miércoles, 1 de junio de 2016

Te detiene alguien que te conoce pero no puede recordar tu nombre (Susana Thénon)



- ¿vos qué era lo que hacías?
- yo poesía
- no
  ya sé
  lo que quiero decir
  yo me refiero a lo que hacés
   a lo que hacés realmente
- y         ¿yo?
  yo
  sí
  poesía
- no
  vos no me entendiste
  ya sé que hacés poesía
  pero hablo de otra cosa
  porque supongo que no estarás las veinticuatro horas
  escribiendo poesía sin comer sin beber sin trabajar
  sin en fin sin todo lo otro que hace toda la gente
  ¿no?  ¿vos trabajás? ¿ahorrás?  ¿de qué vivís?
- actualmente
  me repongo de un surménage
  debido al exceso de trabajo
  con un poema
- ¿y al menos te pagaron?
- que se va a publicar o no
  tal vez un día
  o una noche
  o durante un rosado atardecer
  o una aurora boreal
  o pronto nunca
  o nunca siempre
- en definitiva
  lo que me estás diciendo
  es que no te pagaron
  ¿y cómo hacés?
  ¿y cómo te arreglás?
  con vos hay algo raro ¿sabés?
- a mí me gustan los conejos
  la paz
  el sándalo
  y el guiso de lentejas
  igual que a todo el mundo
  no veo lo raro
- pero ¿qué hacés?
  al final no me dijiste
- eso es cierto
  al final no te lo dije.

martes, 24 de mayo de 2016

La habitación del suicida (Wislawa Szymborska)



Seguramente crees que la habitación estaba vacía.
Pues no. Había tres sillas bien firmes.
Una lámpara buena contra la oscuridad.
Un escritorio, en el escritorio una cartera, periódicos.
Un buda despreocupado. Un cristo pensativo.
Siete elefantes para la buena suerte y en el cajón una agenda.
¿Crees que no estaban en ella nuestras direcciones?
Seguramente crees que no había libros, cuadros ni discos.
Pues sí. Había una reanimante trompeta en unas manos negras.
Saskia con una flor cordial.
Alegría, divina chispa.
Odiseo sobre el estante durmiendo un sueño reparador
tras las fatigas del canto quinto.
Moralistas,
apellidos estampados con sílabas doradas
sobre lomos bellamente curtidos.
Los políticos justo al lado se mantenían erguidos.
No parecía que de esta habitación no hubiera salida,
al menos por la puerta,
o que no tuviera alguna perspectiva, al menos desde la ventana.
Las gafas para ver a lo lejos estaban en el alféizar.
Zumbaba una mosca, o sea que aún vivía.
Seguramente crees que cuando menos la carta algo aclaraba.
Y si yo te dijera que no había ninguna carta.
Tantos de nosotros, amigos, y todos cupimos
en un sobre vacío apoyado en un vaso.

domingo, 15 de mayo de 2016

El tatuaje de birome



El Javi:

