despedían luz cruda y pareja.
“Con razón dicen que morirse es como ir por un pasillo”, pensó, “es como ir por el túnel del parque España, pero sabiendo que no se sale.”
Vio que Doña Mecha seguía como una planta, y no decía nada frente al cuerpo hinchado que le presentaban. Era como el Javi, pero no parecía el Javi. Tenía la piel bien blanca y como encerada. Estaba desnudo y le dio vergüenza. Qué boluda. Tenía que concentrarse en ayudar y ahorrarle a la madre más minutos ahí adentro, pero tampoco sabía si era o no.
 Las dos estaban en silencio, buscando señales, cuando los peritos giraron un poco el cuerpo y la Yeyi vio el dibujo hecho así nomás, con tinta roja y negra, en el brazo derecho.
“-¿Viste boludo, que servía para no olvidarse quién es uno?”- le hubiera querido decir, pero se calló para respetar a Doña Mecha que había bajado la vista hacia el papelito que todavía tenía en la mano, arrugado y desteñido por la transpiración. Seguía callada, pero ahora con cara de rezar para adentro. Se ve que ella también había visto algo que le había sacado las dudas.
 Sintió que las ganas de llorar se le subían por la garganta como cuando tenía ganas de vomitar, pero se aguantó. Tuvo miedo de que cualquier ruido hiciera todo más cierto y despabilara a Doña Mecha que seguía así, como si se la hubieran llevado.

 Le hizo un gesto con la cabeza al tipo que tenía adelante, levantó el papelito que se le había caído a Doña Mecha y se lo dio en la mano, aprovechando para apretársela fuerte por un minuto, hasta que la hizo llorar. Después contó las monedas y como no le alcanzaban para el colectivo, se fue caminando apurada a lo de Juana, la de la vecinal, a ver si las ayudaba a hacer una vaquita en el barrio para pagar el cajón.

martes, 10 de mayo de 2016

Miedo (Raymond Carver)



Miedo de ver una patrulla policial detenerse frente a la casa.
Miedo de quedarme dormido durante la noche.
Miedo de no poder dormir.
Miedo de que el pasado regrese.
Miedo de que el presente tome vuelo.
Miedo del teléfono que suena en el silencio de la noche muerta.
Miedo a las tormentas eléctricas.
Miedo de la mujer de servicio que tiene una cicatriz en la mejilla.
Miedo a los perros aunque me digan que no muerden.
¡Miedo a la ansiedad!
Miedo a tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto.
Miedo de quedarme sin dinero.
Miedo de tener mucho, aunque sea difícil de creer.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo a llegar tarde y de llegar antes que cualquiera.
Miedo a ver la escritura de mis hijos en la cubierta de un sobre.
Miedo a verlos morir antes que yo, y me sienta culpable.
Miedo a tener que vivir con mi madre durante su vejez, y la mía.
Miedo a la confusión.
Miedo a que este día termine con una nota triste.
Miedo a despertarme y ver que te has ido.
Miedo a no amar y miedo a no amar demasiado.
Miedo a que lo que ame sea letal para aquellos que amo.
Miedo a la muerte.
Miedo a vivir demasiado tiempo.
Miedo a la muerte.
Ya dije eso.

