domingo, 2 de octubre de 2016

El último eslabón (relato)



     Había mirado porno toda la tarde. Era fin de mes y los proveedores sabían que era inútil llamar para reclamar un cobro. Pudo aprovechar para mirar videos porque lo habían mudado provisoriamente a la oficina de un ex gerente que había renunciado. A la suya la estaban arreglando. En su oficina tenía filtros antipornografía, porque no era gerente. Se ve que sólo se permitían ese tipo de estímulos en los altos cargos, y él tenía un puesto sin nombre, carrera o futuro. Afuera llovía. En el auto se sintió florecido y adolescente, la piel tenía esa sensibilidad que sólo la da la fiebre y la excitación. Se miró el pantalón, con orgullo. Le gustaba corroborar que estaba vivo, que el sexo todavía no era parte de un álbum que se saca para mirar con nostalgia en los feriados. Apuró las esquinas para llegar a casa. Ella no lo estaría esperando y era mejor así. Le gustaba decidir por los dos el cuándo y cómo. Desencajarle la tarde, violarla como un mono; la antítesis de quien era cuando atendía a los clientes, explicándoles las ventajas del nuevo tornillo de material irrompible e ignífugo. Un discurso aburrido, prescindible, como él en esa empresa. El último eslabón de una cadena de gente que tenía derecho a patearlo hasta que se desintegrara en pequeñísimas partes de nada. Pero en casa él era hombre. Y esa dualidad también lo excitaba. 
     Abrió la puerta y la encontró de jogging y con el pelo atado, limpiando.  Verla mover el culo mientras repasaba la cera contra el piso le hizo aumentar la dureza dentro del pantalón. Estaba en el borde mismo donde el placer comienza a ser doloroso, donde la exigencia de resolución se vuelve necesaria. Cerró la puerta con fuerza extrema, para anunciarse. Ella giró la cabeza sin levantarse y lo miró con sorpresa. Tardó dos segundos en comprender y bajó la mirada, evaluando qué hacer, mientras el trapo en su mano, detenido, esperaba la orden de seguir puliendo. Él fue hasta la heladera y se sirvió una cerveza. Después se aflojó el nudo de la corbata y se apoyó contra el marco de la puerta, tomando tragos cortos y observándola. Ella siguió limpiando el piso. Los rasgos de su cara se habían puesto tensos. No se habían saludado. Sus movimientos se volvieron enérgicos y mecánicos, haciendo que el culo se le meneara de forma tosca y nerviosa. Era como si representara una coreografía hipnótica e involuntaria para el único espectador que había pagado su entrada y que ahora esperaba desde la butaca ser complacido, pero sin querer complacerlo.  Él la dejaría danzar, desentendida de su presencia, hasta que se olvidara que estaba ahí. Estiraba el contenido de la botella, para que lo acompañara durante otro rato. 
     Cuando ella relajó sus facciones, supo que era el momento. Se acercó por atrás y la tiró al piso. Ella emitió un sonido corto y agudo. Él tironeó con fuerza de la remera y se internó en la batalla final para sacarle el jogging manchado de cera, mientras ella ofrecía pelea retorciéndose y apretando la pelvis contra el piso.  Cuando por fin él ganó con un 2 a 0, vio que la bombacha roja hacía juego con el corpiño, y entendió que había caído en una trampa. Ella sonreía con la boca pegada al piso. Entonces él se levantó, se ajustó la corbata y dio el último portazo, antes de desintegrarse con la lluvia.


lunes, 19 de septiembre de 2016

Tres veces




Hicieron falta tres funerales
(dos abuelos
y un padre)
para que me preguntes
si necesitaba algo.
Y de la vida necesitaba respuestas
y de la muerte  necesitaba retornos
y del reloj necesitaba
que se quedara quieto en el segundo previo
del antes.
Y de la carne necesitaba que su frío
no fuera un frío tan distinto a los otros
pero lo era.
Y de mi madre necesitaba esos jazmines precisos
que acomodó sobre las manos
que no podían agarrarlos.
Y de las tapas de los cajones
que no masticaran los restos
cuando se cerraran sus fauces.
Y necesitaba no preguntarme estupideces
como quién bordará los encajes finales
o pondrá las tachuelas doradas
de los bordes, o si al hacerlo
imaginarán qué cuerpo menudo
tenía la vieja de hoy
que cabe en este nido tan chico.
Pero de vos necesitaba
solamente que preguntes
lo que esta vez preguntaste.