El frío lo despertó otra vez. Eran las 6.30 y la vieja ya se había ido a cuidar los pibes de los Acosta. Igual, antes de irse le había planchado el guardapolvo al Maxi y a él. Le tocaba hacerle la leche a los dos, media taza para cada uno. Cuando vio que quedaban dos masitas, pensó en comerse la suya y también la de su hermano, pero ya había pasado que después lo tenía que aguantar llorando todo el camino hasta la escuela. Esa vez lo había solucionado con un sopapo en plena calle, para que se dejara de romper las pelotas y sobre todo dejar de sentir esa voz adentro que lo hacía sentir para la mierda.
En la escuela desayunaban un poco mejor, y había que aprovechar ahí, porque eso y lo del mediodía eran las únicas comidas seguras. A la noche no se sabía, siempre dependía si a la vieja le habían dado lo que sobraba del almuerzo de los Acosta. Últimamente no sobraba mucho.
La maestra de quinto le caía bien, siempre parecía querer ayudarlo. Tenía unos ojos marrones grandes que le hacían acordar los de Perra, su perra, que se había muerto o había desaparecido una tarde que había ido a vender tarjetitas a los bares del centro. Capaz que siguió a uno de esos de la Protectora de animales, que seguro le puso un nombre lindo, sabiendo que ahí le iban a dar de comer todos los días. Ojalá hubiera dejado la dirección.
El Maxi terminó de comer su masita y pidió otra. Todavía no entendía muy bien de qué iba la cosa, pobre. Él se hacía el superado, pero cuando le dolía la panza también hubiera querido ponerse a llorar. Pero tenía 11. Había aprendido que llorar le dejaba como un calambre en la panza y todo se hacía más lento hasta las 9 y media, que le daban las otras masitas en la escuela.
Ese jueves la maestra se puso a leer algo de un tipo que se llamaba Robin Jud y él se puso a contar las tarjetitas para vender a la tarde. Si vendía 10 le iban a dar 50 pesos y de eso le tocaban 20. Los otros 30 iban para el Guano, que le daba las tarjetitas. A veces le traía rosas, pero esas eran más difíciles de meter. Se ve que los tipos ya no necesitaban de esos chamuyos para acostarse con las minas. Sinó preguntale a la vieja, que la puso y nunca más vio al padre del Maxi ni al de él.
La Yeyi, que también era una de las pibas que trabajaba para el Guano, le dijo que a ella las cosas esas no le decían nada, que prefería el pibe que la invitaba con fasos y con birra porque eso la hacía sentir grande. La Yeyi era su amiga, tenía 12 y sabía un montón de todo lo que a él le interesaba. Una vez la habían metido adentro porque afanó el celular de una mina que estaba buscando unas monedas en el fondo de la cartera, mientras había dejado en la mesa un teléfono que salía 10000 mangos. La agarraron en la esquina. Eso le pasaba por ser flaca, se le enredaban las patas cuando quería correr y terminaba en el piso como una boluda.
A veces jugaban a afanarse entre ellos, para practicar. A ella le hubiera gustado eso del Robin Jud, que afanaba a los ricos para darle a los pobres.
“Cuando la vea le cuento”, pensó.
-  La maestra esa es una hija de puta, a mí me hizo echar. No le creás nada.
-  Parece que está en un libro, no se lo inventó ella.
-  Igual es una hija de puta
El Javi se calló, la maestra le caía bien. Después salió lo del tatuaje, cayó el Guano, y se olvidó de la maestra.
Al otro día, él había ido al salón a buscar una cosa en la mochila mientras todos estaban en el recreo y pescó la cartera de la maestra. Estaba medio escondida entre unos cuadernos en el escritorio, pero él la vio igual. Sintió lo mismo que cuando el Maxi lloraba, esa cosa fea adentro. Le pareció que llevarse la billetera era como afanarle a la vieja, así que la dejó ahí. Después se sintió un boludo; la Yeyi le habría dicho que era un boludo y no le hubiera hablado hasta reconocer que la maestra era una hija de puta como ella decía, que se merecía eso y más.
Capaz que al final la Yeyi tenía razón, porque cuando él cerró la cartera sin sacar nada, justo la maestra entró y lo vio, y se puso a gritarle de todo. Parecía otra tipa. Él se quiso ir y lo encerraron en la dirección. Al rato los canas se lo llevaron y lo cagaron a palos en el auto mismo, para no perder tiempo en la comisaría.  No lo metieron en la oficina, no le preguntaron quién era ni anotaron nada. Él sabía que así lo habían hecho boleta a su primo, cuando se lo llevaron por prenderle fuego al auto de un cana, y decían que no lo tenían en ninguna comisaría. No lo tenían ingresado, eso era. Nunca apareció, pero todos sabían.
Lo encerraron en el cuartito de atrás.
-  Nosotros sabemos quién sos, pendejo.
  Él no sabía qué querían decir con eso. Pero entendía que ser él no debía ser bueno, por cómo estaba cobrando.
-  El Guano te vendió.
-  ¿Qué le vendo las tarjetas?
-  No te hagas el boludo, ya encontramos la falopa en tu casa.
Pensó en la vieja y el Maxi, en la casa toda revuelta. Pensó en el Guano, que siempre la andaba queriendo manosear a la Yeyi y siempre lo cacheteaba si los veía juntos, como ayer a la tarde, cuando los encontró en la Plaza Sarmiento:
-  Acá se labura, no se viene a coger, pendejos boludos.
-  Nosotros no cogemos
-  Vos andá por Pellegrini y vos te me vas a Oroño. Y después venís a traerme la guita a mi casa. – le decía a la Yeyi- Vos no, pendejo, vos esperá que te busque en la esquina mañana.
La Yeyi no lo miraba y  se iba en silencio. El Javi la veía irse  y le parecía en esos momentos que sus patas largas eran más finas y temblaban, como esos yuyos que se mueven con cualquier viento.