lunes, 25 de abril de 2016

La vereda de los pomelos



Si el tipo no hubiera estado por chocarme, ya estaría tocando timbre de mi amiga. La esperaría abajo dos minutos y en diez más, las dos estaríamos sentadas  al lado del río, tomando mate. Tantos días lloviendo y justo ahora el tipo me cruza, arruinando todo.
Tendría unos 40 años. Venía en sentido contrario y caminaba sin dejar de mirar hacia atrás. El radar de todas formas parecía funcionarle, porque llegó a detectarme a tiempo, trazar una línea alternativa en su camino para evitarme, y recién después se concentró en mirar al frente.
Lo perdí de vista, pero como si me hubiera pasado una posta o una misión ineludible, tuve que mirar también. Todo está frente a nuestros ojos, pero hay que saber aislarlo de la maleza, del cemento y del resto del paisaje. Sin embargo, esta vez me pareció que no había mucho para abstraer, sólo un viejo con su perro.
 El viejo caminaba con paso de domingo, en jueves.  Era un hombre estándar, actuando de forma estándar para lo que se espera de un tipo paseando su mascota a las tres y cuarto de la tarde, y al segundo perdí el interés. Entonces dediqué mi exploración al perro y detecté que era rengo o algo pasaba con su coordinación. Al acercarme un poco más, pude ver que la renguera se debía al desequilibrio que le producía un tumor del tamaño de un pomelo, colgando en el costado izquierdo. Era inevitable; hipnotizaba verlos caminar de esa forma acompasada y lenta, de derecha a izquierda. Era como si el viejo se hubiera amoldado al movimiento del perro, y el perro, al movimiento del tumor. Los dos eran como un solo péndulo, danzando en la vereda.
Cada tanto el viejo rompía la coreografía para intervenir ante los obstáculos del animal, que al parecer también estaba ciego. Ambos tenían cuidado de no pisarse. El viejo  se veía sano, pero ya se percibía en su mano un leve temblor que se transmitía como un eco por la correa.  Aquello era como un código morse que llegaba hasta la piel del animal, recordándole que era ese hombre en particular el que lo paseaba, y no otro. De a ratos un cambio sutil en la tensión de la correa reacomodaba el paso del viejo o del perro. En esos momentos no se sabía quién conducía a quién, como si los dos tuvieran igual peso en la decisión de ir hacia allá, o hacia el otro lado.
No les hacía falta mirarse para tener la certeza del otro, para adivinarse en esos ruidos y gestos familiares que venían del costado. Se parecían un poco, aunque al viejo parecía pesarle otro tipo de tumor: sus años amarillos llenando de plomo las alpargatas, un pomelo propio que había tardado en crecer pero que ahí estaba, amanecido como un sol que llega a casa sin ser invitado.
El viejo se rascó la espalda y desde el bolsillo de atrás del pantalón empezó a asomarse algo, lentamente: podía ser un pañuelo, después pareció una tarjeta, hasta que me di cuenta que era una billetera, queriendo zafarse. Ahora eran cuatro en el baile, moviéndose al unísono.  Poco iba a durar, sin embargo. La billetera siguió deslizándose hasta que logró su objetivo y cayó sin ruido, al lado de un árbol.
Nadie me vio levantarla, había poca gente a esa hora dando vueltas en el barrio. Tuve el impulso de caminar más rápido para evitarle la angustia y el susto de no encontrarla, pero el viejo no se había dado cuenta todavía y yo no quise arruinar tan rápido la escena.  Además venía triunfando en esto de adaptar mi propia marcha para seguirlos, para no pasarles por adelante como un futuro que se jacta de ir lejos y rápido. Ese contraste me daba culpa y decidí seguir evitándolo. La esquina nos juntaría naturalmente, y ahí le devolvería la billetera y cada uno seguiría su destino. Faltaban 30 metros. Después yo tendría que girar a la derecha, rumbo a la casa de mi amiga.
Ralenticé mi paso aún más y abrí la billetera: 127 pesos en papel, 5 monedas de 1 peso y 2 de 10 centavos.  Carnet de PAMI y un descuento de jubilado para el colectivo. Un almanaque de 1985 de una chica desnuda, acariciando un perro que se parecía al suyo. Tal vez había elegido a la mascota pensando en la chica, tal vez siempre le habían gustado ese tipo de perros.  Un ticket de supermercado: papas, carne picada, trapo de piso. Me pregunté si esas cosas serían las mismas que compraría si no hubiera tenido perro, o teniendo un perro sano. Lo impreciso de la muerte en una enfermedad larga, es como un martillo que golpea sobre todos los actos del presente, condicionándolos.  Hasta la lista del supermercado deja de ser inocente y casual, y pasa a ser un evento conectado, interdependiente (Papas –él es intolerante al arroz-, carne -desgrasada para que no le forme alergia-, trapo de piso -porque ahora vive vomitando sobre el parquet).  De repente el viejo pareció más vivo que antes; ahora tenía historia.
El animal movía la cola, lentamente, como si hubiera identificado algo a su gusto, ajeno a lo que pasaba, sin armas para interpretar los futuros y la relatividad del tiempo. Su objetivo era recordar de memoria las texturas para detectar dónde estaban los árboles, mantener el equilibrio suficiente para poder mearlos. Poner instintivamente una pata delante de otra (ahora doblar) y de nuevo y de nuevo y de nuevo. Llegar a la esquina y cruzar el charco de la calle que su olfato le anticipaba a unos metros. Confiar en las variaciones del paso del humano, confiar en la correa, confiar en que siempre todo camino termina de vuelta en su casa.
El pomelo se balanceaba a ritmo, como si también estuviera contento de salir a pasear, desconociendo que llevaba colgada su fecha de vencimiento como un collar incómodo que uno usa de compromiso porque se lo regaló un pariente.  Me gustaría de vez en cuando sentir esa ausencia de preguntas. ¿Para qué servía la conciencia si no aportaba a la felicidad?
Llegué a la esquina donde debía separarme de ellos y amagué con estirar el brazo para tocarle el hombro al viejo y devolverle la billetera.  De haber estado atento, habría cambiado mi mano amable por un gesto brusco, una palabra a secas, como si fuera dueña de tironear a tiempo de alguna correa invisible.
Pero en ese momento todos fuimos ciegos como el perro. Ninguno pudo reconstruir el segundo previo al auto levantando por el aire el cuerpo del viejo, cuya atención estaba tan ocupada en ser ojos para otro, que se olvidó de sí mismo. Yo corrí a ver si aún respiraba, sin suerte. Un tipo llamó a la ambulancia; otro par se detuvo a pegarle al tipo del auto, que ahora estaba también en el piso, mezclando su sangre con la del muerto en un charco común, indiferente de su fuente. La conciencia pegándole a la conciencia. Otra vez las palabras, la idea de futuro sobrando. La conciencia, de nuevo ¿para qué?
Llegó la ambulancia y un patrullero. Los golpeadores hicieron agua en su propio heroísmo y  los vi desaparecer de la escena cuando empezaron a pedir testigos.  Algunos sacaban fotos con sus teléfonos y repetían “¡qué barbaridad!”, mientras las compartían en las redes sociales.
Yo tiré la billetera cuando nadie me vio, y uno de los policías se la guardó en el bolsillo. Cuando me detectó mirándolo, se acercó y me dijo:
-  ¿Usted vio algo?
No supe si se refería al accidente o a lo que hizo con la billetera y contesté, genéricamente:
-  Sí, vi
-  Me va a tener que acompañar.
De la mirada del policía salían hilos paralelos. Sentí cierta desnudez y comencé a hacer un recuento mental de lo que llevaba encima, en la cartera. Tenía la billetera con 240 pesos, dos monedas de 50 y 3 de 25 centavos. Los lentes de sol, las llaves y otra lista del supermercado, más casual: 100 gramos de jamón, 100 de queso, pan, cerveza. Un celular con 20% de batería. No tenía el DNI. Desvié la mirada y me encontré con el muerto.
La mano del viejo  seguía enredada en la correa, y  se movía como una marioneta, sin soltarla. En el otro extremo, el perro tironeaba, siguiendo un olor en el piso.  Hizo fuerza hasta llegar al auto y sin dejar de mover la cola, con los ojos cerrados, comenzó a ladrarle a las ruedas,  como invitándolas a jugar.


