lunes, 21 de noviembre de 2016

La mancha roja (monólogo interior)


Estaba saliendo cuando la vi, no tuve tiempo de limpiarla porque el Súper cerraba en media hora. Una mancha rojo oscuro, rompiendo el blanco del piso de la cocina. No recordaba haberme lastimado, tampoco estaba menstruando.  Pensé en cómo se vería aquello si me moría ahora en la calle y después encontraban sangre en mi cocina. La evidencia en dos lugares desorientaría al principio, pero después se darían cuenta de que mi desidia (ellos no sabrían de mi apuro por llegar al Súper antes de que cierre) había hecho que dejara sangre en el piso sin importarme. La investigación se habría demorado por mi culpa. No importaba que me hubieran asesinado, yo habría retardado la resolución; habría aportado confusión y caos, sin querer. Debía llegar y limpiarla, tendría que haberla limpiado antes de salir, aunque no llegara al súper, aunque no vinieran forenses a corroborar nada. Pero ¿por qué, en realidad? Ese apuro por tapar lo natural con perfumes de bosque falso de bambú, todo oculto, todo disimulado. Propagandas de toallitas donde derraman líquido azul, graffitis en las paredes blanqueadas a la cal. Así también siguen matando mujeres, al negarlas desde la biología y la palabra. En cal pusieron a varias, para evitar que las reconozcan.  Hay que tapar, tapar, el blanco es un color que tranquiliza a los portadores de normalidad y a los blanqueadores de capitales. La sociedad no debe menstruar en público, ni hablar en voz alta, ni hacer ostentación de hambre cuando llegan los turistas. El hambre es un vacío oscuro que atenta contra nuestros principios de lo inmaculado, mientras el entorno te inmaculea. Yo tengo hambre, y no encuentro las galletitas que vine a buscar ¿Por qué me mira el guardia de la puerta, como si no fuera a pagar? ¿Creerá que su trabajo es hacerte sentir como la mierda, por las dudas? ¿De qué la va un tipo que disfruta de ir metiendo miedo; cómo llega a su casa y vive y habla con sus hijos de cómo deben ser las cosas? ¿Cómo concebirá la ternura alguien como él? ¿Por qué me sigue mirando? ¿O es que tengo alguna herida que yo no supe encontrar en mi apuro? La mano no es, tampoco la pierna. Tampoco fui dejando ninguna mancha roja al pasar. El aceite está de oferta, ¿debería llevar dos? Hace tiempo que dejé de comprar de acuerdo a mis necesidades y me guío por las variables de la oferta. Hoy debería querer comer verduras de estación, pan de ayer, dos por uno de pollo. Mis deseos son los de la oferta y demanda, ¿qué más pueden pedir de mí, si hasta les entregué mis gustos alimenticios? La libertad es una idea vaga, una marca de salchichas que creés elegir entre dos. ¿Ves que voy a pagar, hijo de puta? A ver si dejás de mirar ¿O será la mancha? Ahí, en ese vidrio, si me doy vuelta, capaz veo lo que ve, pero no, no hay nada. Mi short sigue blanco muyblanco, sigo siendo una buena chica bien adaptada, que sabe el color predilecto de la ciudad. En China el blanco representa luto y mala suerte, el rojo sangre es el color de las cosas buenas. Tal vez mi mancha no era de sangre, sino una suciedad cualquiera, anónima, que le creció al piso a partir de algo que traje en mis zapatos. O témpera, porque justo ayer abrí un pote ¿Todas las pinturas tienen el don de caer en forma de círculos perfectos? Los círculos son rutas seguras, nadie puede perderse en algo que va y vuelve, que se repite, que se hace rutina. Y cualquier lugar se vuelve rutina si le das el tiempo suficiente ¿Cómo se sale del círculo, cómo girar tan rápido que la fuerza centrífuga te empuje hacia la salida? Huir hacia la libertad, esa segunda marca de salchichas. Tal vez la libertad sea un segundo círculo en el que entramos hasta que nos damos cuenta que también es una trampa. Mi llave gira en círculos ahora, ella sabe adaptarse a sus rutinas.  Para ella la felicidad es poder franquear cualquier puerta: ir más allá de lo que se opone, en apariencias. Por fin en casa de nuevo.  Ahí está la mancha, tan redonda como cuando la dejé, imperturbable, aferrándose al piso como si quisiera desafiarme a propósito ¿Dónde está el trapo de piso? Al agacharme para limpiar, detecto que por el zócalo de abajo de la heladera se desliza otra gota parecida. Al abrirla, el jugo de frutilla se declara culpable, dejando en evidencia que su envase tiene una pequeña fisura. Cierro la heladera y la dejo tranquila, por un rato. Los objetos deberían poder sangrar en paz, de vez en cuando.


