sábado, 11 de julio de 2026

Ser pasillo

 

                                                        (A V.P., quien acuñó el título)

El vals transcurre entre paredes de neblina.

Se agita el sepia de mi cuerpo

sin poder decidirse todavía

por la claridad de un color.

Ahí, en la rareza de la intermitencia

siguen escribiéndose solos

los nombres de las máscaras

que giran sobre mi ánimo como trompos inalterables.

El camino, mientras tanto, dice que avance en la confianza,

que sea paso mientras dejo de ser el suelo,

pero las plantas de mis pies crecen lentamente, todavía,

como semillas prematuras que brotan en invierno.

Se nace igual, me digo, como las mañanas.

Todo corazón se cuece a las brasas y a las espinas

Pero eso: lentamente.

Hoy siento el recorrido del mundo sobre mi espera.

Hoy siento que caminan en mí los pasos

de los que saben hacia dónde.

Soy pasillo, hoy. Mañana

(pronto, cerca),

seré claridad y destino. Pero hoy

solo quiero mirar cómo todo lo lento cura

mientras ruego que lo que cura me haga sitio.





viernes, 5 de junio de 2026

Siete inviernos

 

"Lasciate ogne speranza, voi ch'intrate" 
(Dante Alighieri)

Bienvenido al subterráneo de la carne,
al error del plan, al cuerno dentro del ojo
a la vida que no era lo que pensábamos
a la oscura estrella dentro de tu estado de ánimo.
Todos llegamos acá porque no leímos los carteles
llenos de luces rojas al costado del camino
pero ellos no están hechos para verlos 
dentro del auto que flota en movimiento.
Ahora, en la enorme nada
que se mete como un virus en los pulmones
las sábanas dejan de velar 
las luces de las luciérnagas del fondo 
que al final eran opacas.
Bienvenido, entonces,
al surmenage del mundo, el del fondo del frasco.
Acá todo se mueve con lentitud qurúrgica 
y cada palabra tiene el don del rayo que te parte.
Bienvenido, aún así. No hay festejos.
Acá somos muchos los que esperamos un rescate
cuya burocracia está ocurriendo 
dentro del trámite de un cuerpo 
que ha perdido todo menos la memoria. 
Te asignamos aquel rincón,
el del costado derecho. 
Le da algo de sol por las mañanas 
y no humedecen el piso las goteras.
Ojalá encuentres pronto tus salidas, 
pero es bueno que sepas, mientras tanto,
que entre todos abrigamos 
un lugar a salvo en medio de los terrores
y que cada uno de los días, cerca de las ocho 
nos reunimos en el centro de este pozo 
para abrazar el combustible incombustible
que corrompe el fuego de nuestras hogueras,
ya que queman menos si las alimentamos
con el rumiar de los cristales rotos
que cada uno involuntariamente 
trajo clavados como dientes en la espalda. 

martes, 31 de marzo de 2026

Formas de la luz


Monocromo y Sepia se miran y son suficientes.

Sobre ellos resbala el color que cae en copos tornasolados.

Impermeables a otros, fieles a los pactos instintivos

amasan todas las formas de la luz

hasta convertirlas en una esfera cóncava y convexa

un Aleph con el que juegan en las noches 

que es capaz de explicar el todo y las partes de lo simple

demostrando que eso, en su para siempre, alcanza.

No hay  presente ni futuro que sea urgente o importante

fuera de los tonos que fabrican a partir de la nada entre las patas,

entre la carne y pelo y la tarde que se apoya en sus hamacas

y el silencio que forma esperas en los atrapasueños

que al fin hablan, y hablan de ellos, que así de indiferentes

frente a otro mundo que no sea el suyo propio

nos han hecho reformular  la física con su mantra involuntario

que descoloca las definición de algunas sinestesias

y describe al color como una abstracción que solo ocurre

cuando otros ojos y una intención cercana

deciden construir un refugio seguro y nutuo

muy adentro, bien adentro del que nosotros habitamos.


sábado, 13 de diciembre de 2025

El lavado como problema de territorios (II)

 

                                                               PH: Jesmond Magro

Mucha risa te da. Mucha risa. Te reís

cuando voy hasta el balcón y digo: 

Soy como este brochecito de madera.