Trampas



Que le escapás a tu humanidad como si pudieras correrte.
Que sabés que el cielo prometido es marketing de segunda.
Que tampoco creés que haya alivios en el medio.
Que sos de los que saben que ciertos mundos no nacen de nuevo.
Que las tortugas que cargan los planos están cayendo en picada.
Que tanto apocalipsis en negrita es un grito en mayúsculas mudas.
Que gritar te transforma en un salto del momento.
Que saltar genera efectos.
Que es para que te miren ahora.
Que es para que no exista otro segundo que el de la luz y ese hilo tuyo con el todo.
Que esa atención es un recorte de las circunstancias.
Que la atención es un rayo láser sobre un punto.
Que mirándote de tan cerca se pierde la perspectiva.
Que mirar no es ver.
Que mirar no es estar.
Que mirar es sólo con los ojos y algo de voluntad.
Que hay soledades llenas de ojos.
Que hay ojos con máscaras y sombra comprada en Todo Moda.
Que hay ojos que ven redondo cuando quieren decir cuadrado.
Que escribir es un poco eso, pero con diez grados de mareo.
Que leer es un poco eso, pero tangencialmente.
Que vos por ejemplo estuviste mirando estas letras hasta llenarlas de sentido.
Que no todas las letras tienen sentido hacia adelante.
Que estuviste pensando que eran para vos.
Que eran tuyas.
Que yo era tuya.
Que en la confusión todas las teorías se sostienen en el suspenso.
Que el juego todavía está creciendo en la baraja.
Que no supimos, pero ahora sabemos
que las letras entran inocentemente por los ojos,
que los ojos son trampas por donde se llega al resto de la carne.

sábado, 16 de abril de 2016

Adaptación al medio



Levantarse. Caminar hasta la esquina.
Vivir entre esperanzas.
Ser útil, ser muchos, integrarse.
Cruzar la calle mirando los semáforos.
No ser fuego sino bombero atrás
del ceroochocientos en madrugada.
Ordenar el tránsito interno
según el despertador.
Copiar y pegar de las vidrieras
todo deseo deseante de lo obvio.
La vida simple,
la vida ajena, permeable.
La del paso a paso que te enseña
el manual del alumno de 1927.
La que dice cómo llegar a la esquina
y cruzar exitosamente.
La de los 100 pasos
para vivir hasta los 100.
La que termina en muerte
de todos modos.

lunes, 21 de marzo de 2016

Ratas



Las ratas atraviesan las paredes como superhéroes. Bailan en línea recta, dentro de un colador roto que no retiene las cosas importantes. Se las ve correr hacia la esquina de la salvación, lejos, muy lejos de mi casa, donde el Titanic acaba de zarpar hacia lo inevitable.

