lunes, 22 de enero de 2018

Azul


   No me copa la idea, pero voy. Sabemos cómo están las cosas. Presiento que estoy pagando caro el ácido que conseguiste. Manu dijo que había pegado de los buenos y que nos los vendía al precio de antes.
   Creo que me pasás factura por las veces en que te dejé colgado. También puede ser que sientas de qué quiero hablar y te lo estés cobrando por adelantado.
    Pusimos una manta en tu jardín, al lado de la pileta. Hablamos boludeces hasta que el alrededor empezó a desenfocarse.
-   El pasto se pone azul, ¿ves? - dijiste y te brillaban los ojos. Temblabas, tirado en el piso.
    Yo también temblaba, pero todavía no podía despegar de la cabeza. La charla se venía estirando, no tenía sentido postergarla. Sabía que veníamos esquivando el borde, pero no por eso desaparecía.
     Pero intenté volver, sostener el presente: el hoy en el jardín.
-   El árbol se mueve y baila, mirá - te contesté mientras me alejaba, tratando de seguirte el paso y disfrutar los acuerdos.
    Miraste para donde señalé y me seguiste la corriente. Sonreíste. Los labios se te abrieron y cerraron al ritmo de la canción que te sonaba en la cabeza desde ayer.
-   Pero ¿viste el pasto?- insistís.
-   No, el pasto está igual
    Mi respuesta te desilusiona. El viaje te hace alertar los sentidos y percibís lo que no sería claro de otra manera. Los dos sabemos que estamos hablando de lo que no queremos hablar.
-   ¿Te cortaste sola? ¿Te abrís?
-   No sé – Mi respiración se acelera. Tu pregunta me agarra en el medio de una subida
    Te quedás callado. Sé que el animal que nos suele acechar puede convertirse en monstruo y no quiero cagarte el día. No quiero que me relaciones con un dinosaurio que te pisa la cabeza. No quiero que sea el recuerdo que hayamos construido.
    Las nubes, mientras, se contraen y expanden, como pulmones. Vuelvo a viajar.
-   Las nubes sí, mirá cómo cambian
    Nos distraemos con el cielo, por tres minutos. Me acuerdo de la película “Vainilla sky” por asociación, y las nubes se retuercen.  Son de un amarillo que tiene gusto a helado.
    Me da frío el helado imaginario. O lo otro, decirlo, ¿cuándo? Ahora un peso que no está me tira para atrás. Flasheo alas para equilibrarme y jugar a ganar, esta vez, por hoy.
-   Viene un dinosaurio. Quedate. – decís, mientras el monstruo nos crece, inevitable. 
    No tengo armas para defendernos donde estoy, desnuda y con alas de papel amarillo. Me dura el color y el frío. No sé tampoco si quiero ganar o perder. Las alas se desprenden con el viento y hacen ruido a vasos que se rompen.
    Pero sé volver sana, y lo hago. El dinosaurio lame el helado que me pegotea la mano. Oscurece, no sé dónde. Mirando lo negro, cayendo sobre el piso lleno de preguntas, te digo:
-   Tenés razón, se va poniendo azul el pasto.
    Tu cara se ilumina, como si celebraras la victoria. Yo sólo quisiera que el azul fuera de verdad y que durara.

lunes, 1 de enero de 2018

Rellenos





















Estaba apurada, todavía tenía que terminar de preparar la comida y tomar el colectivo para llegar a las 7, 8 no muy tarde. Era nuevo esto de estar preparando cosas para la Navidad, pero no quería que mi vieja laburara, y había tomado la posta. La pasaríamos solas.
Teléfono. Era ella.

- ¿Cómo estás? - dijo
- Acá, preparando los piononos.
- ¿De qué los hiciste?
- Uno de roquefort, nueces y aceitunas negras y el otro de atún con aceitunas rellenas.
- Te faltó el morrón
- …
- ¿Venís a las 8?
- Probablemente, creo que sí
- Porque a veces venís como a las 10
- También puede ser

    Después me contó que el fluorescente, la triste luz principal del comedor, se había roto. Dije que la cambiemos por otra de atrás, una del patio. Dijo que no, que no era el fluorescente sinó la llave o la conexión eléctrica. Pero que la otra luz, la lamparita secundaria del comedor, algo haría por nuestra noche. Me imaginé el panorama y pensé que, definitivamente, iba a llegar a las 10.

