lunes, 17 de abril de 2017

Musas

Un texto publicado hoy en 
El Corán y el Termotanque   (↶GO!)




A veces se da al revés. Están los días en que no te baja una idea,
y pretendés no levantarte hasta que aparezca la  inspiración y se transforme en esa puta que haga lo que pedís, hasta que se te vayan las ganas, hasta que dejes de inspirar, o de respirar, o incluso de esnifar musas que ante cualquier distracción, coagulan y empiezan a trabarse en algún caño entre tu nariz y tu neurona.  Entonces se cansan y se van, así como llegaron. A veces se da eso, y a veces, se da al revés. Se da que ellas, las esnifadas, vuelven, ya sabiendo por donde entrarte, pero esta vez gratis, a suplicar que las recibas, que las lamas, que las escupas, húmedas, sobre un papel salvaje y a mano alzada, pero vos das vueltas, y vueltas, ante su urgencia de viajarte y llenarte toda neurona, porque sabés que lo único que hoy traen, es negro y tristísimo, y es por eso que te negás terminantemente a sentar el culo en la silla, que hoy tiembla y te expulsa como maleficio.  Pero es inútil, porque esa historia  que te atravesó en este tiempo, ya te pasó, ya está escrita hasta en sus comas por sí misma, y fue parida por tus musas aunque vos no estés, aunque vos no quieras hacerte cargo de que esos también son tus hijos, y son horribles.


martes, 11 de abril de 2017

Los roedores y su hábitat



En los infiernos animales
solté una rata
dentro del laberinto
dictado por sus ojos.
Ella recorrió todos los pasillos
en completa oscuridad, 
porque estudió de memoria
las huellas
                    y pozos
del camino, pero nunca
encontró la salida
a pesar de haber probado
todas las rectas
                             y curvas
y haber pintado de rojo
                                           y sepia
cada habitación conquistada.

Tal vez haya ratas que no busquen
salir de los laberintos
(con sus pozos, sus curvas, su sepia)
sino que prefieren hacer
en ellos su casa.

domingo, 26 de marzo de 2017

Subjetividad de los climas




Aún no ha llegado el frío
a la ventana de casa, pero
algo como nieve incierta
se despega del aire
se acumula en el techo
sobre mi cama
hasta que se condensa y cae
como un invierno anticipado.
Miro hacia afuera y sé que otros
siguen dorándose al sol.
Quisiera acercarme
a desmentir el mal clima
imitar sus ganas de surfear
la calidez del aire
que hace ondular su entusiasmo
ante la continuidad del verano,
pero cierro la ventana
y miro a los vidrios
profundamente
                              ver
                              ti
                              cales
empañarse
hasta volverse ciegos.


Contenido no disponible



Ya nadie muere
de cuestiones fundamentales
sino de furias
mal cogidas
y de sobres con mensajes
guardados en el cajón
equivocado.
Durante el día
las furias y los sobres
duermen
sin soñar con nada útil,
y cuando se hartan
salen a tomar aire,
a fumar un faso, a rearmar
el desaliento de mañana.
A las once menos cuarto
de cada noche,
se encuentran con un fósforo
y celebran juntos
una hoguera
que no sabe cómo apagarse.


martes, 7 de marzo de 2017

Observaciones aleatorias acerca de una reunión de gotas



Una gota aplastada sobre el puente.
Una nube que infla lo pálido entre celestes.
Un cielo que destiñe en sábanas de lluvia.
La gota bañada por todas partes
con gotas, viento y otras gotas.
Una rama que corta el charco con su peso.
Una hoja que flota a la deriva
arrastrando otras hojas a su paso.
La gota sin bordes, creciendo por los suelos.
Un suelo que ya no es suelo sino río.
Una gota que vuelve al mismo puente. 
Un puente frágil devorado por el agua. 