La mala palabra



Todavía se acordaba del día en que su abuela le enseñó a tejer. Le costó al principio poner los puntos, porque en lugar de seguir el baile de la lana por la aguja, perdía la mirada en las arrugas y las manchas de esas manos,  que parecían burlar los achaques, moviéndose con precisión y delicadeza sobre el tejido. Se preguntó cómo sería ella a esa edad y la anciana, como adivinándole los miedos, le dijo que la mujer que sabe tejer, nunca está sola. A los 65, miraba las agujas luchar entre sus palmas y las comparaba con aquellas manos que tanto le habían enseñado, antes de lo de su mamá y la palabra. Todavía no tenían manchas, pero  la piel había comenzado a describir su mapa inevitable de surcos y líneas perdidas.
“Dentro de poco te voy a tener que enseñar a tejer escarpines”, le había dicho, mientras la ayudaba a vestirse de novia,  subiendo la apuesta de la tensión, ante el ritual de la primera vez, y sus fantasmas. Apenas terminó de mencionarlo, la abuela recordó lo inevitable, y se mordió un labio. Esa fue la última vez que se vieron.
Ahora, viuda desde hacía tan poco, se había vuelto a refugiar en aquella tarea, que la anciana le había augurado como único amparo contra toda soledad.
Los recuerdos le llegaban como fotos desordenadas. Esa última mirada, el tejido resbalando hasta el piso. La última semana:
“¿A qué hora hoy?”
“Ocho, ocho treinta a más tardar”- había dicho él, yéndose a dar clases - “¿Querés que compre algo?”
“No, ya me ocupé esta mañana. Carne al horno… ¿te parece?”
“Sí. Con puré, mejor”
Con puré había dicho y ella lo había preparado tal como le gustaba. Receta de familia, aunque después de tantos años, uno no sabía qué gusto era de cada quién, en un reparto imaginario. Supongamos que venía de su lado. Recordaba a su madre batiendo las papas a punto nieve y agregando con tacto suave y preciso las especias del final. Así también lo siguió preparando la abuela, cuando se tuvo que hacer cargo, después del accidente. El puré venía, en este caso, acompañado de una  tristeza húmeda en la mirada. Homenaje silencioso  a  una hija que se había ido primero, y que nunca pudo aprender a tejer, pero que cocinaba como pocos. Cada uno abraza a los que quiere, como sabe: desde un aroma a vainilla siempre en domingo, desde unos guantes que calzan justo, a medida de nuestro calor.
En esa época la abuela dejó de hablar con ella y con todos los demás, pero tejió sus mejores pulóveres. Los iba guardando en la valija roja (que habitualmente dormía sobre el ropero), igual que a su tristeza, que estaba doblada  en rincones que no veían nunca el sol, como si la reservara para después. Fue entonces que aprendió lo que eran los silencios enormes y a practicar, hora tras hora, el punto inglés.
Fue inevitable acordarse de los escarpines y el labio mordido, cuando volvió aquel enero con los análisis en una carpeta. Muchas cosas quedaron archivadas ese día, además de sus ovarios y lo otro. Su marido había empezado a trabajar más horas en la facultad,  para pagar los estudios de fertilidad y siguió haciéndolo cuando ya no hizo falta, cuando el médico mencionó la adopción para evitar explicar aquello, que no valía la pena desglosar. Ella lo había entendido el día de la mala palabra, pero no es lo mismo la sospecha que la declaración definitiva, repitiéndole que estaba seca para siempre, y en negrita de imprenta, con sello del laboratorio, irrefutable y oficial.
Él no había podido mirarla por dos días y no volvió a mencionar el tema durante muchos años. Al marido no le gustaba hablar de ciertos temas, ni de otros. Las palabras que no le salían por la boca, se le asomaban en los ojos en los momentos menos esperados, como si fueran tigres a la espera de una carne, o un algo que se les debe, desde hace mucho. Siempre se habían resuelto un poco así, las cosas, desde el silencio y la omisión; y lo tenso, que no se iba nunca.  Incluso cuando la luna de miel terminó antes, porque él no pudo (por tercer día consecutivo), tampoco lo hablaron. De ahí en más supo que lo que insinuaban esas otras revistas (que él tenía escondidas entre la Selecciones y el National Geographic),  y lo que susurraban sus amigas, riéndose por lo bajo, eran mentiras. El sexo no era placer oculto: era sólo un trabajo, que si salía bien, prometía hijos. Pero siempre hay un punto final, donde los deseos se cumplen o se archivan y eso les había pasado a ellos. Una carpeta con ovarios y testículos; los tigres de sus ojos durmiendo la siesta de la resignación, en frascos con formol. Y un silencio, esta vez con la receta de los dos.
 Lo bueno es que nadie tenía por qué enterarse. Ella tampoco hablaba de esas cosas. Y la gente insinuó, hasta que dio por sentado lo de la carpeta. Nadie había dicho una palabra, pero todos dejaron de preguntar, casi al mismo tiempo. La gente no se había vuelto buena, o comprensiva de golpe, simplemente cambiaba de foco rápido y ese descuido, a la larga, se agradecía.   