Creés que solo una mente estúpida se aferraría

a un broche de ropa con todos los dedos,

como si las garras protegieran un secreto, un nido

una cosa que importa, un nombre 

al que le crecerá una mayúscula en el futuro.

Pero un broche de ropa, decís. Un palito de la ropa

marrón, quebradizo, desteñido ¿le importa a quién?

Y eso es todo lo que necesito para el desencanto. 

Esa idea, ese desprecio sobre la cosa mínima. 

Ese regodeo que se apoya en las varas imaginarias

de la importancia propia ejercidas contra un palito 

que no nació para darle valor a los ajenos 

ni para pasar pruebas que no le incumben.

Dejalo. Dejá, digo mientras cuelgo sobre la soga 

una sábana de tela blanca 

que no significa de ningún modo estar rendida, 

significa pared que me deja de este lado 

que es contrario al tuyo, justamente. 

Voy a caminarlo, ¿sabés? Voy a absorberlo

y es el humilde palito quien sella el pacto interno 

que corta nuestro balcón por la mitad 

como si lo hubiera derrotado una tijera, un hacha,

o el derrumbe definitivo de lo que cae con el peso 

de las mil veces que ha recaído antes. 

Algún día va a entenderlo, digo. 

Algún día, ya muy lejos de este día,

existirá un broche en lo lejano de otra soga

madera noble que se moja y al día siguiente ya está seca

péndulo que se polariza en bailes con el viento

dispuesto no digo a apretar, sino a sostenerse 

y sostener, sostenerlo,

y apenas brille el sol de la tarde en su nervio, 

en su nudo de metal introvertido,

él percibirá un corazón en esa forma acaracolada y fría, 

y dirá, en un eco que ya no llega: 

¿cómo no me di cuenta?

El lavado como problema de territorios (I)

Querido vecino que todos los sàbados

desde hace meses

cumplís con tu rutina de asado nocturno

para la familia tipo,

te pido por favor

que te permitas el sabor de la aventura

y el insight de los nuevos ingredientes.

Improvisar 

es un acto de rebelión necesario

en la rutina y el orden 

de una pareja con dos hijos. 

Quizás puedas considerar que los martes 

también existen y son buenos para el asado

ni te digo los jueves, en que la carne

está tan fresca que todavía

huele a campo y no a matadero.  

Te cuento que esos días son ideales 

para la cocina al aire libre

pero no para el lavado de ropa del resto.

Justamente los sábados, aquellos 

que no tenemos terrazas

ni parrillero, ni familia tipo

nos ocupamos de lavarla.

Te juro que no es nada en tu contra.

Es que este fue un año difícil 

y me encantaría 

que, por una vez,

al sacar la ropa interior de la soga, 

el domingo, 

no tenga olor a humo

ni a chinchulines 

y mucho menos a familia.

domingo, 12 de octubre de 2025

El barquero (Sharon Olds)

                          In memoriam (13/10/13 - 13/10/25)

Tres años después de su muerte, mi padre

vuelve a trabajar. Después de veinticinco años

desempleado, está muy contento

de haber sido contratado, llega puntual,

trabajador incansable. Se sienta

en la proa de la barca, dulce timonel,

de espalda a los pasajeros. Está muerto,

pero se arrodilla erguido, mirando hacia delante,

a la otra orilla. Alguien ha cerrado

su boca, de modo que se lo ve más cómodo

—ni sediento, ni necesitado— los ojos        

abiertos, bajo el iris la línea negra

que apareció con su muerte. Está tranquilo.