Le cerró todo.  Se quedó callado y  los dejó seguir, poniendo el lomo por delante, que era donde dolía menos.

………

La Yeyi:

Ella miraba adelante sin ver a nadie. Iban todos apurados ese jueves, pero el faso los ponía en cámara lenta. Estaba sentada en la fuente de la Plaza Sarmiento, y la mirada se le enfocó recién cuando llegó el Javi.
-  ¿Y? vendiste?
-  Tres- dijo ella
-  Yo dos y una tipa me dio dos mangos y me devolvió la tarjeta. ¿Alcanza para chicle?
-  Uno. ¿Me das la mitad?
- 
El Javi volvió con un chicle de menta. Ella masticó y se rascó el brazo.
-  ¿Qué tenés ahí abajo?
-  ¿Esto? Un tatuaje.
-  No parece. ¿qué son, letras?
-  Me lo hice yo. Dice Yeyi, con unas estrellitas.
-  ¿Cómo hiciste?
-  Con tinta de birome y un alfiler. La Pato me enseñó cuando nos guardaron, pero ahí no podríamos probar.
-  ¿Y por qué no te lo hizo después?
-  Porque sigue guardada
El Javi se miró el brazo y ella adivinó:
-  Te enseño si me comprás un alfajor
-  Me quedaron 25 centavos nomás del chicle.
-  Bueno, yo te enseño y vos me traés el alfajor mañana
El Javi dijo que sí con la cabeza. La Yeyi empezó a contar la técnica.
-  Mirá si agarro y yo también me tatúo Yeyi- dijo agarrando una piedrita y tirándosela a una paloma.
Ella captó enseguida el cambio en la voz. Él no la miraba, hacía como que buscaba otra piedrita, pero estaba lleno de piedritas y no agarraba ninguna.
-  No seas pelotudo. Tatuate Javi. Con azul va a quedar lindo.
-  De Ñulls me lo voy a hacer.
-  Colores de mierda.
-  ¿Vos por qué te tatuaste Yeyi y no alguna otra boludez?
-  Para que si me olvido, mire ahí y me acuerde.
-  Sos bastante pelotuda, puede ser
-  Voy a hacer una vaquita en el barrio y voy a mandar a que te caguen bien a palos.
-  Ni dos pesos juntás. Ni para el chicle.
Ella vio venir al Guano a lo lejos. Sabía que les iba a hacer quilombo cuando los viera juntos. Agarró una piedrita y la tiró hacia donde él venía, pero sin fuerza. La piedrita rebotó en su rodilla.