    Abrí la lata de atún, mientras recordaba cuando él me preguntaba por qué no era más cariñosa. Después desmenucé todo eso con el tenedor hasta que dejó de parecerse a algo que cierta vez estuvo vivo y lo mezclé en silencio, que va muy bien en este tipo de rellenos.


sábado, 20 de mayo de 2017

Fragmento de "El pozo" (Juan Carlos Onetti)

        "El amor es algo demasiado maravilloso para que uno pueda andar preocupándose por el destino de dos personas que no hicieron más que tenerlo, de manera inexplicable. Lo que pudiera suceder con don Eladio Linacero y doña Cecilia Huerta de Linacero no me interesa. Basta escribir los nombres para sentir lo ridículo de todo esto. Se trataba del amor y esto ya estaba terminado, no había pri­mera ni segunda instancia, era un muerto antiguo. Qué más da el resto. Pero en el sumario hay algo que no puedo olvidar. No trato de justificarme; pueden escribir lo que quieran las ratas del juzgado. Toda la culpa es mía: no me interesa ganar dinero ni tener una casa confortable, con radio, heladera, vajilla y un watercló impecable. El trabajo me parece una estupidez odiosa a la que es difícil escapar. La poca gente que conozco es indigna de que el sol le toque en la cara. Allá ellos, todo el mundo y doña Cecilia Huerta de Linacero.
          Pero en el sumario se cuenta que una noche des­perté a Cecilia, “la obligué a vestirse con amenazas y la llevé hasta la intersección de la rambla y la calle Eduardo Acevedo”. Allí, “me dediqué a actos pro­pios de un anormal, obligándola a alejarse y venir caminando hasta donde estaba yo, varias veces, y a repetir frases sin sentido”. Se dice que hay varias maneras de mentir; pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocul­tando el alma de los hechos. Porque los hechos son siempre vacíos, son recipientes que tomarán la forma del sentimiento que los llene.
          Aquella noche nos habíamos acostado sin ha­blarnos. Yo estuve leyendo, no sé qué, y a veces, de reojo, veía dormirse a Cecilia. Ella tenía una expresión lenta, dulce, casi risueña, una expresión de antes, de cuando se llamaba Ceci, para la que yo había construido una imagen exacta que ya no podía ser recordada. Nunca pude dormirme antes que ella. Dejé el libro y me puse a acariciarla con un género de caricia monótona que apresura el sue­ño. Siempre tuve miedo de dormir antes que ella, sin saber la causa. Aún adorándola, era algo así como dar la espalda a un enemigo. No podía so­portar la idea de dormirme y dejarla a ella en la sombra, lúcida, absolutamente libre, viva aún. Es­peré a que se durmiera completamente, acaricián­dola siempre, observando cómo el sueño se iba ma­nifestando por estremecimientos repentinos de las rodillas y el nuevo olor, extraño, apenas tenebroso, de su aliento. Después apagué la luz y me di vuel­ta esperando, abierto al torrente de imágenes.
          Pero aquella noche no vino ninguna aventura pa­ra recompensarme el día. Debajo de mis párpados se repetía, tercamente, una imagen ya lejana. Era precisamente, la rambla a la altura de Eduardo Acevedo, una noche de verano, antes de casarnos. Yo la estaba esperando apoyado en la baranda me­tido en la sombra que olía intensamente a mar. Y ella bajaba la calle en pendiente, con los pasos lar­gos y ligeros que tenía entonces, con un vestido blanco y un pequeño sombrero caído contra una oreja. El viento la golpeaba en la pollera, trabán­dole los pasos, haciéndola inclinarse apenas, como un barco de vela que viniera hacia mí desde la no­che. Trataba de pensar en otra cosa; pero, apenas me abandonaba, veía la calle desde la sombra de la muralla y la muchacha, Ceci, bajando con un ves­tido blanco.
          Entonces tuve aquella idea idiota como una obse­sión. La desperté, le dije que tenía que vestirse de blanco y acompañarme. Había una esperanza, una posibilidad de tender redes y atrapar el pasado y la Ceci de entonces. Yo no podía explicarle nada; era necesario que ella fuera sin plan, no sabiendo para qué. Tampoco podía perder tiempo, la hora del milagro era aquella, en seguida. Todo esto era demasiado extraño y yo debía tener cara de loco. Se asustó y fuimos. Varias veces subió la calle y vino hacia mí con el vestido blanco don­de el viento golpeaba haciéndola inclinarse. Pero allá arriba, en la calle empinada, su paso era distinto, reposado y cauteloso, y la cara que acercaba al atravesar la rambla debajo del farol era seria y amarga. No había nada que hacer y nos volvimos."