Su nuevo empleo es una broma entre los dos,

le encanta bromear conmigo, no ha perdido

su cara de póquer. Mascarón de proa de marfil,

hombre alto, demacrado, costillas, pezones, labios,

cada vez que traigo a alguien

y lo pongo en el barco y lo empujo,

mi padre lo lleva remando a través del río

hacia la lejana orilla. No hablamos:

él sabe que se trata de alguien

de quien me quiero deshacer, alguien

que me hace sentir fea y asustada. No le digo

como lo hacías tú. Él conoce el oficio

y lo disfruta. Cuando arrojo a alguien dentro

él no mira hacia atrás: lo lleva directamente

al infierno. Quiere trabajar para mí

hasta que yo muera. Sabe que entonces

iré hasta él, subiré a su barca

y me dejaré llevar, estiraré mi mano amplia

hacia la suya, lo ayudaré a desembarcar,

nos abrazaremos como dos que nunca nacieron,

desnudos, sin respirar, nos cubriremos

hasta los labios con el oscuro manto de la tierra

y descansaremos juntos al final de la jornada.


Sharon Olds (San Francisco, 1942), El padre, traducción de Mori Ponsowy, Bartleby Editores, Madrid, 2004

lunes, 6 de octubre de 2025

Charles Bukowski - La historia de un tenaz hijo de puta

Una noche llegó hasta la puerta mojado, flaco, golpeado y aterrado

un gato bizco y sin cola

lo llevé adentro le di de comer se fue quedando

y me iba tomando confianza hasta que un amigo

estacionando el auto en la entrada

le pasó por encima,

llevé lo que había quedado de él al veterinario que me dijo:

"no hay muchas chances… dale estas pastillas… tiene la columna

quebrada, pero ya se la había quebrado antes y de alguna manera

se le arregló, si sobrevive no volverá a caminar,

mirá esta radiografía, alguna vez le dispararon, fijate, los perdigones

todavía están ahí… además, alguna vez tuvo cola y alguien

se la cortó…"

Traje al gato de vuelta, era un verano caluroso, uno de los más

calurosos en décadas, lo instalé en el piso del baño,

le puse agua y le di las pastillas, no comía,

no tocaba el agua, yo me mojaba un dedo,

le humedecía la boca y hablaba con él, no salí a ninguna parte,

pasé un montón de tiempo en el baño, le hablaba,

lo tocaba con suavidad y él me miraba

con esos pálidos ojos bizcos y con el correr de los días

hizo su primer movimiento,

avanzó a rastras con sus patas delanteras

(las de atrás no le funcionaban),

llegó hasta su caja de arena

y se metió reptando en ella,

eso fue como la trompeta que anunciaba una posible victoria

sonando en ese baño y en la ciudad,

le conté a ese gato que yo también la había pasado mal,

no tan mal pero sí lo suficientemente mal,

una mañana lo consiguió, se paró, se volvió a caer

y se quedó mirándome.

"vas a poder", le dije.

Siguió intentándolo, se levantaba, se caía, al final

caminó unos pasos, parecía un borracho,

las patas de atrás sencillamente no querían andar y se volvía a caer,

descansaba y se volvía a parar.

Ustedes ya saben lo que sigue: ahora está mejor que nunca, bizco

casi sin dientes, pero la gracia está de vuelta

y esa mirada que nunca lo abandonó…

A veces me hacen reportajes, quieren escuchar acerca

de la vida y de la literatura y yo que estoy borracho, alzando a mi gato bizco,

baleado, atropellado, descolado, les digo: "miren, miren esto"

Pero no entienden, preguntan cosas como: "¿dirías

que estás influenciado por Celine?"

"¡no!" y levanto al gato "¡estoy influenciado por lo que pasa,

por cosas como ésta, por éste, por éste!"

Sacudo un poco al gato, lo sostengo

en la luz neblinosa y borracha, él se relaja, él sabe…

y entonces se termina la entrevista,

a veces me siento orgulloso cuando después veo las fotos,

ahí estoy yo y ahí está el gato y nos fotografiaron juntos.

él también sabe que todo eso es una estupidez pero que de algún modo ayuda.

jueves, 28 de agosto de 2025

Piedras



Insensible, dice. 

De mí, eso dice.