Después de esa tarde, pasó 4 días sin noticias del Javi. Pendejo de mierda, seguro que se hacía el boludo para no comprarle el alfajor. Era lunes y a la tarde se llegó hasta su casa, golpeó con las manos y vio a doña Mecha correr la cortina de plástico con la cara hinchada.
A esa hora doña Mecha siempre estaba limpiando la casa de los Acosta. A esa hora el Maxi siempre jugaba a la pelota con los de la esquina. Pero ese día estaban los dos, ahí parados, en silencio.
-  ¿Vos no sabés nada del Javi?
-  No, ¿qué le pasó?
-  Hace tres días que lo buscamos
-  Lo vi en la Plaza Sarmiento el jueves, eran como las 5
-  Puse carteles que me hizo el Esteban con la fotocopiadora, pero nadie vio…
Las manos le quedaron en el aire, en suspenso. Las venas se le marcaban en azul y se levantaban de la piel como queriendo escapar, sin saber hacia dónde.
-  ¿Fue a la escuela?
-  Me dijo la de la dirección que ahí no saben nada, pero el Maxi fue con él ese día y se tuvo que volver solo.
-  Yo la ayudo. Si sé algo, vuelvo y le aviso.
La Yeyi se fue a la escuela, porque se olió algo raro, y ahí le dijeron que no tenían ningún alumno anotado con ese nombre. La puteó a la directora y a la maestra. Les dijo que iba a ir a la cana a hacer quilombo porque el Javi hacía 7 años que iba a esa primaria y hacía dos que estaba en 5to grado, con esa misma yegua de profesora. Dijo que el Maxi también iba, que se fijaran, pero nadie le dio bola.
En la seccional del barrio no revisaron ningún papel pero le dijeron que ahí tampoco lo habían ingresado, y ella vio que no tenía más nadie a quién protestarle o a quien contarle que se le cagaban de risa en la cara.
Pensó en el Guano, y aunque lo odiaba, sabía que a él le iban a dar bola; él era alguien y no iba a querer perder un pibe que le laburaba más o menos bien. Llegó a la esquina de la casa del tipo y se fumó una tuca para que le diera valor, o para que le chupara un huevo lo que vendría después. Sabía que ese favor se lo iba a cobrar igual que siempre:
-  Abri la boca más grande, pendeja. Dale, que te gusta.
Quiso correr lejos, pero caminó hasta la puerta. La contradicción y el paraguayo le dieron ganas de vomitar. El tipo tampoco estaba. Hacía varios días que nadie lo veía.
Cuando fue a hablar con Doña Mecha, se encontró con que le venían a avisar de un cuerpo que habían encontrado en el río.
-  Vos te quedás- le dijo ella al Maxi, como si fuera su hermana.
 La agarró del brazo a doña Mecha, que se había quedado quieta con el papelito de la dirección en la mano, y la acompañó a la morgue. Había un olor raro pegado en las paredes, tapado por el perfume ácido del cloro, pero el cloro no podía contra el otro olor, que era más fuerte. Eso y el silencio eran como una masa que asustaba. Hacía frío. Todo ahí era de metal plateado y las paredes tenían azulejos blancos hasta el techo. Los fluorescentes despedían luz cruda y pareja.
“Con razón dicen que morirse es como ir por un pasillo”, pensó, “es como ir por el túnel del parque España, pero sabiendo que no se sale.”
Vio que Doña Mecha seguía como una planta, y no decía nada frente al cuerpo hinchado que le presentaban. Era como el Javi, pero no parecía el Javi. Tenía la piel bien blanca y como encerada. Estaba desnudo y le dio vergüenza. Qué boluda. Tenía que concentrarse en ayudar y ahorrarle a la madre más minutos ahí adentro, pero tampoco sabía si era o no.
 Las dos estaban en silencio, buscando señales, cuando los peritos giraron un poco el cuerpo y la Yeyi vio el dibujo hecho así nomás, con tinta roja y negra, en el brazo derecho.
“-¿Viste boludo, que servía para no olvidarse quién es uno?”- le hubiera querido decir, pero se calló para respetar a Doña Mecha que había bajado la vista hacia el papelito que todavía tenía en la mano, arrugado y desteñido por la transpiración. Seguía callada, pero ahora con cara de rezar para adentro. Se ve que ella también había visto algo que le había sacado las dudas.
 Sintió que las ganas de llorar se le subían por la garganta como cuando tenía ganas de vomitar, pero se aguantó. Tuvo miedo de que cualquier ruido hiciera todo más cierto y despabilara a Doña Mecha que seguía así, como si se la hubieran llevado.