Sí, mejor con puré.  Nos vemos a las 8. Beso-beso. Puerta que se cierra y a llenar las horas con una casa, que siempre tiene algo de menos: un rincón sin encerar, o la factura del gas que hay que reclamar que manden. Los miércoles y viernes, ir a enseñar tejido a la vecinal, pero hoy era lunes. Tocaba  descongelar la heladera y orear al sol el traje gris del marido (el único que todavía le quedaba bien), para lo del homenaje en la Universidad, que encubría lo otro: su jubilación en trámite, resistida hasta el final.
 La edad no suma puntos en ciertos ámbitos; a menudo es como una piedra que va juntando peso sobre la espalda.  Un ojo menos precavido apreciaría el festejo. Ella sabía que era un anuncio irrevocable, que lo invitaba a no volver. Sus jefes habían visto la piedra y no querían cargarla, ni omitirla. Y después ¿qué?  Sería raro comenzar el año siguiente sin la alarma del despertador a las 7. Él se refería a ese futuro con vaguedad; a veces hablaba sobre encerrarse a investigar enigmas cuánticos y otros temas que sonaban misteriosos. A ella, lo que más le resonaba era la palabra encerrarse.
Listo, el rincón, el gas y la heladera. El traje gris rumbo al sol de las dos de la tarde y al extenderlo, la percepción de un bolsillo interno tenso, demasiado cuadrado: un papel  con letras de trazo joven y seguro, no como el suyo, que ya mostraba signos indecisos, afectados por un Parkinson que recién iba asomando.
“Te amo Julio, feliz tercer aniversario. Acordate de las entradas, extraño nuestro rinconcito en el Showcase”.
Lo que más le dolió en el primer segundo, fue lo del cine. Ella había pensado durante 45 años que le daba lo mismo. A él sólo parecía gustarle mirar el clásico de fútbol, y los jueves de truco y asado con los amigos de toda la vida. La salsa bolognesa  y el puré.  Lo del sexo casi que lo entendía,  ya lo había aceptado antes, después de lo de la carpeta. Siempre dolía,  aunque desde un lugar distinto, cada vez más lavado y difuso. Acostumbrarse era una segunda traición, la propia.
“Este sí se va a quedar”, había asegurado la anciana, mientras ambas evocaban al padre y al abuelo, que habían dejado un apellido y se habían ido con los misterios de la noche. “Al hombre la panza llena y lo otro vacío”, remató al final, antes de que también se olvidara de ella en el altar, y se fuera con su valija roja, a alguna parte.  Nunca  le mencionó nada sobre las películas, de cómo eso podía ser una señal, una falta, un hombre que no es feliz. Quizás a éste en particular no le alcanzaba con eso, sino que prefería  cualquier cosa que pudiera hacer sin ella, donde no fuera necesaria, donde los tigres disfrutaran del paisaje, sin tener que contrastarlo con una realidad tan lejana al sueño.
“Encerrarse: retirarse del mundo, incomunicarse”, le escupía sin concesiones el diccionario, como un viejo peor enemigo que grita desde el último cajón de la cómoda verde, como un insulto ciego que ya no es noticia, como si decir la verdad fuera gratis.
Sintió que no podía unir la imagen de Julio, con ese Julio de la otra y durante dos días, simuló desde lo cotidiano, para poder observarlo mejor, para mirar desde lo desnudo a este hombre que, al final, quién sabe quién era. Porque ésta no se parecía a las anteriores, donde volvía envuelto en sexos ajenos por un par de noches: un olor animal, profundo y vinoso, mal disimulado con perfumes baratos, o no, según la que hubiera tocado. Así las distinguía ella, por el perfume de mentira, porque en el otro eran todas casi iguales. En esos momentos, instauraba la guerra fría, armada sólo con un vacío lleno de distorsión, hasta el paulatino regreso al punto anterior y lo manso, o mejor dicho, lo amaestrado. Pero esta vez era distinto, porque involucraba un olor diferente: a tigre que por un tiempo había dejado de mirar hacia afuera, distraído con un cielo raro y único.
 Ella se había jurado no hablar hasta estar segura, como se hacía siempre; otro puré heredado. Por momentos no se sentía con derecho a reclamar, pero le parecía injusto quedarse así, tan absorbiendo lo que fuera, como a quien nada afecta, como la esponja de siempre.
No, esta vez era otra cosa. Tres años ya son un camino construido, muchas camas al unísono, esculpiendo rutina paralela.  Era en esta redundancia donde estaba el peligro y un pozo con todos sus miedos. Incluso  la carpeta podría haberse abierto a sus espaldas, llevándose él sus testículos a esa nueva vida, llena de cine y tres años que le habían robado en un gotero, sin que se diera cuenta. Después ella quedaría sola y rota,  con su ser de esponja absorbiendo el formol del frasco demasiado grande para uno, hasta ahogarse, hasta atragantarse con lo quieto.