No sabe que mi madre recuerda, 

todavía

que me gustaba jugar

a envolver piedras

que guardaba después

en carteras viejas

y no las liberaba nunca.

Ahi viven, desde entonces,

pesando.


domingo, 3 de agosto de 2025

Oportunos


¿Cómo hacen los que ven belleza en todas partes

para que lo bello los encuentre despiertos

sin haber puesto ninguna alarma? 

¿Cómo hacen

para coincidir en su cuadra, en su vereda

siempre bien parados, alertas,

siempre con los lentes limpios, 

justo cuando pasa?

lunes, 10 de febrero de 2025

«El retrato oval» (Edgard Allan Poe)


El castillo en el cual mi criado se le había ocurrido penetrar a la fuerza en vez de permitirme, malhadadamente herido como estaba, de pasar una noche al ras, era uno de esos edificios mezcla de grandeza y de melancolía que durante tanto tiempo levantaron sus altivas frentes en medio de los Apeninos, tanto en la realidad como en la imaginación de Mistress Radcliffe. Según toda apariencia, el castillo había sido recientemente abandonado, aunque temporariamente. Nos instalamos en una de las habitaciones más pequeñas y menos suntuosamente amuebladas. Estaba situada en una torre aislada del resto del edificio. Su decorado era rico, pero antiguo y sumamente deteriorado. Los muros estaban cubiertos de tapicerías y adornados con numerosos trofeos heráldicos de toda clase, y de ellos pendían un número verdaderamente prodigioso de pinturas modernas, ricas de estilo, encerradas en sendos marcos dorados, de gusto arabesco. Me produjeron profundo interés, y quizá mi incipiente delirio fue la causa, aquellos cuadros colgados no solamente en las paredes principales, sino también en una porción de rincones que la arquitectura caprichosa del castillo hacía inevitable; hice a Pedro cerrar los pesados postigos del salón, pues ya era hora avanzada, encender un gran candelabro de muchos brazos colocado al lado de mi cabecera, y abrir completamente las cortinas de negro terciopelo, guarnecidas de festones, que rodeaban el lecho. Quíselo así para poder, al menos, si no reconciliaba el sueño, distraerme alternativamente entre la contemplación de estas pinturas y la lectura de un pequeño volumen que había encontrado sobre la almohada, en que se criticaban y analizaban.

Leí largo tiempo; contemplé las pinturas religiosas devotamente; las horas huyeron, rápidas y silenciosas, y llegó la media noche. La posición del candelabro me molestaba, y extendiendo la mano con dificultad para no turbar el sueño de mi criado, lo coloqué de modo que arrojase la luz de lleno sobre el libro.

Pero este movimiento produjo un efecto completamente inesperado. La luz de sus numerosas bujías dio de pleno en un nicho del salón que una de las columnas del lecho había hasta entonces cubierto con una sombra profunda. Vi envuelto en viva luz un cuadro que hasta entonces no advirtiera. Era el retrato de una joven ya formada, casi mujer. Lo contemplé rápidamente y cerré los ojos. ¿Por qué? No me lo expliqué al principio; pero, en tanto que mis ojos permanecieron cerrados, analicé rápidamente el motivo que me los hacía cerrar. Era un movimiento involuntario para ganar tiempo y recapacitar, para asegurarme de que mi vista no me había engañado, para calmar y preparar mi espíritu a una contemplación más fría y más serena. Al cabo de algunos momentos, miré de nuevo el lienzo fijamente.

No era posible dudar, aun cuando lo hubiese querido; porque el primer rayo de luz al caer sobre el lienzo, había desvanecido el estupor delirante de que mis sentidos se hallaban poseídos, haciéndome volver repentinamente a la realidad de la vida.