 Le hizo un gesto con la cabeza al tipo que tenía adelante, levantó el papelito que se le había caído a Doña Mecha y se lo dio en la mano, aprovechando para apretársela fuerte por un minuto, hasta que la hizo llorar. Después contó las monedas y como no le alcanzaban para el colectivo, se fue caminando apurada a lo de Juana, la de la vecinal, a ver si las ayudaba a hacer una vaquita en el barrio para pagar el cajón.

martes, 10 de mayo de 2016

Miedo (Raymond Carver)



Miedo de ver una patrulla policial detenerse frente a la casa.
Miedo de quedarme dormido durante la noche.
Miedo de no poder dormir.
Miedo de que el pasado regrese.
Miedo de que el presente tome vuelo.
Miedo del teléfono que suena en el silencio de la noche muerta.
Miedo a las tormentas eléctricas.
Miedo de la mujer de servicio que tiene una cicatriz en la mejilla.
Miedo a los perros aunque me digan que no muerden.
¡Miedo a la ansiedad!
Miedo a tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto.
Miedo de quedarme sin dinero.
Miedo de tener mucho, aunque sea difícil de creer.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo a llegar tarde y de llegar antes que cualquiera.
Miedo a ver la escritura de mis hijos en la cubierta de un sobre.
Miedo a verlos morir antes que yo, y me sienta culpable.
Miedo a tener que vivir con mi madre durante su vejez, y la mía.
Miedo a la confusión.
Miedo a que este día termine con una nota triste.
Miedo a despertarme y ver que te has ido.
Miedo a no amar y miedo a no amar demasiado.
Miedo a que lo que ame sea letal para aquellos que amo.
Miedo a la muerte.
Miedo a vivir demasiado tiempo.
Miedo a la muerte.
Ya dije eso.