Ya en miércoles, agradecía tener una excusa para salir y variar de tema en su cabeza, al menos por dos horas. De las 5 alumnas de la vecinal, faltaban dos: Clarita y su prima, María Inés. Tendría que llevarse de vuelta la lana que le habían encargado. Tres asistentes era una cifra manejable, como si el destino la acompañara para distribuir su atención, sin que la notaran ausente.
A las 6 en punto terminar la clase. A las 6.25 encontrarse con el hombre en el bar de la otra cuadra (uno que no frecuentara ningún conocido), con una foto de él, unas llaves extrañas, y una serie de horarios para que pudiera seguirlo sin errores. Contar la plata para pagarle el adelanto. Correr a la verdulería para comprar los tomates de la ensalada, preparar el resto de la cena y el teléfono, cortando en dos su modo semiautomático. Era el secretario de la facultad,  augurando mucha emoción en la fiesta, pero igualmente enfático en la urgencia de regularizar los papeles. Que después del 5 iban a tener problemas con el Ministerio y la licencia. Sí, estarían todos los compañeros para desearle éxitos en la nueva etapa. Un chico excelente, el reemplazante. Venía recomendadísimo por el director; hasta coincidían en apellido. Pero que no se olvide, por favor: con urgencia (remarcó, por segunda vez). Hasta la semana que viene, señora. Quetengabuenasnoches, Dioslabendiga.
Después el infierno de la cena, donde ella trató de esquivar la mirada del marido, por miedo a que leyera en la suya los interrogantes y las certezas. Sintió la cara desencajada y los labios hechos una piedra, como amasados a cachetazos. Comió lo suficiente como para no generar extrañezas y alegó un cansancio extremo, para refugiarse en una cama que la mantuvo despierta por horas.
Amanecer de jueves; el abismo seguía ahí, esperándola en el café con leche.
 “¿A qué hora hoy?”
“Tipo 11, le festejamos el cumpleaños a Soto.”
“Bueno. No te olvides de mandar el telegrama antes de ir al asado.”
“Como si esos hijos de puta necesitaran telegrama. Igual me van a rajar, aunque no les llegue ningún papel.”
“No hables así, hace años que venías amagando con jubilarte. Este año te hicieron el favor.”
“Vos te confundís fácil, Esther: cualquiera viene y te convence de todo. Una cosa es que yo esté cansado de vez en cuando y otra es que éstos me declaren inservible. Pero qué vas a entender vos, si tu único conflicto con el mundo es ver qué la pasó a Clarita que hace dos semanas que no pinta por tu clase.”
“…”
“Igual, el telegrama ya lo tengo listo, quedate tranquila” – dijo él, queriendo evitar otra vez, la confrontación demasiado prolongada. Una sensación rara en sus ojos, un temor viejo, aquel gran desprecio, capa sobre capa.
Beso- beso y lo tenso, como una presencia más que se congela de este lado de la puerta.  A ella le hubiera encantado que esa vez, fuera hasta el fondo de la furia y se la mostrara, como un objeto raro y bizarro que uno guarda en una cajita, pero que por eso mismo elige compartir con pocos. Hubiera sido un gesto cómplice, al menos.