El cuadro representaba, como ya he dicho, a una joven. se trataba sencillamente de un retrato de medio cuerpo, todo en este estilo que se llama, en lenguaje técnico, estilo de viñeta; había en él mucho de la manera de pintar de Sully en sus cabezas favoritas. Los brazos, el seno y las puntas de sus radiantes cabellos, pendíanse en la sombra vaga, pero profunda, que servía de fondo a la imagen. El marco era oval, magníficamente dorado, y de un bello estilo morisco. Tal vez no fuese ni la ejecución de la obra, ni la excepcional belleza de su fisonomía lo que me impresionó tan repentina y profundamente. No podía creer que mi imaginación, al salir de su delirio, hubiese tomado la cabeza por la de una persona viva. Empero, los detalles del dibujo, el estilo de viñeta y el aspecto del marco, no me permitieron dudar ni un solo instante. Abismado en estas reflexiones, permanecí una hora entera con los ojos fijos en el retrato. Aquella inexplicable expresión de realidad y vida que al principio me hiciera estremecer, acabó por subyugarme. Lleno de terror y respeto, volví el candelabro a su primera posición, y habiendo así apartado de mi vista la causa de mi profunda agitación, me apoderé ansiosamente del volumen que contenía la historia y descripción de los cuadros. Busqué inmediatamente el número correspondiente al que marcaba el retrato oval, y leí la extraña y singular historia siguiente:

“Era una joven de peregrina belleza, tan graciosa como amable, que en mal hora amó al pintor y se desposó con él. Él tenía un carácter apasionado, estudioso y austero, y había puesto en el arte sus amores; ella, joven, de rarísima belleza, toda luz y sonrisas, con la alegría de un cervatillo, amándolo todo, no odiando más que el arte, que era su rival, no temiendo más que la paleta, los pinceles y demás instrumentos importunos que le arrebataban el amor de su adorado. Terrible impresión causó a la dama oír al pintor hablar del deseo de retratarla. Mas era humilde y sumisa, y sentóse pacientemente, durante largas semanas, en la sombría y alta habitación de la torre, donde la luz se filtraba sobre el pálido lienzo solamente por el cielo raso. El artista cifraba su gloria en su obra, que avanzaba de hora en hora, de día en día. Y era un hombre vehemente, extraño, pensativo y que se perdía en mil ensueños; tanto que no veía que la luz que penetraba tan lúgubremente en esta torre aislada secaba la salud y los encantos de su mujer, que se consumía para todos excepto para él. Ella, no obstante, sonreía más y más, porque veía que el pintor, que disfrutaba de gran fama, experimentaba un vivo y ardiente placer en su tarea, y trabajaba noche y día para trasladar al lienzo la imagen de la que tanto amaba, la cual de día en día tornábase más débil y desanimada. Y, en verdad, los que contemplaban el retrato, comentaban en voz baja su semejanza maravillosa, prueba palpable del genio del pintor, y del profundo amor que su modelo le inspiraba. Pero, al fin, cuando el trabajo tocaba a su término, no se permitió a nadie entrar en la torre; porque el pintor había llegado a enloquecer por el ardor con que tomaba su trabajo, y levantaba los ojos rara vez del lienzo, ni aun para mirar el rostro de su esposa. Y no podía ver que los colores que extendía sobre el lienzo borrábanse de las mejillas de la que tenía sentada a su lado. Y cuando muchas semanas hubieron transcurrido, y no restaba por hacer más que una cosa muy pequeña, sólo dar un toque sobre la boca y otro sobre los ojos, el alma de la dama palpitó aún, como la llama de una lámpara que está próxima a extinguirse. Y entonces el pintor dio los toques, y durante un instante quedó en éxtasis ante el trabajo que había ejecutado. Pero un minuto después, estremeciéndose, palideció intensamente herido por el terror, y gritó con voz terrible: “¡En verdad, esta es la vida misma!” Se volvió bruscamente para mirar a su bien amada: ¡Estaba muerta!”

domingo, 5 de enero de 2025

Sueño I


PH: Karolina Trapp

   Sueño que una puerta imaginaria, de metal, bien pesada, cae sobre dos vecinos en el palier del edificio. Me entero cuando vuelvo a buscar algo a mi departamento (plata, una campera, no recuerdo) en medio de una salida con amigas. Mis amigas del sueño coinciden con mis amigas reales. Lo sé porque las veo en el taxi del que me acabo de bajar para buscar lo que voy a buscar dentro de mi edificio. Ellas hacen que el taxi me espere, parece que les prometí que volvería enseguida. 