miércoles, 1 de marzo de 2017

Veintedelcinco de dosmilcatorce




Hojear la red social, viéndola pasar hacia abajo con el mouse, mientras un poema de bukowski se mezcla con el candy crush mezclado con la venta de un burro de arranque en oferta, y atrás vos en soledad y yo en desapariciones, y otra vez el que hace una cadena por los animales o una campaña antipolítica contra todo lo que  está mal para unos y está bien para otros, y música para pastillas y más abajo un tema de cerati porque está internado, y claudio maria dominguez diciéndole al mundo que respire, y vos y yo, en silencio, y todo tu circo aplaudiendo, y las frases motivadoras de molde, y palabras forzadas de gente que me escribe sin ver que mi no conectado es claro reflejo del keep away de siempre y siempre estarme yendo a ningún lugar, y los dos sabiendo pero no entendiendo por qué debajo de la superficie la sangre aún hierve pero tan lejos en tu caso que no se acuerda el camino para reoxigenarse, y me gusta me gusta me gusta, te ponen las bellas y los altos, y yo mientras tanto escribo sin que me guste, sin que me ayude a cambiar esta sensación de final ante tu deferencia ante los nuevos perfumes previsibles desconociendo los antiguos, y qué estás pensando  dice el cuadrito de mi Facebook y también el tuyo, mientras ninguno de los dos rellena el tiempo ni el aire mutuo ni el cuadrito propio, aunque lo de pensar lo hagamos tan bien, tan por demás, pero el cuadrito debería medir páginas y páginas y no, es un cuadrito término medio y ninguno aprendió a caber todavía en él como tampoco en el espacio juntos y eso nunca fue un cuadrito sino un cielo, pero inexplorado y por eso el silencio.


domingo, 11 de diciembre de 2016

La unión de las especies (relato)




Tuvo que matarla. No era grande ni negra, sino una especie de semilla marrón con patas y habilidad para desplazarse. No le gustó que lo hiciera sobre su mesada. Eso figuraría en su biografía si tuviera una, pero imaginó que ninguna cucaracha vivía tanto como para dejar plasmada la historia de sus consanguíneos. Sangre no, eso que tenían las cucarachas adentro. En su honor el amarillo era el color del asco, seguramente.
La tiró en el inodoro y aprovechó para mearle encima. Eso de cuidar el agua estaba haciendo efecto en su moral y malas costumbres. No disfrutó del momento, sin embargo, porque no había tenido la suficiente paciencia para observar si el bicho estaba realmente muerto. Se imaginó una cámara, una cucaracha trepando, una película de terror. La cosa subiendo y entrando por algún agujero corporal, jugando al tatetí antes de elegir el culo por proximidad con el borde.  Una vez adentro recorrería sus intestinos y se enteraría de lo que había comido en el día. Compartían gustos parecidos, podrían cenar juntas alguna vez. Se serviría de la comida procesada antes de seguir avanzando. Encontraría la forma de darle vueltas al laberinto y llegar a su cerebro. La mierda de abajo no tendría comparación con la de arriba; harían falta un par de moscas coronando los pensamientos para darle marco a ese festín. Encontraría recuerdos perdidos, sublimados, enterrados en el mismo lugar donde caían por falta de psicoanalista. La falta de espacio y el paso de los años los habían convertido en una bola de chicle pegoteada, maloliente, imprecisa.
Sin embargo, tanta porquería acumulada no ayudaba a la persona a llegar a la esquina y volver. A la supervivencia no le servía una foto de mamá en Mar del Plata, ni la fecha donde había muerto su tortuga. El sentido práctico estaba adornado con florcitas y toda clase de pavadas a las que el humano se aferraba, como si al final de la vida lo único que lo ayudara a seguir adelante fueran las postales de otro tiempo, de la alegría gozada y perdida quién sabe cuándo.
¿Cuáles eran las necesidades básicas de la gente, entonces, si lo único que importaba al final de la vida eran las OTRAS cosas? ¿Cómo subsistirían las siguientes generaciones a partir de esas experiencias? ¿Hacia dónde iba su evolución si el eje no estaba puesto en la reproducción y en conseguir comida, sino en la felicidad? Si fueran del mismo tamaño que cualquier bicho, los humanos no sobrevivirían a una lluvia o una chancleta. Ser persona estaba sobrevalorado, solo venían a gastar el tiempo en subjetividades. Debía salir de ahí cuanto antes, el afuera era más interesante.
Ella se rascó la oreja, porque sintió pasos adentro. Después tiró la cadena, pensando que había vencido. Algo marrón se deslizó por la rejilla, un lugar tranquilo  y directo, donde las suciedades no ocultaban lo que eran. Coherencia, que le dicen.
Las cucarachas sobrevivimos a todas las guerras porque aspiramos a ser muchas, sin atajos conceptuales. Y para sobrevivir, observamos. Nos da risa eso de lo imaginario; cómo la gente manda a la mierda la verdad y lo aparente cuando hay que llenar las tripas. La vida es una sola y se sostiene de cosas concretas que se pueden poner arriba de una mesada.
“Al final no somos tan distintos.” – se dijo en la oscuridad-  “Pero estamos de acuerdo en disimularlo.”