A lo mejor ya lo habías preguntado antes.
A lo mejor hicieron falta tres funerales
para que vos lo gritaras tres veces
y yo pudiera escucharte.


martes, 13 de septiembre de 2016

Diez del nueve




A Lluvina


Ayer entraba el sol por las puertas de vidrio de adelante y se escuchaba a los pájaros cantarle al paño fijo de la ventana del fondo. En el medio, ella y yo, a solas. Un reloj parado a las dos y media, que era una hora que no hablaba de ella ni de mí. Tampoco del presente, porque eran las siete veinticinco de la mañana. El reloj estaba quieto, pero yo sabía que con dos pilas volvía a recuperar sus futuros. Mi abuela también había elegido detenerse y había escondido sus pilas en un lugar al que sólo ella podía acceder. Pero decidió que era mejor no ir a buscarlas.



El día menos pensado (Alberto Gimeno)




"Un hospital. El ancla en el fondo de un hueco que nos persigue. La industria del dolor. Un camuflaje en cada risa. El tumulto callado de los enfermos. La mansa y pasmada expresión de quienes se han acostumbrado a reconocerse por los pasillos. La incesante variedad del mismo acatamiento. Una diálisis mental que no termina de lavar la idea fija de ser otro. La apoteosis del eufemismo. Una metódica profanación del ego. El consuelo de desaparecer. Las noches en que no hay otra ambición que claudicar. Las máscaras de la paciencia. Escuchar: “El pañal priva a la defecación de toda su ceremonia”. Sufrir en silencio el éxtasis de quienes nos describen lo consabido. Las magulladuras de la piedad. La textura incipiente del despojo. Estar por una vez de acuerdo: “a los médicos los miramos unidos a su pedestal”. El apogeo de la rendición. El cáncer de lo evidente. Enterrar y callar. Los paliativos de la conciencia. ¡Bienvenidos al país de siempre jamás! Las hordas de los domingos. Reírse: “Buenos días, estoy esperando a mi madre, que llega con la nueva camada de meonas”. Los señuelos de vida que vienen humeando sobre las bandejas. El aliento de la carroña. El timbre. Los dedos. El desasosiego de los dedos sobre el timbre. El desenfreno de aceptar que todo tiene su fin. Escuchar sin responder: “Las panchitas son mejores cuidadoras; no necesitan adaptarse a la degradación pues han nacido con ella”. Esa sombra que llora. Las horas como viruta. Un talador del sueño en cada cama. Una requisa constante de lo que aún perdura. Cuánta tácita humillación a la espera. Los gritos sin ubicar. Las quejas, los murmullos, las plegarias sin rostro. El cálculo iracundo de las horas que pasan riendo las enfermeras. Esas enfermeras dándote un sobre de galletas a escondidas. Comerlas a oscuras mientras sigues oyendo reír a las enfermeras. Una eufórica ilusión de eutanasia. La fortaleza de la propia cobardía. El remordimiento de haber sacado del escondite la ocultación pactada. Acostumbrarse a reír lloriqueando. El cauce moroso y turbio de las verdades que se escapan. La almohada húmeda de lágrimas. Aventurarse en la mente al escuchar: “¿Y no será eso del alzheimer una forma de posesión de los extraterrestres...? ” Las miradas furtivas en los ascensores. Levantar los párpados a la fuerza, desde dentro. El clamor de la espera. El silencio fraternal del miedo. La desactivación de decidir. El azote del desvelo. La radio que envilece el silencio. La luz sin clemencia de los pasillos. El feudo de la succión. Un dormir que es también fatiga. .Despertarse de lado, a la contra, entero, a medias, por porciones. Estar de pie como un puñetazo sin destino. La mañana. Marcharse y regresar en el mismo pestañeo. Decir sí a todo sin darse cuenta. El canje de revistas y suspiros. El código que establecen los goteros. La jerarquía de las sondas. Orinar silbando tercamente. Reincidir en el alivio del mañana. Sobre la cama alguien, aún gallardo, aún enérgico: “ Ya ves: se apaga uno”. Desde el umbral de la puerta, de un anciano a otro: “Ja, ja, cuando un pobre come merluza, uno de los dos está malo”. El descrédito de la carne humana. El vivo que sobra. Dar por bueno que sin dolor no hay recompensa. La frecuencia que termina siendo olvido. El tóxico de lo irreversible. Recibir simultáneamente la dádiva y su coste. Psicodramas en las sábanas blancas. Porfiar para que entre en razón quien nos priva de ella. Un cielo de cinco minutos antes de la tormenta. Morder con la boca cerrada. Poner a remojo el orgullo como una dentadura postiza en el vaso de agua. Un túnel a campo abierto. El flagelo de los sobresaltos. El rito de ir encajando dentro del marco del espejo. Las flatulencias que se escapan como agua por el aliviadero de una presa. Sonreír sin querer: “Esa ya puede morirse tranquila: ha conseguido que vengan a verla todos sus hijos en silla de ruedas”. Notar cómo te inyectan calma y desesperación con la misma aguja. El elixir de la excusa constante. El desquite de la realidad en los quirófanos. Los besos con cautela. El guiño entre camas. De un moribundo a otro el cruce de guiños frente al culo de la enfermera. De un paciente a otro la luz, otra luz de pronto. Otra luz de pronto en la habitación. Otro fulgor a través de los cristales. En el cielo otra luz y otros colores. Y un estallido que se impone al de las toses y las quejas. Y yo miro al cielo y me incorporo del asiento. Y mi tía me llama y no le presto atención. Y me acerco a la ventana. Y encuentro a otros que, como yo, se han apartado de su puesto. Y contemplamos el cielo dividido en porciones de destellos. Y los fuegos de artificio se suceden como olas que saltamos con los ojos. Y los enfermos alzan sus cabezas de la cama. Y se alborozan y murmuran en torno al centro de nuestros cuerpos. Y preguntan qué se ve, qué vemos. Y ensanchamos nuestro círculo frente a la ventana. Y los yacientes se admiran y reclaman más separación entre nosotros. Y unas enfermeras acuden y se callan a nuestra espalda. Y todos nos quedamos en silencio, cada uno prendido a su sonrisa, cada cual buscando su cobijo en esa carcasa y en aquella otra y otra más que alcanza a iluminar los dientes al descubierto de mi tía."