   Subo las escaleras de la entrada de mi edificio del sueño. En el real no hay escaleras, y el piso del palier es de porcelanato gris, no de granito oscuro como ese. Soy consciente de esos contrastes, pero aún así sé que ese edificio es mi edificio. El puñado de vecinos que observan a los accidentados me ven entrar, y aparentemente me reconocen. 

   Los  heridos son un varón y una mujer. Él es más grande que ella. Mi yo del sueño sabe que habitan distintos departamentos. Miro al varón, que es de estatura pequeña y tiene rulos apretados, oscuros; se supone que vive en la planta baja, pero en la realidad en ese espacio está la cochera. La puerta de ese departamento que no existe es la que se ha caído sobre ellos. Ambos están conscientes, pero no pueden levantarse, aunque sí mueven los brazos y las piernas como lo harían las hormigas o algún insecto que ha quedado de espaldas al piso. 

   De alguna manera me siento parte de esa gente, de ese edificio. Los vecinos, preocupados, me incluyen en su charla sobre lo que está pasando y sobre la demora de la ambulancia. Empatizo genuinamente con todo aquello. La charla continúa hasta que recuerdo que mis amigas reales me esperan en el taxi imaginario, así que salgo a decirles que ya no esperen, que no voy a ir, que voy a dejar de asistir a la parte divertida de la noche para quedarme a esperar una ambulancia imaginaria que quizás vaya a salvar o no a los seres imaginarios que ni siquiera viven en el edificio, que es el mío, pero no se le parece.

jueves, 17 de octubre de 2024

Cinco de enero en dieciséis de octubre

 

La médica aferrada al protocolo del silencio.
Sus ojos que evaden  el contorno de mis ojos, de mi signo de pregunta  
y la habitación llena de gargantas con rincones anudados.
La gata sobre la mesa, acostada.
El alcohol que le moja la panza y la deja pegajosa.
La sonda del ecógrafo dando vueltas. En silencio.
Gira el alcohol, sus pelos, el futuro no tan eterno 
y el pasado en revisiones. Solo la luz blanca y negra
dice la verdad en la pantalla. La mujer también va a decirla a su tiempo
pero ahora tiene que inventar un molde para darle forma a la tristeza
y es por eso que en lugar de hablar de lo blanco, lo negro o lo indecible 
me ofrece todo el silencio como favor, como regalo
y no ve que en realidad me da un cálido apretón con manos
que esconden hojas de afeitar cuyas heridas no pueden retractarse.
Ella cree que la piedad es una reverencia amable 
que se hamaca en el borde de la duda, de los labios,
pero no sabe, o no aprendió todavía
que la mirada delata, y en el blanco del ojo, más adentro,
en su pupila honda como todo lo que grita
veo el llanto del tic tac inexorable del reloj y los cuchillos
que cantan el último el definitivo no va más y pierdo todo
en la ruleta del tiempo en que Mía y yo nos despedimos.



domingo, 28 de abril de 2024

Cinco de enero en nueve de enero


Pocas cosas cambian dentro del tiempo de los gatos,

por eso cuando cambian todo comienza a acelerarse.

Por ejemplo ahora, a sus catorce, acaba de morderme

y temo el daño, la marca de otros tiempos, 

pero me doy cuenta de que el dolor no viene nunca.

La marca que deja entra en una cajita de fósforos.

En un hueco áspero que redondea una caricia.

En una boca llena de dientes erosionados 

que bordan pespuntes delicados como encajes  

en la mano que no sangra ni sufre en lo más mínimo.