lunes, 25 de abril de 2016

La vereda de los pomelos



Si el tipo no hubiera estado por chocarme, ya estaría tocando timbre de mi amiga. La esperaría abajo dos minutos y en diez más, las dos estaríamos sentadas  al lado del río, tomando mate. Tantos días lloviendo y justo ahora el tipo me cruza, arruinando todo.
Tendría unos 40 años. Venía en sentido contrario y caminaba sin dejar de mirar hacia atrás. El radar de todas formas parecía funcionarle, porque llegó a detectarme a tiempo, trazar una línea alternativa en su camino para evitarme, y recién después se concentró en mirar al frente.
Lo perdí de vista, pero como si me hubiera pasado una posta o una misión ineludible, tuve que mirar también. Todo está frente a nuestros ojos, pero hay que saber aislarlo de la maleza, del cemento y del resto del paisaje. Sin embargo, esta vez me pareció que no había mucho para abstraer, sólo un viejo con su perro.
 El viejo caminaba con paso de domingo, en jueves.  Era un hombre estándar, actuando de forma estándar para lo que se espera de un tipo paseando su mascota a las tres y cuarto de la tarde, y al segundo perdí el interés. Entonces dediqué mi exploración al perro y detecté que era rengo o algo pasaba con su coordinación. Al acercarme un poco más, pude ver que la renguera se debía al desequilibrio que le producía un tumor del tamaño de un pomelo, colgando en el costado izquierdo. Era inevitable; hipnotizaba verlos caminar de esa forma acompasada y lenta, de derecha a izquierda. Era como si el viejo se hubiera amoldado al movimiento del perro, y el perro, al movimiento del tumor. Los dos eran como un solo péndulo, danzando en la vereda.
Cada tanto el viejo rompía la coreografía para intervenir ante los obstáculos del animal, que al parecer también estaba ciego. Ambos tenían cuidado de no pisarse. El viejo  se veía sano, pero ya se percibía en su mano un leve temblor que se transmitía como un eco por la correa.  Aquello era como un código morse que llegaba hasta la piel del animal, recordándole que era ese hombre en particular el que lo paseaba, y no otro. De a ratos un cambio sutil en la tensión de la correa reacomodaba el paso del viejo o del perro. En esos momentos no se sabía quién conducía a quién, como si los dos tuvieran igual peso en la decisión de ir hacia allá, o hacia el otro lado.
No les hacía falta mirarse para tener la certeza del otro, para adivinarse en esos ruidos y gestos familiares que venían del costado. Se parecían un poco, aunque al viejo parecía pesarle otro tipo de tumor: sus años amarillos llenando de plomo las alpargatas, un pomelo propio que había tardado en crecer pero que ahí estaba, amanecido como un sol que llega a casa sin ser invitado.
El viejo se rascó la espalda y desde el bolsillo de atrás del pantalón empezó a asomarse algo, lentamente: podía ser un pañuelo, después pareció una tarjeta, hasta que me di cuenta que era una billetera, queriendo zafarse. Ahora eran cuatro en el baile, moviéndose al unísono.  Poco iba a durar, sin embargo. La billetera siguió deslizándose hasta que logró su objetivo y cayó sin ruido, al lado de un árbol.
Nadie me vio levantarla, había poca gente a esa hora dando vueltas en el barrio. Tuve el impulso de caminar más rápido para evitarle la angustia y el susto de no encontrarla, pero el viejo no se había dado cuenta todavía y yo no quise arruinar tan rápido la escena.  Además venía triunfando en esto de adaptar mi propia marcha para seguirlos, para no pasarles por adelante como un futuro que se jacta de ir lejos y rápido. Ese contraste me daba culpa y decidí seguir evitándolo. La esquina nos juntaría naturalmente, y ahí le devolvería la billetera y cada uno seguiría su destino. Faltaban 30 metros. Después yo tendría que girar a la derecha, rumbo a la casa de mi amiga.
Ralenticé mi paso aún más y abrí la billetera: 127 pesos en papel, 5 monedas de 1 peso y 2 de 10 centavos.  Carnet de PAMI y un descuento de jubilado para el colectivo. Un almanaque de 1985 de una chica desnuda, acariciando un perro que se parecía al suyo. Tal vez había elegido a la mascota pensando en la chica, tal vez siempre le habían gustado ese tipo de perros.  Un ticket de supermercado: papas, carne picada, trapo de piso. Me pregunté si esas cosas serían las mismas que compraría si no hubiera tenido perro, o teniendo un perro sano. Lo impreciso de la muerte en una enfermedad larga, es como un martillo que golpea sobre todos los actos del presente, condicionándolos.  Hasta la lista del supermercado deja de ser inocente y casual, y pasa a ser un evento conectado, interdependiente (Papas –él es intolerante al arroz-, carne -desgrasada para que no le forme alergia-, trapo de piso -porque ahora vive vomitando sobre el parquet).  De repente el viejo pareció más vivo que antes; ahora tenía historia.
El animal movía la cola, lentamente, como si hubiera identificado algo a su gusto, ajeno a lo que pasaba, sin armas para interpretar los futuros y la relatividad del tiempo. Su objetivo era recordar de memoria las texturas para detectar dónde estaban los árboles, mantener el equilibrio suficiente para poder mearlos. Poner instintivamente una pata delante de otra (ahora doblar) y de nuevo y de nuevo y de nuevo. Llegar a la esquina y cruzar el charco de la calle que su olfato le anticipaba a unos metros. Confiar en las variaciones del paso del humano, confiar en la correa, confiar en que siempre todo camino termina de vuelta en su casa.
El pomelo se balanceaba a ritmo, como si también estuviera contento de salir a pasear, desconociendo que llevaba colgada su fecha de vencimiento como un collar incómodo que uno usa de compromiso porque se lo regaló un pariente.  Me gustaría de vez en cuando sentir esa ausencia de preguntas. ¿Para qué servía la conciencia si no aportaba a la felicidad?
Llegué a la esquina donde debía separarme de ellos y amagué con estirar el brazo para tocarle el hombro al viejo y devolverle la billetera.  De haber estado atento, habría cambiado mi mano amable por un gesto brusco, una palabra a secas, como si fuera dueña de tironear a tiempo de alguna correa invisible.
Pero en ese momento todos fuimos ciegos como el perro. Ninguno pudo reconstruir el segundo previo al auto levantando por el aire el cuerpo del viejo, cuya atención estaba tan ocupada en ser ojos para otro, que se olvidó de sí mismo. Yo corrí a ver si aún respiraba, sin suerte. Un tipo llamó a la ambulancia; otro par se detuvo a pegarle al tipo del auto, que ahora estaba también en el piso, mezclando su sangre con la del muerto en un charco común, indiferente de su fuente. La conciencia pegándole a la conciencia. Otra vez las palabras, la idea de futuro sobrando. La conciencia, de nuevo ¿para qué?
Llegó la ambulancia y un patrullero. Los golpeadores hicieron agua en su propio heroísmo y  los vi desaparecer de la escena cuando empezaron a pedir testigos.  Algunos sacaban fotos con sus teléfonos y repetían “¡qué barbaridad!”, mientras las compartían en las redes sociales.
Yo tiré la billetera cuando nadie me vio, y uno de los policías se la guardó en el bolsillo. Cuando me detectó mirándolo, se acercó y me dijo:
-  ¿Usted vio algo?
No supe si se refería al accidente o a lo que hizo con la billetera y contesté, genéricamente:
-  Sí, vi
-  Me va a tener que acompañar.
De la mirada del policía salían hilos paralelos. Sentí cierta desnudez y comencé a hacer un recuento mental de lo que llevaba encima, en la cartera. Tenía la billetera con 240 pesos, dos monedas de 50 y 3 de 25 centavos. Los lentes de sol, las llaves y otra lista del supermercado, más casual: 100 gramos de jamón, 100 de queso, pan, cerveza. Un celular con 20% de batería. No tenía el DNI. Desvié la mirada y me encontré con el muerto.
La mano del viejo  seguía enredada en la correa, y  se movía como una marioneta, sin soltarla. En el otro extremo, el perro tironeaba, siguiendo un olor en el piso.  Hizo fuerza hasta llegar al auto y sin dejar de mover la cola, con los ojos cerrados, comenzó a ladrarle a las ruedas,  como invitándolas a jugar.


