domingo, 11 de diciembre de 2016

La unión de las especies (relato)




Tuvo que matarla. No era grande ni negra, sino una especie de semilla marrón con patas y habilidad para desplazarse. No le gustó que lo hiciera sobre su mesada. Eso figuraría en su biografía si tuviera una, pero imaginó que ninguna cucaracha vivía tanto como para dejar plasmada la historia de sus consanguíneos. Sangre no, eso que tenían las cucarachas adentro. En su honor el amarillo era el color del asco, seguramente.
La tiró en el inodoro y aprovechó para mearle encima. Eso de cuidar el agua estaba haciendo efecto en su moral y malas costumbres. No disfrutó del momento, sin embargo, porque no había tenido la suficiente paciencia para observar si el bicho estaba realmente muerto. Se imaginó una cámara, una cucaracha trepando, una película de terror. La cosa subiendo y entrando por algún agujero corporal, jugando al tatetí antes de elegir el culo por proximidad con el borde.  Una vez adentro recorrería sus intestinos y se enteraría de lo que había comido en el día. Compartían gustos parecidos, podrían cenar juntas alguna vez. Se serviría de la comida procesada antes de seguir avanzando. Encontraría la forma de darle vueltas al laberinto y llegar a su cerebro. La mierda de abajo no tendría comparación con la de arriba; harían falta un par de moscas coronando los pensamientos para darle marco a ese festín. Encontraría recuerdos perdidos, sublimados, enterrados en el mismo lugar donde caían por falta de psicoanalista. La falta de espacio y el paso de los años los habían convertido en una bola de chicle pegoteada, maloliente, imprecisa.
Sin embargo, tanta porquería acumulada no ayudaba a la persona a llegar a la esquina y volver. A la supervivencia no le servía una foto de mamá en Mar del Plata, ni la fecha donde había muerto su tortuga. El sentido práctico estaba adornado con florcitas y toda clase de pavadas a las que el humano se aferraba, como si al final de la vida lo único que lo ayudara a seguir adelante fueran las postales de otro tiempo, de la alegría gozada y perdida quién sabe cuándo.
¿Cuáles eran las necesidades básicas de la gente, entonces, si lo único que importaba al final de la vida eran las OTRAS cosas? ¿Cómo subsistirían las siguientes generaciones a partir de esas experiencias? ¿Hacia dónde iba su evolución si el eje no estaba puesto en la reproducción y en conseguir comida, sino en la felicidad? Si fueran del mismo tamaño que cualquier bicho, los humanos no sobrevivirían a una lluvia o una chancleta. Ser persona estaba sobrevalorado, solo venían a gastar el tiempo en subjetividades. Debía salir de ahí cuanto antes, el afuera era más interesante.
Ella se rascó la oreja, porque sintió pasos adentro. Después tiró la cadena, pensando que había vencido. Algo marrón se deslizó por la rejilla, un lugar tranquilo  y directo, donde las suciedades no ocultaban lo que eran. Coherencia, que le dicen.
Las cucarachas sobrevivimos a todas las guerras porque aspiramos a ser muchas, sin atajos conceptuales. Y para sobrevivir, observamos. Nos da risa eso de lo imaginario; cómo la gente manda a la mierda la verdad y lo aparente cuando hay que llenar las tripas. La vida es una sola y se sostiene de cosas concretas que se pueden poner arriba de una mesada.
“Al final no somos tan distintos.” – se dijo en la oscuridad-  “Pero estamos de acuerdo en disimularlo.”


lunes, 21 de noviembre de 2016

Estudio sobre la materia



Siempre hablando de cosas
que no existen, siempre
adentro de tu cabeza- decís
¿y la vida? Es un resto
de carne y agua,
donde lo que tiene borde
es sólido
y lo que se mezcla
es parte de los líquidos.
Las palabras no le deben
a esos mundos, las letras
no ladran
                   ni muerden
                                         aunque traten.
Nadie se calienta
con la sinestesia pura
y el árbol
y el pájaro
y toda
            la boludez
que rima con el tiempo.

Yo sé, te juro
que hay otra cosa.
Te juro que soy materia
debajo de todas las capas.
Yo
              y te juro
que cuando no pienso
soy una persona agradable.




La mancha roja (monólogo interior)