                   



martes, 6 de septiembre de 2016

Visitas



    Suena mi timbre y salen a abrir los senegaleses. Descubrí que no es casual. Inventaron un sistema que tiene en cuenta:
* que el mío suena (el de ellos no) 
* que sus invitados saben que es un timbre ajeno (lo vi en sus caras) 
* que mi vecina/o baja enseguida (yo suelo demorarme). 
    A veces pienso en adelantarme y arruinarles alguna parte del plan, o imagino si los vecinos pondrán la misma cara de desconcierto que yo, cuando bajan y no es para ellos sino para mí. 
    Pero el sistema nunca les falló. 
    Ya no intento abrir, prefiero que lo hagan ellos. En algún lugar del tiempo mi timbre cambió de amo. Y probablemente asesinó también a todas las visitas que no llegan.



martes, 16 de agosto de 2016

Algo para los revendedores, las monjas, los empleados de supermercado y para vos (Charles Bukowski)



tenemos todo y no tenemos nada
algunos hombres lo hacen en iglesias
otros rompen mariposas por la mitad
y otros lo hacen en Palm Springs
metiéndoselas a rubias con almas de Cadillac
cadillacs y mariposas
nada y todo,
la cara se derrite con el último respiro
en un sótano de Corpus Christi.
hay algo para los revendedores, las monjas,
los empleados de supermercado y para vos…
algo a las 8 de la mañana, algo en la biblioteca,
algo en el río,
todo y nada.
en el matadero algo llega corriendo
colgado por un gancho y lo hacés balancear
uno
dos
tres
y así tenés $200 por la carne muerta
los huesos contra tus huesos
algo y nada.
siempre es suficientemente temprano para morir y
siempre es demasiado tarde,
y el remolino de sangre en la pileta blanca
ya no te dice nada
y los sepultureros juegan póquer
en el café de las 5 a.m., esperando que el pasto
pierda la escarcha
ellos no te dicen nada.
tenemos todo y no tenemos nada
días al borde del vaso y el olor imposible
del musgo del río, que es peor que la mierda;
días de ajedrez con ataques y contraataques,
con un interés maricón: da lo mismo la derrota que la victoria;
días lentos como mulas hoscas y barnizadas por el sol
que trabajan con desprecio
subiendo por un camino
en el que un loco espera sentado
entre jaulas de codornices y azulejos
mientras huele un burro de piel escamosa.
pero hay días buenos también
días de vino, gritos y peleas en callejones, de piernas redondas de mujer
abalanzándose sobre tus entrañas con sus gemidos,
presagios en las plazas de toros
que gritan Madre Capri como diamantes,
violetas que brotan de la tierra
para que olvides a los soldados muertos
y a los malos amores.
días en que los niños dicen cosas alegres y brillantes
como salvajes que se comunican a través de sus cuerpos
y corren de arriba a abajo sin límites
ni cheques, ni ideales, ni posesiones,
ni opiniones disparatadas.
días en que podés llorar todo el día
encerrado en un cuarto verde,
días en que podés reírte del panadero
porque sus piernas son muy largas,
días para observar detrás de la cerca.
y no hay nada, nada
sólo días de patrones y hombres enfermos
con mal aliento y pies grandes
hombres como ranas, como hienas
hombres que caminan como si la música no existiera
hombres que piensan que es inteligente
contratar y despedir empleados y amasar fortunas
hombres con mujeres tan caras
como 60 hectáreas de tierra fértil
que presumen y se apartan de lo inútil
hombres que te matarían sólo por hacer una locura
y que se justificarían desde su propia LEY
hombres que se asoman por ventanas de siete metros de ancho
y no ven nada
hombres con yates de lujo que navegan
alrededor del mundo pero nunca se sacan
las manos de los bolsillos
hombres como caracoles, como anguilas,
como babosas,
pero ni siquiera eso.
y no hay nada.
cobrás tu último salario en el muelle,
en la fábrica, en el hospital,
en una armadora de aviones, en una feria,
en una peluquería, en donde sea.
no querés pagar los impuestos de renta,
no querés enfermedades, servilismo,
brazos rotos ni cabezas destrozadas,