martes, 25 de octubre de 2016

La poesía no se mancha



Caminamos por la línea
y vos me mandás 
a escribir un poema.
Vuelvo al primer día
a la entretela divisoria
que construimos
con palabras a favor,
y hoy me mandás 
a escribir 
                 un 
                       poema, 
pero como quien manda
a otro a la mierda,
y cuando junto mierda 
                                          y poema
entiendo que la entretela creció
en espirales, como telarañas,
oscureciéndonos como un faro
que desorienta, y desde atrás
te miro, 
desde mi país de versos mierdosos,
mientras vos te alejás por la línea
                                        incolora
                                        inodora
                                        e insípida
que no sabe ensuciarse
de mí.

domingo, 2 de octubre de 2016

El último eslabón (relato)



     Había mirado porno toda la tarde. Era fin de mes y los proveedores sabían que era inútil llamar para reclamar un cobro. Pudo aprovechar para mirar videos porque lo habían mudado provisoriamente a la oficina de un ex gerente que había renunciado. A la suya la estaban arreglando. En su oficina tenía filtros antipornografía, porque no era gerente. Se ve que sólo se permitían ese tipo de estímulos en los altos cargos, y él tenía un puesto sin nombre, carrera o futuro. Afuera llovía. En el auto se sintió florecido y adolescente, la piel tenía esa sensibilidad que sólo la da la fiebre y la excitación. Se miró el pantalón, con orgullo. Le gustaba corroborar que estaba vivo, que el sexo todavía no era parte de un álbum que se saca para mirar con nostalgia en los feriados. Apuró las esquinas para llegar a casa. Ella no lo estaría esperando y era mejor así. Le gustaba decidir por los dos el cuándo y cómo. Desencajarle la tarde, violarla como un mono; la antítesis de quien era cuando atendía a los clientes, explicándoles las ventajas del nuevo tornillo de material irrompible e ignífugo. Un discurso aburrido, prescindible, como él en esa empresa. El último eslabón de una cadena de gente que tenía derecho a patearlo hasta que se desintegrara en pequeñísimas partes de nada. Pero en casa él era hombre. Y esa dualidad también lo excitaba. 
     Abrió la puerta y la encontró de jogging y con el pelo atado, limpiando.  Verla mover el culo mientras repasaba la cera contra el piso le hizo aumentar la dureza dentro del pantalón. Estaba en el borde mismo donde el placer comienza a ser doloroso, donde la exigencia de resolución se vuelve necesaria. Cerró la puerta con fuerza extrema, para anunciarse. Ella giró la cabeza sin levantarse y lo miró con sorpresa. Tardó dos segundos en comprender y bajó la mirada, evaluando qué hacer, mientras el trapo en su mano, detenido, esperaba la orden de seguir puliendo. Él fue hasta la heladera y se sirvió una cerveza. Después se aflojó el nudo de la corbata y se apoyó contra el marco de la puerta, tomando tragos cortos y observándola. Ella siguió limpiando el piso. Los rasgos de su cara se habían puesto tensos. No se habían saludado. Sus movimientos se volvieron enérgicos y mecánicos, haciendo que el culo se le meneara de forma tosca y nerviosa. Era como si representara una coreografía hipnótica e involuntaria para el único espectador que había pagado su entrada y que ahora esperaba desde la butaca ser complacido, pero sin querer complacerlo.  Él la dejaría danzar, desentendida de su presencia, hasta que se olvidara que estaba ahí. Estiraba el contenido de la botella, para que lo acompañara durante otro rato. 
     Cuando ella relajó sus facciones, supo que era el momento. Se acercó por atrás y la tiró al piso. Ella emitió un sonido corto y agudo. Él tironeó con fuerza de la remera y se internó en la batalla final para sacarle el jogging manchado de cera, mientras ella ofrecía pelea retorciéndose y apretando la pelvis contra el piso.  Cuando por fin él ganó con un 2 a 0, vio que la bombacha roja hacía juego con el corpiño, y entendió que había caído en una trampa. Ella sonreía con la boca pegada al piso. Entonces él se levantó, se ajustó la corbata y dio el último portazo, antes de desintegrarse con la lluvia.