El teléfono otra vez, con datos precisos, los que ella había pedido y por los que había pagado el martes. Una alumna de tercer año. Se encontraban en un lugar a 15 cuadras, los viernes cuando ella estaba en la vecinal y algún que otro jueves. Sí, esa llave extraña era de su casa. Se llamaba Fátima, tenía 35 años y había nacido el mismo día en que ellos cumplían 10 años de casados. Hasta eso habían logrado amargarle: el único evento donde todo se había dado con normalidad, donde  un hombre había agarrado su mano ante Dios y prometido cosas que ninguno de los dos recordaba. ¿Le habría parecido una ironía, también a él, lo de la fecha? Jugar a pensar como Julio, en una situación semejante, le revolvió el estómago. Esta vez no tuvo que fingir para levantarse de la mesa, e ir a acostarse temprano. Él llegó media hora después; ella se durmió para evitar olerlo.

Y entonces despertar en viernes, sabiendo que ese era el día:
“¿A qué hora hoy?”
“ Tipo 1. Me hacen la despedida los del laburo, en un bar.”
“ ¿Te dejo algo de comida en el horno?”
“ No, dijeron que vamos a cenar. Y después nos quedamos de sobremesa, si estamos con ganas.”
“Bueno, pasala bien. Yo voy a la vecinal y después a pasear un rato.”
Su marido no se iba, parecía buscar algo que no aparecía.
“¿No viste unas llaves? Estaban en un llavero de metal con un escudo de Boca.”
“No ¿de qué son?”
“Las debo haber dejado en la facultad…”
“¿Las necesitabas hoy?
“Se las tengo que devolver a Soto, son del laboratorio. Deben estar en la oficina.”
“¿No era de River, Soto?”
Él hizo como si no escuchara, concentrado innecesariamente en una noticia que mostraban por televisión.
“Estate atenta por si hay paro el lunes. Si encontrás las llaves, ponelas en la mesita de luz.”
“Es en Chubut el paro.”
“Ah.”

Beso- beso.
El último intercambio.
La presencia tensa, pero esta vez sin quedarse quieta, sino trepada a sus hombros. Un ejército de mentiras, las gotas que rebasan el vaso. Ya en la clase, ver que Clarita había faltado otra vez y ella, con su lana blanca en el bolso, para todos lados. Al menos le podría haber avisado que no venía más, pero María Inés, la prima, tampoco sabía mucho. La lana le molestaba más que el miércoles, porque no dejaba de enredarse con el llavero de Boca, que nadaba en el bolso. Adentro también tenía  las agujas N° 16, caramelos de propóleo,  billetera y el propio juego de llaves, menos importante ahora que el otro, aunque también se enredaba. Lamentó no haber comprado una de esas carteras con varias divisiones.
Esperar un rato frente a la casa, pasear la mirada mil veces por el dibujo de la puerta con el doscientos veintidós: tres patitos en fila, dos patitos escapando al tercero, que tenía un bolso con lana enredada y nada que perder. Esperar el cambio de luces en las ventanas; esperar lo suficiente, mientras en su cabeza lo que sucedía adentro se proyectaba como un teatro de sombras.

Ellos no la escucharon entrar, estaban desnudos y dormidos en una cama todavía húmeda, que olía a lo de siempre, aunque sin perfume del caro ni del barato. Dos cosas le habían dolido mucho: una había sido el cine y ahora ese otro olor, uno nuevo, el de la ternura, que no reconocía en carne propia, pero que parecía prometerles a otros la salvación.
A ella, algunas cosas le quedaban enormes y el único poder que tenía sobre eso, era borrarlas de su vista. Como a los diccionarios, que en su casa estaban escondidos en el último cajón de la cómoda verde, porque no podría soportar tener a la vista algo que explicara su verdad con tanta distancia, desde un lugar neutro pero no por ello, menos dañino. Pero había tantos diccionarios, tanta gente dispuesta a saber, innecesariamente. Gente que no había averiguado todavía  que a veces, es mejor ignorar, porque de las palabras no se vuelve, aunque uno crea que pagó lo suficiente como para esquivarlas toda una vida. Eran como chusmas de barrio, como murmullos impresos que la acusaban en silencio, que la desnudaban en ecos en cada biblioteca.