Trampas



Que le escapás a tu humanidad como si pudieras correrte.
Que sabés que el cielo prometido es marketing de segunda.
Que tampoco creés que haya alivios en el medio.
Que sos de los que saben que ciertos mundos no nacen de nuevo.
Que las tortugas que cargan los planos están cayendo en picada.
Que tanto apocalipsis en negrita es un grito en mayúsculas mudas.
Que gritar te transforma en un salto del momento.
Que saltar genera efectos.
Que es para que te miren ahora.
Que es para que no exista otro segundo que el de la luz y ese hilo tuyo con el todo.
Que esa atención es un recorte de las circunstancias.
Que la atención es un rayo láser sobre un punto.
Que mirándote de tan cerca se pierde la perspectiva.
Que mirar no es ver.
Que mirar no es estar.
Que mirar es sólo con los ojos y algo de voluntad.
Que hay soledades llenas de ojos.
Que hay ojos con máscaras y sombra comprada en Todo Moda.
Que hay ojos que ven redondo cuando quieren decir cuadrado.
Que escribir es un poco eso, pero con diez grados de mareo.
Que leer es un poco eso, pero tangencialmente.
Que vos por ejemplo estuviste mirando estas letras hasta llenarlas de sentido.
Que no todas las letras tienen sentido hacia adelante.
Que estuviste pensando que eran para vos.
Que eran tuyas.
Que yo era tuya.
Que en la confusión todas las teorías se sostienen en el suspenso.
Que el juego todavía está creciendo en la baraja.
Que no supimos, pero ahora sabemos
que las letras entran inocentemente por los ojos,
que los ojos son trampas por donde se llega al resto de la carne.

sábado, 16 de abril de 2016

Adaptación al medio



Levantarse. Caminar hasta la esquina.
Vivir entre esperanzas.
Ser útil, ser muchos, integrarse.
Cruzar la calle mirando los semáforos.
No ser fuego sino bombero atrás
del ceroochocientos en madrugada.
Ordenar el tránsito interno
según el despertador.
Copiar y pegar de las vidrieras
todo deseo deseante de lo obvio.
La vida simple,
la vida ajena, permeable.
La del paso a paso que te enseña
el manual del alumno de 1927.
La que dice cómo llegar a la esquina
y cruzar exitosamente.
La de los 100 pasos
para vivir hasta los 100.
La que termina en muerte
de todos modos.