lunes, 19 de septiembre de 2016

Tres veces




Hicieron falta tres funerales
(dos abuelos
y un padre)
para que me preguntes
si necesitaba algo.
Y de la vida necesitaba respuestas
y de la muerte  necesitaba retornos
y del reloj necesitaba
que se quedara quieto en el segundo previo
del antes.
Y de la carne necesitaba que su frío
no fuera un frío tan distinto a los otros
pero lo era.
Y de mi madre necesitaba esos jazmines precisos
que acomodó sobre las manos
que no podían agarrarlos.
Y de las tapas de los cajones
que no masticaran los restos
cuando se cerraran sus fauces.
Y necesitaba no preguntarme estupideces
como quién bordará los encajes finales
o pondrá las tachuelas doradas
de los bordes, o si al hacerlo
imaginarán qué cuerpo menudo
tenía la vieja de hoy
que cabe en este nido tan chico.
Pero de vos necesitaba
solamente que preguntes
lo que esta vez preguntaste.

A lo mejor ya lo habías preguntado antes.
A lo mejor hicieron falta tres funerales
para que vos lo gritaras tres veces
y yo pudiera escucharte.


martes, 13 de septiembre de 2016

Diez del nueve




A Lluvina


Ayer entraba el sol por las puertas de vidrio de adelante y se escuchaba a los pájaros cantarle al paño fijo de la ventana del fondo. En el medio, ella y yo, a solas. Un reloj parado a las dos y media, que era una hora que no hablaba de ella ni de mí. Tampoco del presente, porque eran las siete veinticinco de la mañana. El reloj estaba quieto, pero yo sabía que con dos pilas volvía a recuperar sus futuros. Mi abuela también había elegido detenerse y había escondido sus pilas en un lugar al que sólo ella podía acceder. Pero decidió que era mejor no ir a buscarlas.



El día menos pensado (Alberto Gimeno)