Estaba saliendo cuando la vi, no tuve tiempo de limpiarla porque el Súper cerraba en media hora. Una mancha rojo oscuro, rompiendo el blanco del piso de la cocina. No recordaba haberme lastimado, tampoco estaba menstruando.  Pensé en cómo se vería aquello si me moría ahora en la calle y después encontraban sangre en mi cocina. La evidencia en dos lugares desorientaría al principio, pero después se darían cuenta de que mi desidia (ellos no sabrían de mi apuro por llegar al Súper antes de que cierre) había hecho que dejara sangre en el piso sin importarme. La investigación se habría demorado por mi culpa. No importaba que me hubieran asesinado, yo habría retardado la resolución; habría aportado confusión y caos, sin querer. Debía llegar y limpiarla, tendría que haberla limpiado antes de salir, aunque no llegara al súper, aunque no vinieran forenses a corroborar nada. Pero ¿por qué, en realidad? Ese apuro por tapar lo natural con perfumes de bosque falso de bambú, todo oculto, todo disimulado. Propagandas de toallitas donde derraman líquido azul, graffitis en las paredes blanqueadas a la cal. Así también siguen matando mujeres, al negarlas desde la biología y la palabra. En cal pusieron a varias, para evitar que las reconozcan.  Hay que tapar, tapar, el blanco es un color que tranquiliza a los portadores de normalidad y a los blanqueadores de capitales. La sociedad no debe menstruar en público, ni hablar en voz alta, ni hacer ostentación de hambre cuando llegan los turistas. El hambre es un vacío oscuro que atenta contra nuestros principios de lo inmaculado, mientras el entorno te inmaculea. Yo tengo hambre, y no encuentro las galletitas que vine a buscar ¿Por qué me mira el guardia de la puerta, como si no fuera a pagar? ¿Creerá que su trabajo es hacerte sentir como la mierda, por las dudas? ¿De qué la va un tipo que disfruta de ir metiendo miedo; cómo llega a su casa y vive y habla con sus hijos de cómo deben ser las cosas? ¿Cómo concebirá la ternura alguien como él? ¿Por qué me sigue mirando? ¿O es que tengo alguna herida que yo no supe encontrar en mi apuro? La mano no es, tampoco la pierna. Tampoco fui dejando ninguna mancha roja al pasar. El aceite está de oferta, ¿debería llevar dos? Hace tiempo que dejé de comprar de acuerdo a mis necesidades y me guío por las variables de la oferta. Hoy debería querer comer verduras de estación, pan de ayer, dos por uno de pollo. Mis deseos son los de la oferta y demanda, ¿qué más pueden pedir de mí, si hasta les entregué mis gustos alimenticios? La libertad es una idea vaga, una marca de salchichas que creés elegir entre dos. ¿Ves que voy a pagar, hijo de puta? A ver si dejás de mirar ¿O será la mancha? Ahí, en ese vidrio, si me doy vuelta, capaz veo lo que ve, pero no, no hay nada. Mi short sigue blanco muyblanco, sigo siendo una buena chica bien adaptada, que sabe el color predilecto de la ciudad. En China el blanco representa luto y mala suerte, el rojo sangre es el color de las cosas buenas. Tal vez mi mancha no era de sangre, sino una suciedad cualquiera, anónima, que le creció al piso a partir de algo que traje en mis zapatos. O témpera, porque justo ayer abrí un pote ¿Todas las pinturas tienen el don de caer en forma de círculos perfectos? Los círculos son rutas seguras, nadie puede perderse en algo que va y vuelve, que se repite, que se hace rutina. Y cualquier lugar se vuelve rutina si le das el tiempo suficiente ¿Cómo se sale del círculo, cómo girar tan rápido que la fuerza centrífuga te empuje hacia la salida? Huir hacia la libertad, esa segunda marca de salchichas. Tal vez la libertad sea un segundo círculo en el que entramos hasta que nos damos cuenta que también es una trampa. Mi llave gira en círculos ahora, ella sabe adaptarse a sus rutinas.  Para ella la felicidad es poder franquear cualquier puerta: ir más allá de lo que se opone, en apariencias. Por fin en casa de nuevo.  Ahí está la mancha, tan redonda como cuando la dejé, imperturbable, aferrándose al piso como si quisiera desafiarme a propósito ¿Dónde está el trapo de piso? Al agacharme para limpiar, detecto que por el zócalo de abajo de la heladera se desliza otra gota parecida. Al abrirla, el jugo de frutilla se declara culpable, dejando en evidencia que su envase tiene una pequeña fisura. Cierro la heladera y la dejo tranquila, por un rato. Los objetos deberían poder sangrar en paz, de vez en cuando.


martes, 25 de octubre de 2016

La poesía no se mancha



Caminamos por la línea
y vos me mandás 
a escribir un poema.
Vuelvo al primer día
a la entretela divisoria
que construimos
con palabras a favor,
y hoy me mandás 
a escribir 
                 un 
                       poema, 
pero como quien manda
a otro a la mierda,
y cuando junto mierda 
                                          y poema
entiendo que la entretela creció
en espirales, como telarañas,
oscureciéndonos como un faro
que desorienta, y desde atrás
te miro, 
desde mi país de versos mierdosos,
mientras vos te alejás por la línea
                                        incolora
                                        inodora
                                        e insípida
que no sabe ensuciarse
de mí.

domingo, 2 de octubre de 2016

El último eslabón (relato)