No había tijeras en su bolso, pero sí las agujas N° 16, las que usaba para enseñar.
La autopsia diría que la muerte fue a las 18.35. El lado cruel de la democracia señalaría que se usaron agujas iguales para ambos, en un golpe preciso y profundo, aunque a él le reservó un segundo de sorpresa, para que entendiera.
 “Abrí los ojos, Julio, ésta también soy yo” le dijo, a ver si le generaba algo en esa última mirada; lo que fuera, pero no esa indiferencia de años, o ese temor silencioso que le impidió confrontarla cuando el bisbís de los otros fue tan grande, o incluso cuando la carpeta le confirmó las razones para el asco. Verlo a él ahora, era verla a la abuela, apostando por el mejor candidato, aunque ellas sabían que había sido el único que se atrevió.
Era inevitable traer a la ausente; a ambas, en ese momento. Su abuela, antes del gran silencio, había dedicado día y medio a aclararle a cada asistente al velorio de su hija que los accidentes pasan, que las tijeras a veces están como a propósito en los lugares menos indicados, que los chicos no saben del peligro. Se mudó lejos cuando el espanto comenzó a pesarle más que esa verdad que no quiso afirmar, porque la sangre era una sola sangre y eso vuelve todo inmanejable.  En cambio él se quedó sin quedarse, a cierta distancia de la que no se vuelve, de la que se avanza y se escapa hacia otros lados, pero no muy lejos, porque proclamar la estafa lo hacía sentir más ridículo que comprar la historia. Un tigre enjaulado durante años, con la puerta abierta.
A la amante la dejó tirada en la cama, para luego poder observarla como desde microscopios, para tratar de entender qué era lo que él veía, cuando la hacía feliz. Hubiera querido diseccionarla para verle el mecanismo; sacar afuera sus ovarios para tenerlos frente a frente, medirse con ellos, apretarlos hasta que supieran quién tenía el poder ahora y a la vez admirarlos, brindarle los respetos que uno le otorga a los misterios más temidos. Los encarpetaría, también, pegados a la mala palabra, aunque una vez que los vio derrotados,  comenzó a despreciarlos. Qué rápido pueden cambiar los lugares de las cosas, si  ahora ella, la seca, era lo más vivo del lugar.
Marcó el número en el teléfono y habló por dos minutos exactos. Después sacó las agujas de los cuerpos, como deshaciendo un ritual y sin limpiarlas, comenzó a poner los puntos usando la lana de Clarita, que ahora parecía desenredarse sola.
Todo era cuestión de pedirle una jugada más al destino y en esto estaba el breve segundo entre ganar o perder. Si la encontraban antes,  le soltarían un “Tiene derecho a guardar silencio”, pero esa era la parte fácil. Ni el puré, ni el Santa Clara le salían tan bien.  Ella podía rendir su prueba mayor, aunque se le complicaba el punto inglés con las manos viscosas. Poner un punto y ver en el giro siguiente una vuelta más hacia la liberación. No pertenecerle a nadie, no pasar de su madre a su abuela, de su abuela a un marido, del marido al estado,  sentenciándola con leyes parecidas, con  juicios que no distaban mucho de la abuela reprochándole en silencio su don de monstruo. 
La lana blanca  cambiando a rojo  en un degradé que empezaba a coagular. Trató de encontrarle sentido al diseño: acá parecen nubes o un camino; flores detrás de una ventana empañada.  Se preguntó  si el diseño podría ser considerado suyo, o si era así como se veía la muerte, dibujando.  Recordó el arte de su madre aquella última vez,  una gota que viaja del estómago a las tijeras, de la tijera al piso y marca la x en el mapa de los culpables. La madre olor a vainilla, la misma que le había gritado: “¡Hermafrodita de mierda!” cuando le arruinó, sin querer, el postre. De tan chica que era, no supo y  lo tuvo que ir a buscar al diccionario, tan inconvenientemente guardado junto a las tijeras.  
En la casa de los tres patitos no pudo ver, a simple vista, ningún diccionario, aunque de haberlo encontrado le hubiera gustado refregarle a la amante la palabra puta, hacerle tragar la hoja, preguntarle si la pe tenía un gusto distinto de la hache, con la que ella vivía atragantada.
Pero ahora no importaban las palabras sino ganar la carrera, ser con sus agujas más rápida que las del tiempo y atravesar, como postas, los instantes: el tejido resbalando hasta el piso por las manos aún mojadas, las vueltas de una calesita envolviéndola en hilos cada vez más ajustados. El monstruo con dos sexos borrando su rastro en la carpeta, la mala palabra en una boca lavada con jabón. Una  mariposa tullida hacia una libertad efímera, una araña latente a la espera de su asfixia, la metamorfosis interrumpida por armas y linternas apuntando, una horca que llega a tejer su nudo demasiado tarde.