todo se va a la basura como una almohada vieja.
tenemos todo y no tenemos nada
algunos lo hacen bien por un tiempo
pero después se rinden
les llega la fama, el hastío
la edad, una dieta balanceada,
la tinta les quema los ojos,
los hijos van a la universidad,
aparecen coches nuevos
se quiebran la espalda esquiando en Suiza
aparecen nuevas opciones políticas, nuevas esposas
o simplemente caen de manera natural en decadencia.
el hombre que viste ayer enganchándose diez rounds
o bebiendo tres días y tres noches
en las montañas de Sawtooth,
ahora está abajo de una sábana o junto a una cruz o una piedra
o viviendo una decepción
cargando una Biblia, unos palos de golf o un portafolio:
cómo ceden
todos esos que creíste
que nunca cederían.
días como éstos, como el de hoy.
tal vez la lluvia en la ventana
trate de decirte algo. ¿qué viste hoy?
¿qué es esto? ¿dónde estuviste?
a veces los mejores días son los primeros
a veces los de en medio, otras los últimos.
los terrenos baldíos no están tan mal,
las iglesias europeas que ves en tarjetas postales
no están mal. las personas en los museos de cera
congelándose hasta la esterilidad no están tan mal
son horribles, pero no están mal
la artillería, pensá en la artillería pesada.
y las tostadas del desayuno,
en el café bien caliente que hace que sepas
que tu lengua sigue en su lugar.
tres geranios en la ventana tratan de ser rojos
tratan de ser rosas, tratan de ser geranios.
no me importa que a veces las mujeres lloren,
no me importa que las mulas no quieran subir la montaña.
estás en un cuarto de hotel en Detroit
buscando un cigarrillo.
otro día maravilloso, un poco más de eso
como cuando las enfermeras salen
del hospital al terminar su turno, hartas,
ocho enfermeras con diferentes nombres
y diferentes destinos.
cruzan el patio
algunas quieren una taza de chocolate y papel
otras un paño caliente, otras un hombre,
otras apenas pueden pensar.
es suficiente y no tanto.
arcos y peregrinos,
estrías de naranjas,
helechos, anticuerpos,
pañuelos descartables.

a veces en los momentos más amables y de sol
hay un humo liviano que sale de las urnas
y sonidos metálicos de los viejos aviones de combate
y si entrás y pasás el dedo por el borde de la ventana
vas a encontrar mugre y hasta tierra
y si mirás por la ventana vas a quedarte todo el día,
y como si envejecieras, vas a seguir mirando
y mirando
babeando un poco
ah, no, quizá
algunos lo hacen bien naturalmente
otros de maneras obscenas
en cualquier parte.


viernes, 1 de julio de 2016

Señoras



¿Ma, por qué esas señoras
tienen olor a incienso?
¿Será que se están quemando por dentro
         como cigarrillos rancios
         entre cuatro paredes de vidrio
         detrás de las ocho puertas
         lentamente,
         como maderas húmedas,
         como sahumerios de iglesia
         como espirales vencidos?
¿Se quema esa gente, ma, 
o sólo se deja avanzar por la llama
y cuando la muerte llega, la acepta
       como si hubieran firmado un pacto
       como dueñas de la misma espera,
       vigilándose desde lejos,
       y desde  siempre?
¿Cómo es el suelo donde las entierran?
¿Está plastificada su tumba, ma, huele como ellas
        que esconden la resignación debajo de la alfombra
        que reaccionan a la tierra con escobas
        que no se mezclan con el polvo
                                                               ni al morirse?
Porque mirá que el suelo es materia desorientada,
inocente,
que no sabe dónde ir
y cae donde cae.
¿Come tierra la muerte, ma?
¿Se la lleva del otro lado del río y la vende entre silencios?
¿Podemos juntar la de nuestras suelas,
                             la de nuestras papas,
                             la de nuestras uñas
para ganar territorio a lo que vuela,
para amasar un nuevo país en las memorias
para no vivir en el barro?
¿El agua diluye la dureza de las cosas, ma?
¿Se aprende a vivir estando muerto?

Ma
¿cuándo nos vamos?