No sabe, no imagina ella que lo que más me duele

es pensarla indefensa después de todos estos años,

tan inútil en sus luchas contra molinos de viento 

tan quien fue, reina de mi selva de macetas marchitas

que ahora se seca con ellas, tan de a poco, 

aunque también es la de siempre, la que me avisa 

con maullidos enormes la intersección de sentido y tiempo

en su rutina de la tarde de todos los inviernos:

“Humana, no hay nada más importante en este momento.

La luz del sol acaba de tocar la biblioteca.”

Sé que algún día esta lección será lo único que nos quede

pero todavía no quiero que nos quede solo eso.

O al menos quisiera dejarle algo, tambien, yo a ella 

igual de valioso, pero no encuentro tanta pureza en mis gestos.

Solo puedo darle techo, agua, la comida que prefiere

y apelar al protocolo del amor y la ternura

cuando me muerde ferozmente entre algodones,

y por respeto a su intención, a su inconsciencia 

por respeto al paso del tiempo que nos queda,

miro la herida, me subo a ese dolor que habita en el futuro  

que no pertenece al mundo de la carne

pero adopta en el pecho la forma cruel que más nos daña,

y me aseguro de que ella vea ahora que la lloro

para que lo sepa también después, cuando ya no pueda verlo.


 

martes, 30 de enero de 2024

Dos de enero del veinticuatro

El pliegue catorce de la cortina termina con un gato en la ventana.

El dobladillo de la vida (a veces) no es más que eso:

la luz de la tarde apoyada sobre los bordes de los edificios,

la luz que muere enredada entre los pliegues de una cortina,

un gato que presencia esa muerte como otra paloma

que se apoya en la reja del balcón y no puede ser alcanzada

salvo desde el anhelo. El anhelo 

es el formulario menos oscuro de la esperanza. 

La esperanza solo funciona si tiene eco en alguna parte.

En este caso rebota en mí, en la luz, en la cortina,

en los pliegues que toda la tarde esperan al gato

para acariciarlo. En la paloma que solo anhela nido, huevo

y que coquetea con su olor para que el gato se relama, 

para que sueñe con atraparla cada tarde

para que en esa simple repetición 

encuentre los siete sentidos de una vida

que yo no soy capaz de aprehender

por más que renazca una vez, otra vez, y otra.


domingo, 23 de julio de 2023

Charles Bukowski a Jane Cooney Baker, fallecida el 22/01/62




así pues, te has ido

dejándome aquí

en una habitación con la persiana rota

y el Idilio de Sigfrido sonando en una pequeña radio roja.


y te fuiste tan rápido,

tan de repente como llegaste

y mientras te enjugaba la cara y los labios

abriste los ojos más grandes que aún pueda ver

y dijiste: «es posible que supiera

que eras tú»,

y me reconociste

aunque no durante mucho rato

y un viejo de piernecitas blancas

en la cama de al lado

dijo: «no quiero morir»,

y volvió a salirte sangre

y la sostuve en el cuenco de mis manos,

todo lo que quedaba

de las noches, y también de los días,

y el viejo seguía vivo

pero tú ya no,

nosotros ya no.


y te fuiste como llegaste,

me dejaste rápidamente,

me habías dejado tantas veces antes

cuando pensaba que me destrozaría

pero no me destrozaba

y tú siempre volvías.


ahora he apagado la radio

y alguien en el apartamento de al lado da un portazo.

la condena es firme: no te encontraré en la calle

ni sonará el teléfono, y ni un solo momento

podré estar en paz.


no es suficiente que haya muchas muertes

y que esta no sea la primera;

no es suficiente que pueda vivir muchos más días,

quizá incluso más años.


no es suficiente.

el teléfono es como un animal muerto que no

habla, y cuando hable de nuevo, ahora siempre será

la voz equivocada.


te he esperado otras veces y siempre has entrado por

la puerta. ahora tú tienes que esperarme a mí.



domingo, 18 de junio de 2023

Completar el álbum

 