"Un hospital. El ancla en el fondo de un hueco que nos persigue. La industria del dolor. Un camuflaje en cada risa. El tumulto callado de los enfermos. La mansa y pasmada expresión de quienes se han acostumbrado a reconocerse por los pasillos. La incesante variedad del mismo acatamiento. Una diálisis mental que no termina de lavar la idea fija de ser otro. La apoteosis del eufemismo. Una metódica profanación del ego. El consuelo de desaparecer. Las noches en que no hay otra ambición que claudicar. Las máscaras de la paciencia. Escuchar: “El pañal priva a la defecación de toda su ceremonia”. Sufrir en silencio el éxtasis de quienes nos describen lo consabido. Las magulladuras de la piedad. La textura incipiente del despojo. Estar por una vez de acuerdo: “a los médicos los miramos unidos a su pedestal”. El apogeo de la rendición. El cáncer de lo evidente. Enterrar y callar. Los paliativos de la conciencia. ¡Bienvenidos al país de siempre jamás! Las hordas de los domingos. Reírse: “Buenos días, estoy esperando a mi madre, que llega con la nueva camada de meonas”. Los señuelos de vida que vienen humeando sobre las bandejas. El aliento de la carroña. El timbre. Los dedos. El desasosiego de los dedos sobre el timbre. El desenfreno de aceptar que todo tiene su fin. Escuchar sin responder: “Las panchitas son mejores cuidadoras; no necesitan adaptarse a la degradación pues han nacido con ella”. Esa sombra que llora. Las horas como viruta. Un talador del sueño en cada cama. Una requisa constante de lo que aún perdura. Cuánta tácita humillación a la espera. Los gritos sin ubicar. Las quejas, los murmullos, las plegarias sin rostro. El cálculo iracundo de las horas que pasan riendo las enfermeras. Esas enfermeras dándote un sobre de galletas a escondidas. Comerlas a oscuras mientras sigues oyendo reír a las enfermeras. Una eufórica ilusión de eutanasia. La fortaleza de la propia cobardía. El remordimiento de haber sacado del escondite la ocultación pactada. Acostumbrarse a reír lloriqueando. El cauce moroso y turbio de las verdades que se escapan. La almohada húmeda de lágrimas. Aventurarse en la mente al escuchar: “¿Y no será eso del alzheimer una forma de posesión de los extraterrestres...? ” Las miradas furtivas en los ascensores. Levantar los párpados a la fuerza, desde dentro. El clamor de la espera. El silencio fraternal del miedo. La desactivación de decidir. El azote del desvelo. La radio que envilece el silencio. La luz sin clemencia de los pasillos. El feudo de la succión. Un dormir que es también fatiga. .Despertarse de lado, a la contra, entero, a medias, por porciones. Estar de pie como un puñetazo sin destino. La mañana. Marcharse y regresar en el mismo pestañeo. Decir sí a todo sin darse cuenta. El canje de revistas y suspiros. El código que establecen los goteros. La jerarquía de las sondas. Orinar silbando tercamente. Reincidir en el alivio del mañana. Sobre la cama alguien, aún gallardo, aún enérgico: “ Ya ves: se apaga uno”. Desde el umbral de la puerta, de un anciano a otro: “Ja, ja, cuando un pobre come merluza, uno de los dos está malo”. El descrédito de la carne humana. El vivo que sobra. Dar por bueno que sin dolor no hay recompensa. La frecuencia que termina siendo olvido. El tóxico de lo irreversible. Recibir simultáneamente la dádiva y su coste. Psicodramas en las sábanas blancas. Porfiar para que entre en razón quien nos priva de ella. Un cielo de cinco minutos antes de la tormenta. Morder con la boca cerrada. Poner a remojo el orgullo como una dentadura postiza en el vaso de agua. Un túnel a campo abierto. El flagelo de los sobresaltos. El rito de ir encajando dentro del marco del espejo. Las flatulencias que se escapan como agua por el aliviadero de una presa. Sonreír sin querer: “Esa ya puede morirse tranquila: ha conseguido que vengan a verla todos sus hijos en silla de ruedas”. Notar cómo te inyectan calma y desesperación con la misma aguja. El elixir de la excusa constante. El desquite de la realidad en los quirófanos. Los besos con cautela. El guiño entre camas. De un moribundo a otro el cruce de guiños frente al culo de la enfermera. De un paciente a otro la luz, otra luz de pronto. Otra luz de pronto en la habitación. Otro fulgor a través de los cristales. En el cielo otra luz y otros colores. Y un estallido que se impone al de las toses y las quejas. Y yo miro al cielo y me incorporo del asiento. Y mi tía me llama y no le presto atención. Y me acerco a la ventana. Y encuentro a otros que, como yo, se han apartado de su puesto. Y contemplamos el cielo dividido en porciones de destellos. Y los fuegos de artificio se suceden como olas que saltamos con los ojos. Y los enfermos alzan sus cabezas de la cama. Y se alborozan y murmuran en torno al centro de nuestros cuerpos. Y preguntan qué se ve, qué vemos. Y ensanchamos nuestro círculo frente a la ventana. Y los yacientes se admiran y reclaman más separación entre nosotros. Y unas enfermeras acuden y se callan a nuestra espalda. Y todos nos quedamos en silencio, cada uno prendido a su sonrisa, cada cual buscando su cobijo en esa carcasa y en aquella otra y otra más que alcanza a iluminar los dientes al descubierto de mi tía."



                   



martes, 6 de septiembre de 2016

Visitas



    Suena mi timbre y salen a abrir los senegaleses. Descubrí que no es casual. Inventaron un sistema que tiene en cuenta:
* que el mío suena (el de ellos no) 
* que sus invitados saben que es un timbre ajeno (lo vi en sus caras) 
* que mi vecina/o baja enseguida (yo suelo demorarme). 
    A veces pienso en adelantarme y arruinarles alguna parte del plan, o imagino si los vecinos pondrán la misma cara de desconcierto que yo, cuando bajan y no es para ellos sino para mí. 
    Pero el sistema nunca les falló. 
    Ya no intento abrir, prefiero que lo hagan ellos. En algún lugar del tiempo mi timbre cambió de amo. Y probablemente asesinó también a todas las visitas que no llegan.