martes, 2 de mayo de 2017

Info


Nos vemos también por acá: 
                                                                                                                       
                                FLOWERLAND 
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martes, 25 de abril de 2017

Un pato gris que nada hacia adelante



Dijeron que tenías una patología
y yo en un momento así, me imaginé un pato
pero no fue en broma ni a propósito.
Después dije doctor de donde viene la palabra
y volvió a decir “pathos”  (con hache)
y ”logia” (con ge)
y que en resumen es el estudio 
de las enfermedades,
aunque también se refirió al conjunto
de males que puede tener el hombre,
y yo me acordé de Pandora, que abrió la caja
por curiosa, y los desparramó a todos. 
Después pensé que si todos los males 
pudieron entrar en una caja mitológica, 
no debían ser tan graves
porque se dejaron guardar y tapar
como cachorros.
   -  No le tengo miedo a las cosas 
que se pueden tapar, doctor 
le dije, y él no entendió mucho
y siguió explicando que era irreversible 
y yo dije doctor
de dónde viene la palabra.
Y dijo que “revertor” (con ve corta)
es volver sobre sus pasos
y que el “ir” de adelante (con i latina)
quiere decir que no se puede.
Y que en resumen es algo 
que no vuelve al estado de antes,
que no se deshace,
y yo pensé qué lástima
porque antes significaba algún color
que cambiaba con el tiempo, pero siempre
se mantenía en los primarios,
mientras que hoy la falta de ellos
inunda el horizonte 
y también tu piel, que ahora es gris
y lenta, como la de un pato 
que nada tranquilo
sin poder volver atrás. 
Y no sé qué quiere decir eso. 
Quizás debí preguntarle al médico
pero creo que no le gusta 
o no sabe
hablar de colores.

miércoles, 19 de abril de 2017

Cinco minutos de audio

     Dos horas sin abrir el celular. El audio seguía mostrando evidencia de no haber sido escuchado, pero no había sido un error ni una omisión. Ella lo eludía a conciencia, aunque tenía muy presente el remitente y los cinco minutos con veintidós segundos rellenos con su voz. Pensó cuántas palabras puede decir el ser humano por minuto (una vez había leído que podemos emitir entre 170 y 190), e hizo el cálculo. Existirían también los silencios intercalados, que también pesaban. ¿Cuántas páginas de un libro podrían llenarse con cinco minutos de monólogo? Y por último, la pregunta más importante: ¿Qué querría decirle, después de tantas semanas?

     Preparó un té y especuló con la posibilidad de un encuentro, de que él hubiera madurado la última conversación y planteara los ítems que posibilitaran un acuerdo. ¿Las heridas podían cerrarse con un café con tres de azúcar, con las galletitas de siempre? 

     El té estaba caliente y sopló. El vapor dobló hacia la derecha y se deshizo, camino al techo. Él había desaparecido casi de la misma forma, pero ella no sabía hacia qué dirección. Había dejado su ropa y sus objetos queridos por todas partes. Eso lo seguía atando a ese departamento, que ya no era su casa sino su caja fuerte. Él no viviría allí adentro, pero al parecer seguía considerándolo como un buen lugar para guardar valores. Ella no era uno de esos objetos preciados, sino la tesorera de un banco de hielo. Y en su misión de resguardar todo, había dejado los objetos en su lugar, como si ella hubiera pactado con el tiempo para  esperarlo y dejarlo pensar. El tiempo podía ser nuestro aliado, si llegábamos a convencerlo. 