     Había mirado porno toda la tarde. Era fin de mes y los proveedores sabían que era inútil llamar para reclamar un cobro. Pudo aprovechar para mirar videos porque lo habían mudado provisoriamente a la oficina de un ex gerente que había renunciado. A la suya la estaban arreglando. En su oficina tenía filtros antipornografía, porque no era gerente. Se ve que sólo se permitían ese tipo de estímulos en los altos cargos, y él tenía un puesto sin nombre, carrera o futuro. Afuera llovía. En el auto se sintió florecido y adolescente, la piel tenía esa sensibilidad que sólo la da la fiebre y la excitación. Se miró el pantalón, con orgullo. Le gustaba corroborar que estaba vivo, que el sexo todavía no era parte de un álbum que se saca para mirar con nostalgia en los feriados. Apuró las esquinas para llegar a casa. Ella no lo estaría esperando y era mejor así. Le gustaba decidir por los dos el cuándo y cómo. Desencajarle la tarde, violarla como un mono; la antítesis de quien era cuando atendía a los clientes, explicándoles las ventajas del nuevo tornillo de material irrompible e ignífugo. Un discurso aburrido, prescindible, como él en esa empresa. El último eslabón de una cadena de gente que tenía derecho a patearlo hasta que se desintegrara en pequeñísimas partes de nada. Pero en casa él era hombre. Y esa dualidad también lo excitaba. 
     Abrió la puerta y la encontró de jogging y con el pelo atado, limpiando.  Verla mover el culo mientras repasaba la cera contra el piso le hizo aumentar la dureza dentro del pantalón. Estaba en el borde mismo donde el placer comienza a ser doloroso, donde la exigencia de resolución se vuelve necesaria. Cerró la puerta con fuerza extrema, para anunciarse. Ella giró la cabeza sin levantarse y lo miró con sorpresa. Tardó dos segundos en comprender y bajó la mirada, evaluando qué hacer, mientras el trapo en su mano, detenido, esperaba la orden de seguir puliendo. Él fue hasta la heladera y se sirvió una cerveza. Después se aflojó el nudo de la corbata y se apoyó contra el marco de la puerta, tomando tragos cortos y observándola. Ella siguió limpiando el piso. Los rasgos de su cara se habían puesto tensos. No se habían saludado. Sus movimientos se volvieron enérgicos y mecánicos, haciendo que el culo se le meneara de forma tosca y nerviosa. Era como si representara una coreografía hipnótica e involuntaria para el único espectador que había pagado su entrada y que ahora esperaba desde la butaca ser complacido, pero sin querer complacerlo.  Él la dejaría danzar, desentendida de su presencia, hasta que se olvidara que estaba ahí. Estiraba el contenido de la botella, para que lo acompañara durante otro rato. 
     Cuando ella relajó sus facciones, supo que era el momento. Se acercó por atrás y la tiró al piso. Ella emitió un sonido corto y agudo. Él tironeó con fuerza de la remera y se internó en la batalla final para sacarle el jogging manchado de cera, mientras ella ofrecía pelea retorciéndose y apretando la pelvis contra el piso.  Cuando por fin él ganó con un 2 a 0, vio que la bombacha roja hacía juego con el corpiño, y entendió que había caído en una trampa. Ella sonreía con la boca pegada al piso. Entonces él se levantó, se ajustó la corbata y dio el último portazo, antes de desintegrarse con la lluvia.


lunes, 19 de septiembre de 2016

Tres veces




Hicieron falta tres funerales
(dos abuelos
y un padre)
para que me preguntes
si necesitaba algo.
Y de la vida necesitaba respuestas
y de la muerte  necesitaba retornos
y del reloj necesitaba
que se quedara quieto en el segundo previo
del antes.
Y de la carne necesitaba que su frío
no fuera un frío tan distinto a los otros
pero lo era.
Y de mi madre necesitaba esos jazmines precisos
que acomodó sobre las manos
que no podían agarrarlos.
Y de las tapas de los cajones
que no masticaran los restos
cuando se cerraran sus fauces.
Y necesitaba no preguntarme estupideces
como quién bordará los encajes finales
o pondrá las tachuelas doradas
de los bordes, o si al hacerlo
imaginarán qué cuerpo menudo
tenía la vieja de hoy
que cabe en este nido tan chico.
Pero de vos necesitaba
solamente que preguntes
lo que esta vez preguntaste.

A lo mejor ya lo habías preguntado antes.
A lo mejor hicieron falta tres funerales
para que vos lo gritaras tres veces
y yo pudiera escucharte.


martes, 13 de septiembre de 2016

Diez del nueve




A Lluvina


Ayer entraba el sol por las puertas de vidrio de adelante y se escuchaba a los pájaros cantarle al paño fijo de la ventana del fondo. En el medio, ella y yo, a solas. Un reloj parado a las dos y media, que era una hora que no hablaba de ella ni de mí. Tampoco del presente, porque eran las siete veinticinco de la mañana. El reloj estaba quieto, pero yo sabía que con dos pilas volvía a recuperar sus futuros. Mi abuela también había elegido detenerse y había escondido sus pilas en un lugar al que sólo ella podía acceder. Pero decidió que era mejor no ir a buscarlas.