No tengo muchas fotos con mi padre. Y él, al irse,
tampoco se llevó las suyas. Las del pasado. Las de su infancia.
Las de su adolescencia en el San Carlos.
Las del servicio militar obligatorio. 
Las diapositivas del viaje de casamiento a Bariloche.
Miro aquellas fotos y hablan de un chico que no me resulta conocido.
No sé por qué sonreía. No sé si en ese momento 
los atardeceres eran amarillos, blancos o naranjas.
Solo tengo un par de imágenes donde él está contento
y yo era muy chica para saber de últimas veces.
Él dejó atrás esas fotos para construir otras imágenes
de las que tampoco conozco nada. Los nuevos amigos.
Los nombres de sus mascotas. 
Por qué la montaña y nunca el mar.
La forma en que la alegría encuentra 
nuevas formas de reinventarse.
Ahora hemos perdido el hilo que da continuidad y sentido 
a las postales en blanco y negro de sus dieciocho años 
que envejecieron lejos de sus últimas sonrisas
todavía analógicas,  pero a todo color,
y tampoco encuentro el que une las fotos de nuestra intersección temporal, 
donde él me miraba y yo no lo hacía, 
porque todavía era temprano para este futuro 
en el que quisiera revelarme como una mancha oscura en el celuloide,
una mancha que pudiera detener la luz 
para desviarla en forma de pregunta. Una sola:
“¿qué te hacía sonreír cuando todo era una mierda?”.
No sé si se pueden exprimir los recuerdos que nunca conocimos 
para reconstruir una historia que nos pertenece a medias.
Pero lo intento. Todos los días tiro los dados de la suposición y la metáfora 
para reagrupar estos flashes de un rompecabezas 
que hace poco llegó a mis manos en una valija que nunca volverá a mudarse.


domingo, 24 de julio de 2022

Materiales


 Sé que dentro de esta casa los objetos rotos guardan sus quimeras

en saquitos usados de café que no limpio. Debería barrerlos. Los escondo en la alacena.

De día las quimeras se hacen cómplices de las tazas, de los frascos, de las puertas,

hacen ritos donde escupen juntas contra la dictadura del movimiento y de las luces,

mientras esperan que la noche salga del baño y del resto de las habitaciones.

Pero a veces no la esperan. Se liberan solas cada septiembre en los aniversarios de la muerte 

y festejan bailando entre cactus, semillas y la inutilidad de algunos muebles

hasta que llegan los muertos que reclaman las cenizas que todavía no han sido enterradas

y la fiesta termina en la búsqueda del alma que los monstruos han dejado en alguna parte.

Sobre los objetos quedan cenizas que corresponden un poco a todos nosotros.

Lo sé porque me choco constantemente con esos muebles al limpiarlos.

Los bordes de los muebles se hacen más agudos en las letras de aquel nombre

que a su vez nombra el miedo, el símbolo, la sangre, lo ajado del sol, a veces,

y la luz que se apagó de golpe cuando de golpe se agotaron todos los materiales

que desaparecen al fin cuando limpio la alacena, los saquitos, las cenizas, las quimeras.

Solamente entonces sé que es seguro abrir la puerta de esta casa.

Solamente aquellos que limpian y ordenan la casa con sus propias manos

saben de qué están hechas la memoria, la mierda y el resto de sus mugres.



lunes, 16 de mayo de 2022

Detrás de la calma

 

Me reencuentro con la belleza en calma,

con sus paralelas verdes, con los caminos seguros

que espejan las simetrías rotas del eco del estanque.

Disfruto. Doy diez pasos en dirección opuesta a la tormenta, 

confío en lo que los bordes me proponen

pero me choco con dos palomas muertas que me avisan

que detrás de la calma no siempre hay caminos ni futuro.


martes, 28 de diciembre de 2021

Destiempo

 


Me siento en esta gran sala de espera

que se abre especialmente a la noche.

No tengo turno. No sé a qué vine.

Sólo sé que tengo dos o tres poemas de hielo atragantados

que están cosidos con hilos de invierno

pero se escribieron durante este verano.

Y mientras todos saltan en sus piletas doradas con piel de lona

yo espero en esta sala a que lleguen mejores climas

para poder escupir esto que me cruza la boca y me la congela.