     Prendió el televisor pero no pudo concentrarse, a pesar de que había comenzado la novela de las seis. Sabía que no podía alargar la espera, pero disfrutaba de todas las posibilidades que coexistían en una misma realidad, como si los mensajes sin abrir fueran gatos de Schrödinger; uno desconoce si están vivos o muertos hasta abrir la caja que los contiene. El gato debía estar vivo si era capaz de escribir un mensaje, de hablarle cinco minutos a un teléfono pensando en ella. El gato debía estar muerto para no tocar el timbre, para dejar que las horas se arruguen hasta verlas caer.

     Tomó el celular y tuvo miedo. Una vez abierto, cualquier cosa que se dijera sería inevitable y la obligaba a actuar. No sabía si quería tomar decisiones. Fuera de su casa tenía un trabajo exitoso, donde definía situaciones todo el tiempo. Descansar de eso en las cuatro paredes de su casa, la llenaba de contrastes que le hacían bien. 

     Y también estaba la verdad, que había faltado aquel día, el último. La sinceridad, como único manto de valor, formulada en píldoras, en cuotas difusas, para no sangrar de golpe, para no despintar las sonrisas. Y ahora en su nueva versión tecnológica, en cinco minutos de audio. Pero estas semanas habían cambiado su percepción de las cosas. Ya no valoraba tanto la verdad, prefería la paz que había construido a solas. El mensaje, el libro firmado y editado contando lo que había sucedido después, o los motivos del antes, conformaba una sola versión de los hechos, de todas formas. Apto para todo público, decorado con flores de estación, sin gestos espontáneos.

     Fue a bañarse, para ganar quince minutos. El agua ofrecía otros sonidos menos importantes que agradeció. Pero la quietud aceleró su ansiedad y ya no pudo esperar. Se secó con el toallón rojo que él había usado la última vez que se había duchado (todavía tenía su perfume), y aún desnuda, abrió el mensaje y escuchó. 

     Su cara imitó un cuadro durante esos minutos; la mirada se clavó en el almanaque que tenía pegado en la puerta de la heladera. Dejó el celular en la mesa y como tuvo frío, cortó las etiquetas y se vistió con una remera y un pantalón que había comprado esa semana, para una ocasión especial. Después juntó la ropa de su marido (algunas medias y camisas todavía estaban en el rincón derecho de la cama), los zapatos de cuero negro, sus rompecabezas de autos antiguos, el bolso de piel que había comprado en el último viaje, la raqueta y las pelotas que le habían regalado los nietos, los discos de Elvis, y metió todo en una caja para donarla a cualquiera que necesitara esas porquerías.


lunes, 17 de abril de 2017

Musas

Un texto publicado hoy en 
El Corán y el Termotanque   (↶GO!)




A veces se da al revés. Están los días en que no te baja una idea,
y pretendés no levantarte hasta que aparezca la  inspiración y se transforme en esa puta que haga lo que pedís, hasta que se te vayan las ganas, hasta que dejes de inspirar, o de respirar, o incluso de esnifar musas que ante cualquier distracción, coagulan y empiezan a trabarse en algún caño entre tu nariz y tu neurona.  Entonces se cansan y se van, así como llegaron. A veces se da eso, y a veces, se da al revés. Se da que ellas, las esnifadas, vuelven, ya sabiendo por donde entrarte, pero esta vez gratis, a suplicar que las recibas, que las lamas, que las escupas, húmedas, sobre un papel salvaje y a mano alzada, pero vos das vueltas, y vueltas, ante su urgencia de viajarte y llenarte toda neurona, porque sabés que lo único que hoy traen, es negro y tristísimo, y es por eso que te negás terminantemente a sentar el culo en la silla, que hoy tiembla y te expulsa como maleficio.  Pero es inútil, porque esa historia  que te atravesó en este tiempo, ya te pasó, ya está escrita hasta en sus comas por sí misma, y fue parida por tus musas aunque vos no estés, aunque vos no quieras hacerte cargo de que esos también son tus hijos, y son horribles.